Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Perdí la virginidad con Nieves

Siempre he pensado que la palabra virginidad es una mala broma del lenguaje. Como si hubiera una puerta, un sello, una etiqueta que se despega un día cualquiera y a partir de entonces uno se convierte en otra persona. No fue así conmigo. Yo no me levanté al día siguiente sintiéndome hombre. Solo me levanté sintiéndome… distinto. A Nieves la conocí cuando ambos teníamos 13 años. Ella era amiga de mi hermana y siempre venía a casa para estudiar. Yo la veía, la saludaba, intercambiaba alguna que otra palabra, pero como a mí me gustaba una chica del instituto, nunca le presté mayor atención.

Un año más tarde, una jugada del destino hizo que coincidiéramos en el mismo curso del bachillerato. Yo venía de un año horrible, académicamente hablando, tanto así que tuve que repetir. Mi madre, harta hasta las narices, decidió mandarme al mismo instituto donde estudiaba mi hermana. Y allí, casi por accidente, tuve a Nieves como compañera de clases. Éramos casi adolescentes, y a esas edades las hormonas toman el control de tu vida sin que te des cuenta.

Ella no era la chica que entra en la sala y todos se giran. No. Nieves era otra cosa. Era la chica que no miras dos veces al principio, pero que cuando hablas con ella ya no puedes dejar de mirarla nunca más. Tenía una risa que se le escapaba a destiempo, como si el humor le llegara por un canal distinto. El pelo recogido sin demasiado esfuerzo, la piel con ese tono de quien nunca ha pisado un gimnasio, pero tiene un cuerpo que se siente cómodo en sí mismo. Una belleza tranquila, sin efectos especiales, digna de una juventud que apenas empezaba.

Yo estaba en plena época de creación permanente: empezaban las fantasías, observaba cuerpos a diestra y siniestra, muy poca práctica real. Y, sin saber muy bien por qué, con ella se me bajaba el ruido interior. Hablar con Nieves era como quitarle cinco pestañas al navegador. Nos hicimos amigos primero. De verdad.
Mensajes tontos, cafés sin intención, paseos sin reloj. Cada vez que nos despedíamos me quedaba con la sensación de que algo se había empezado a mover, pero ninguno se atrevía a empujarlo. Hasta que nos hicimos novios.

Después de un par de meses de noviazgo, fuimos al cine. No recuerdo la película, lo cual es buena señal: significa que ella era más interesante que la trama. Era de noche, pero no tarde. Un frío soportable. Caminábamos sin ganas de que se acabara el paseo.

—¿Te vas directo a casa? —preguntó.

—Sí… bueno, podría —dije—. ¿Y tú?

Se encogió de hombros.

—Mis padres no están —me lo recordó, porque antes me había contado que ellos habían hecho un viaje relámpago por temas de trabajo y estarían fuera una noche—. No tengo prisa.

La frase se quedó flotando en el aire entre los dos. No fue una invitación directa. No fue un plan. Fue una información.

—Podemos tomar algo en tu casa —respondí, intentando que la voz sonara neutra. Por dentro, no había nada neutro.

Asintió, como si fuese la conclusión lógica de la noche.

—Vale —dijo—. Pero me debes hacer las palomitas tú. Las del micro a mí siempre se me queman.

Su tono era tan normal que casi me convenzo de que no iba a pasar nada. Casi. La casa olía a detergente barato y a algo dulce. Una planta en la entrada, una foto en blanco y negro de sus padres en la pared, el típico sofá que ha visto demasiadas siestas. No era escenario de película erótica. Justo por eso, funcionaba.

Pusimos algo de música, cualquiera de esas radios que prometen «chill» y acaban sonando cualquier tipo de canciones. Ella se quitó las zapatillas y se subió al sofá con los pies descalzos recogidos bajo las piernas. Yo volví del microondas con el bol de palomitas y el corazón muy lejos del pecho. Hablamos un rato más. De cosas intrascendentes que ahora no podría reconstruir aunque me pagaran. Yo intentaba concentrarme en sus palabras, pero la vista se me iba una y otra vez a sus manos, a la forma en que cogía las palomitas, a esa uña medio descascarada de la mano derecha que me parecía de repente lo más íntimo del mundo. Hasta entonces, nos habíamos besado mucho, pero nunca hubo más que besos intensos. Tampoco habíamos tenido la oportunidad de estar solos, hasta esa noche.

En algún momento, hubo un silencio raro. No incómodo. De esos silencios que ya no son pausa, sino transición. Nieves se me quedó mirando.

—¿Te pasa algo? —preguntó.

Tenía dos opciones: decir «no, nada» y seguir representando al amigo neutro, o decir la verdad.

—Que desde hace semanas tengo muchas ganas de darte más que besos —solté, sin anestesia.

Ella parpadeó una vez.
Luego dejó el bol sobre la mesa, despacio.

—¿Desde hace semanas? —repitió, con una media sonrisa—. Qué considerado. Yo desde que te conozco.

No esperó a que procesara la frase. Se acercó, se sentó un poco más cerca, apoyó su mano en mi pierna, cerquita de la rodilla, y me besó. Fueron movimientos torpes, dejando claro que no tenía experiencia, pero las ganas eran más fuertes que ella, aunque lo supo disimular muy bien desde el principio. Oficialmente ella también era virgen, pero nunca lo creí del todo. No sé, y no tengo motivos para creer eso. Pero volviendo al beso, si el de Génesis había sido un fogonazo eléctrico, el de Nieves fue otra cosa. Fue un incendio lento. No hubo prisa. No hubo torpeza histérica. Hubo labios que se reconocían de tantas veces que se habían encontrado antes.

Hubo una manera de encajar la cabeza, la nariz, el mentón, que hizo que el resto de la casa desapareciera. Mis manos no sabían dónde ir. Quería tocarla, pero no quería invadir. Quería acercarla más, pero me daba miedo que se rompiera la magia. Fue ella quien resolvió la duda. Tomó mis manos y las llevó a su cintura. No dijo nada. No hacía falta. Sentir su cuerpo bajo mis dedos fue como poner la contraseña correcta en un sistema que llevaba años negándome el acceso. Era la primera vez que tocaba a una mujer y tenía más dudas que certezas. Nos besamos largo, hasta que las bocas empezaron a pedir descanso y el corazón no.

—Màxim —dijo ella, con la voz un poco baja—, quiero decirte algo antes de seguir.

Nunca supe si «antes de seguir» significaba lo que yo suponía que significaba, pero mi respiración se detuvo igual.

—Dime.

—No quiero que esto sea un experimento raro —empezó—. No quiero que luego cambies. Si cruzamos ciertas líneas, para mí significa algo. No sé si estoy lista para esto, pero quiero hacerlo contigo. ¿Te ubicas?

Me encantó que usara esa expresión: «¿te ubicas?».

Como si se tratara de un mapa y no de mi vida.

—Me ubico —respondí—. No quiero que seas una anécdota.

—Bien —sonrió, nerviosa—. Porque tampoco quiero ser tu primera vez porque sí. Si pasa… pasa. Si no, ya está. Pero quiero que sea de verdad, aunque seamos un chiquillos.

«Tu primera vez». Ahí estaba. Dicho en voz alta. Asentí.

—También quiero que sea de verdad —dije—. Y sí, voy a estar perdido, pero lo voy a estar contigo.

No sé si esa frase fue exacta como la estoy reproduciendo ahora, pero sé que fue muy poética, muy torpe y a ella le sirvió. Me volvió a besar. Esta vez, el beso vino acompañado de una decisión clara: sus manos empezaron a explorar mi espalda, mi cuello, mi pecho por encima de la camiseta. Sentí el cuerpo reaccionar antes que la cabeza. El corazón cambió de ritmo. La respiración se volvió más corta, más densa.

—Vamos al cuarto —susurró, pegada a mi boca.

No tuve que preguntar a cuál. No había margen para equívocos.

El dormitorio era pequeño, con una cama individual que crujió apenas cuando nos sentamos en el borde. Una lámpara de noche, unas cortinas que dejaban pasar la luz de la calle, un espejo que no miré por miedo a ver mi propia cara de «no sé lo que estoy haciendo, pero quiero».

Nos besamos de pie, luego sentados, luego medio tumbados.
La ropa fue perdiendo la batalla poco a poco, capa a capa, como si nos estuviéramos mudando de piel.

Recuerdo con claridad el momento en que ella se quedó en ropa interior y me miró con una mezcla de pudor y humor.

—Si haces un comentario tonto ahora, te echo de mi casa —advirtió.

—No puedo hablar —respondí—. Me he quedado sin conexión.

Se rió. La risa le aflojó los hombros.

Yo aproveché para acariciarle los brazos, la espalda, el costado. Nada técnico. Nada de porno, nunca había visto nada de eso. Solo una especie de exploración torpe pero sincera: esto eres tú, esto soy yo, esto estamos haciendo. Cuando fue mi turno de quedarme con menos ropa, sentí el golpe de la vergüenza. No por mi cuerpo, sino por lo que podía pasar si me ponía demasiado nervioso. Ella pareció leerlo.

—Eh —dijo, tocándome la cara con suavidad—. No estamos en un examen. No tengo un formulario en la mesita.

—Nunca he hecho esto —mencioné, aunque ella ya lo sabía.

—Yo tampoco —dijo—. Pero no creo que sea nada complicado.

Tenía la erección dura desde hacía rato, imposible de esconder, y cuando nos acercamos y su pecho rozó el mío, los dos soltamos una risa nerviosa que no evitó que el deseo nos temblara por dentro.

Antes de tumbarnos en la cama, me acordé del condón. Lo busqué en mi pantalón, en a billetera, con las manos temblorosas; era el mismo que mi tío Jacinto me había regalado meses atrás, «por si acaso». Nunca pensé que el «por si acaso» iba a llegar tan pronto, ni que me costaría tanto abrirlo con los nervios que tenía encima. Tardé un minuto completo en abrirlo y ponérmelo, pero sentí que fueron horas: no lo había hecho nunca, ni siquiera como práctica, solo había visto algunos videos educativos… y parecía que nada de eso servía cuando el corazón te late en la garganta.

Ya en la cama, nos atropellándonos un poco, sin saber dónde poner las piernas ni cómo acomodarnos. Ella guió mi mano entre sus muslos y sentí su humedad caliente, suave, envolvente; no tenía idea de qué hacer, pero su cuerpo reaccionó igual, abriéndose apenas, respirando hondo cuando mi dedo la rozó torpemente. Yo me subí sobre ella, intentando encontrar la entrada sin mucha técnica, fallando un par de veces hasta que finalmente la punta de mi polla se alineó con su sexo. Cuando entré despacio, muy despacio, los dos soltamos un gemido que nos agarró por sorpresa.

Me moví sin ritmo, sin experiencia, siguiendo más el instinto que cualquier conocimiento, y ella me buscaba con la cadera, tratando de acompañar mi torpeza. Su piel ardía, la mía también, y cada embestida corta y temblorosa nos acercaba un poco más a esa línea que ninguno había cruzado antes. Duró poco, casi nada, pero fue suficiente para sentir cómo su cuerpo me envolvía por dentro y cómo el mío cedía al placer por primera vez. Cuando terminé, apoyé la frente en su cuello, aún jadeando, aún temblando, y ella me abrazó con una ternura que nunca olvidé. Habíamos sido torpes… pero fue nuestro torpe, nuestro primer idioma.

No fue perfecto. Hubo tropiezos. Hubo movimientos que no llevaban a ninguna parte. Hubo manos que no sabían dónde quedarse. Hubo dudas. Pero también hubo algo que no había sentido antes: la sensación clara de estar cruzando una puerta que no se abre dos veces. El cuerpo de Nieves no era una idea. No era una foto. No era una fantasía. Era cálido, real, respiraba, reaccionaba. En un momento concreto —uno de esos que la memoria pinta con luz distinta— nos quedamos quietos, respirando muy cerca, sin movernos, simplemente sintiendo el peso del otro.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Me siento… viva —respondió, y apoyó la frente en la mía—. ¿Y tú?

Pensé la respuesta. No quería decir cualquier cosa.

—Me siento dentro de mi propio cuerpo por primera vez —dije.

Ella sonrió, con los ojos cerrados.

—Eso es buena señal.

Cuando todo acabó, no hubo fuegos artificiales ni aplausos. Hubo silencio. De ese silencio raro que no es incómodo, pero tampoco relajado. Un silencio de «acaba de pasar algo que no sabemos todavía cómo nombrar». Estábamos tumbados, ella boca arriba, yo de lado, mirándola. Tenía el pelo hecho un caos, la respiración todavía un poco acelerada, una marca roja en el cuello que yo sabía que había dejado.

—¿Te arrepientes? —pregunté, mirándola a los ojos.

—No —respondió—. ¿Tú?

—Tampoco —dije—. Solo estoy procesando. Me gusta procesar en silencio.

Nos quedamos un rato así. Yo empecé a notar la culpa asomando la cabeza, no por ella, sino por todas las ideas que me habían metido en la cabeza durante años sobre cómo debía ser «la primera vez». Perfecta, memorable, trascendente.

Lo nuestro había sido otra cosa: un caos hermoso, torpe, inesperado, lleno de humanidad.

—No ha sido como en las películas —dije, sin querer.

Ella soltó una carcajada.

—Menos mal —respondió—. En las películas nadie se equivoca. Nadie se cae de la cama. Nadie se pone nervioso. Nadie dice tonterías. Yo no quiero eso.

Se giró hacia mí y me besó otra vez. Ese beso fue distinto a todos los anteriores. Tenía una especie de después incrustado.

—Ahora ya no eres virgen —dijo, con una mezcla de ternura y burla—. ¿Te sientes más hombre?

Pensé la respuesta con honestidad.

—No —dije—. Me siento más… persona. Menos teórico.

Asintió, como si esa respuesta hubiera sido la correcta en un examen que no sabíamos que estábamos haciendo.

—A mí me gusta más así —añadió—. Prefiero un hombre que sepa sentir antes que uno que crea que viene con manual.

Estuvimos juntos casi dos años. Hubo sexo mejor, peor, más coordinado, más perdido, más salvaje, más tierno. Lo de esa noche fue solo el principio, pero sigue ocupando un lugar especial en mi cabeza. No por la técnica. No por la duración. No por el orgasmo. Sino porque fue la primera vez que entendí algo que todavía hoy me guía: el sexo no va solo de cuerpos que se juntan, va de todo lo que pasa en la cabeza antes, durante y después.

Nieves fue la primera en acompañarme en ese viaje completo. Fue mi primera vez física, sí. Pero, sobre todo, fue mi primera vez emocional. Y aunque el tiempo y la vida nos llevaron por caminos distintos, cada vez que hablo de mis orígenes, de cómo llegué a convertirme en el hombre que ahora escribe sobre áticos de cristal, cajas de prendas y esposas que no saben la mitad… siempre vuelvo a esa noche en su cuarto, con las cortinas mal puestas y la radio de fondo sonando bajito. La noche en que dejé de ser virgen en el cuerpo, y empecé a ser honesto con mi deseo. Aunque tardara décadas en admitirlo del todo.

¡Deja tu comentario!

0.0/5