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Mis tres primeros secretos

Hay cosas que uno entiende tarde. Muy tarde. Quizá porque no está preparado para verlas con claridad. Quizá porque duelen o porque encienden demasiado. Quizá porque, si uno las nombrara demasiado pronto, la vida entera cambiaría de rumbo antes de tiempo. Hoy, mientras escribo estas líneas, puedo reconocerlo con una honestidad que me da un poco de vértigo: no perdí la virginidad a los quince con Nieves.

Eso fue el rito. El comienzo oficial. El acto que se marca en un calendario. Pero mi deseo —ese que todavía hoy me arrastra, me contradice, me despierta a medianoche con la polla dura sin motivo aparente, ese que me obliga a escribir para dejar salir lo que se queda temblando por dentro— ese deseo comenzó antes. Mucho antes. Con tres incendios que pasaron sin que yo tuviera el lenguaje para describirlos.

Tres personas. Tres momentos. Tres secretos. Tres versiones de mí que no sabía quién estaba empezando a ser. Y ahora entiendo que esos momentos no fueron casualidad: fueron el prólogo erótico de toda mi vida adulta. Los primeros golpes de calor entre las piernas. Las primeras veces que sentí cómo un simple gesto podía llenarme de sangre el cuerpo entero. Y no es hasta ahora, que me atrevo a contarlas, porque nunca nadie, ni la mismísima Valeria, se enteró de lo que estoy a punto de contar.

Mi primer secreto se llama Génesis y tenía 12 años, tres más que yo. La recuerdo así: sentados frente a mi casa, en ese banco de cemento donde pasábamos las tardes haciendo no recuerdo qué. Imagino que jugábamos algo. Ella tenía un mechón rebelde que siempre le caía sobre la boca, y cuando se lo apartaba, dejaba ver una sonrisa que parecía conocer algo que yo no sabía. Ese día —no sé si era verano o si simplemente hacía calor porque ella estaba cerca— me habló de cosas que no recuerdo. No tenía edad para quedarme con temas para chicos más grandes que yo. Yo la escuchaba con esa atención torpe de quien no entiende por qué escucha tanto, por qué mira tanto, por qué la piel se tensa anticipando algo.

De repente, se acercó un poco más. No hizo falta que me dijera nada. No pidió permiso. No tanteó el terreno. Simplemente me besó. Un beso directo, seguro, adulto. Un beso que me abrió la boca y el cuerpo a la vez. Sentí su lengua rozar la mía con una confianza que me achicó el mundo. Fue como si alguien hubiera encendido un interruptor dentro de mis pantalones: mi polla, que para aquel entonces solamente me había servido para orinar, reaccionó antes que yo, endureciéndose de golpe, caliente, viva. Yo me quedé quieto, quizá con algo de miedo, miedo por sentir esa electricidad inédita que empieza en el pecho y baja sin frenos, empujando la sangre hacia abajo hasta que todo el cuerpo late al ritmo de lo que está a punto de pasar. Ella sonrió.

—Tranquilo —dijo—, no te va a pasar nada.

Mentira. Me pasó de todo. Ese beso me cambió la temperatura del cuerpo. Nunca antes había vivido algo así. Era apenas un chiquillo. Fue como si me hubieran enchufado a la corriente. Como si mi respiración se hubiera vuelto más pesada solo porque ella me probó la boca. Pero Génesis no se conformó con leerme los labios. Se incorporó, se puso de pie frente a mí.

—Levántate —me ordenó.

Obedecí. No porque me lo ordenara, sino porque mi cuerpo ya había decidido someterse. Y ahí, de pie, tan cerca que podía sentir su aliento tibio en mi cuello, me bajó la cremallera con una lentitud descarada. Su mano entró, deslizando los dedos por debajo de la ropa interior, encontrando sin esfuerzo mi erección. La rodeó. La apretó. La recorrió con una seguridad que no era mía, pero que me dejó sin voz. Pero todo acabó ahí, todo eso quizá ocurrió en menos de un minuto, pero a mí me pareció fue fueron horas.

Fue la primera vez que alguien me tocó ahí, con intención, con deseo, con poder… marcó un antes y un después. El inicio del mapa: un cuerpo ajeno tocándome sin pedir permiso, y yo dejando que me descubrieran mientras luchaba sin entender que no se trataba de luchar, sino de dejarme llevar. Hasta hoy, me tiemblan las manos al recordarlo… y también me late algo más al escribirlo.

Juan, mi primo, un año menor que yo, es el nombre de mi segundo secreto. Momento que ocurrió, quizá, unos meses después de aquella experiencia con Génesis. Nunca hablo de esto. Nunca. Ni siquiera cuando Valeria me preguntaba por mis primeros impulsos. Ni cuando ella me invitó a explorar con otros hombres. Ni cuando Marcos me miró como si pudiera atravesarme. Pero la verdad es esta: hubo un antes. Antes de Valeria. Antes de Marcos. Antes de todo. Fue una tarde simple. Casa de mis tíos. Juan y yo viendo televisión en el sofá.

Nada especial. Una serie infantil cualquiera, o un partido de fútbol, no me acuerdo. Un silencio cómodo. Hasta que, por alguna razón que ninguno supo explicar, nos quedamos demasiado cerca. Tan cerca que la tela de nuestros pantalones empezó a rozarse. Tan cerca que el calor de su muslo se mezcló con el mío, y sentí un pulso inesperado entre las piernas. Lo que ocurría en la tele era irrelevante y había algo en el ambiente que me hacía sentir observado. Elegido. Deseado de una manera distinta, casi imperceptible, pero muy física. Él se apoyó un poco más. Yo también. Fue casi accidental. Casi.

—¿Estás incómodo? —preguntó.

—No —respondí, sin apartarme.

Y sin querer hacerlo. Entonces ocurrió algo mínimo, pero definitivo: nuestras piernas se alinearon. La suya presionó un poco más la mía. Yo no me moví. Él tampoco. No hubo besos. No hubo caricias abiertas. No hubo manos explorando piel. Pero sí hubo un roce suave, repetido, lento, que subía la tensión. Una fricción inocente solo en apariencia. Mi polla empezó a endurecerse, escondida bajo el pantalón, respondiendo a un estímulo que no reconocía, a una cercanía que nunca había imaginado desear. Recordé lo que sentí con Génesis, era prácticamente lo mismo. En mi mente no había «quiero con él». No había atracción romántica. Era otra cosa. Una curiosidad encendida. Un calor que no sabía interpretar. Un descubrimiento más físico que emocional. Esa noche no pasó «nada». Pero pasó todo.

Al día siguiente, en la ducha, sentí una erección distinta. Más profunda. Más testaruda. Cargada de una imagen que no se iba: su pierna junto a la mía, el peso de su cuerpo, la tensión muda entre los dos.
Y ahí, bajo el agua caliente, pasó algo que no sabía que podía pasarme: tuve el impulso repentino de tocarme. No fue una decisión pensada, ni algo que hubiera visto antes. Fue instinto puro. Mi mano bajó por mi vientre, casi temblando, y cuando rodeé mi propia dureza por primera vez, sentí un shock eléctrico recorrerme entero.

No sabía lo que estaba haciendo, pero mi cuerpo sí.
Me masturbé torpemente, copiando sin querer el mismo ritmo lento con el que su muslo había rozado el mío la noche anterior. El agua resbalaba por mi pecho, por mi espalda, por mis dedos, haciendo todo más fácil, más húmedo, más caliente. Y yo jadeaba en silencio, como si el baño entero pudiera oírme.

Fue la primera vez que me toqué así. Estoy prácticamente seguro: no recuerdo otra antes.
Y mientras mi mano subía y bajaba, mientras imaginaba su cuerpo acercándose un poco más, mientras sentía ese calor subir desde el estómago hasta la garganta, entendí que algo se había despertado. Algo que no tenía nombre todavía, pero que ya me gobernaba.

Ahí entendí que mi cuerpo tenía memoria, aunque yo no supiera todavía traducirla.

Corina se quedó a dormir en mi casa porque vino a mi cumpleaños. Ella es mi prima hermana y nacimos con apenas unos meses de diferencia. Yo teníamos 13 años, esa edad extraña en la que uno no es adulto, pero tampoco un menudo. Ella salió de la ducha en la madrugada. No sabía que yo estaba despierto. La luz del pasillo dibujó una silueta húmeda, desnuda, caminando hacia la habitación de invitados. La vi entera, sin filtros: los pechos aún brillantes, las gotas recorriendo la curva de su cintura, el agua deslizándose entre sus muslos, la línea suave de su pubis apenas oscurecido. No hubo morbo inmediato. No hubo urgencia de tocarla. Fue algo más profundo: el reconocimiento de un cuerpo en vías de ser adulto, real, honesto. Un cuerpo que respiraba y se dejaba ver.

A la mañana siguiente, la tensión era tan densa que casi se podía oler. Una humedad distinta a la de la noche anterior. Fue ella quien la rompió. Se sentó junto a mí en la cama.

—Te vi despierto anoche… ¿sabías?

Mi garganta se cerró. No sabía qué hacer con la mirada, ni con las manos, ni con la erección matutina que intentaba ocultar bajo la sábana. Ella tomó mi cara entre sus dedos y me besó. Un beso lento, húmedo, profundo. Un beso que bajó directamente al centro de mi cuerpo. Sentí mi polla endurecerse otra vez, rápida, inevitable, respondiendo a ese calor inesperado. Nos besamos largo. Muy largo. Lo suficiente como para que mi respiración se volviera torpe. Lo suficiente como para que mis manos temblaran con ganas de tocarla. Lo suficiente como para que yo supiera que si seguíamos, el mundo iba a cambiar para siempre. Pero ahí quedó todo. Por decisión de los dos. Porque ambos sabíamos que, si avanzábamos, no habría marcha atrás. Porque pensábamos que eso estaba mal, porque éramos familia. Aun así, ese beso —ese único beso— fue un incendio silencioso. De los que no queman la casa, pero calientan todas las paredes por dentro.

A veces creo que, si no fuera por Génesis, Juan y Corina, yo no sería el hombre que soy hoy. De Génesis aprendí el poder del atrevimiento: que un beso puede deshacerte la columna y una mano puede descifrarte. De Juan, la posibilidad del deseo ambiguo: que la excitación no necesita explicación, solo espacio. De Corina, la belleza del cuerpo sin artificios: que la desnudez tiene su propia manera de marcarte. Los tres me enseñaron algo que no entendí entonces: que el deseo no es lineal, que no sigue reglas, que no siempre necesita permiso, que no pregunta de quién viene, que solo exige ser escuchado… y que, una vez despierto, nunca vuelve a dormirse del todo.

Hoy, a mis cuarenta y dos, puedo ver la línea recta que une esos tres momentos con el hombre que soy ahora. No necesito forzar la memoria: mi cuerpo recuerda mejor que yo. Los besos seguros de Génesis explican por qué me rindo cuando una mujer toma las riendas y me desarma. La cercanía muda con Juan explica por qué a veces un hombre puede encenderme con solo mirarme demasiado cerca. La desnudez de Corina explica por qué el cuerpo real, con luz y sombra, con piel y respiración, me sigue pareciendo más erótico que cualquier fantasía pulida.

Y todo eso explica por qué escribo. Por qué abro este blog aunque sé que podría quedarme callado. Por qué me desnudo aquí más que en cualquier cama. Porque el deseo en mí no empezó con Nieves. Ni con Deborah. Ni con Valeria. Ni con Marcos. Ni con Sara. Empezó mucho antes. Con tres incendios silenciosos. Con tres personas que tocaron algo que yo no sabía que podía arder. Con tres momentos que no supe nombrar, pero que igual se quedaron dentro de mí como brasas escondidas.

Hoy los llamo por su nombre sin temblar. Hoy puedo escribirlos sin apagar la pantalla después. Hoy sé que no fueron errores, ni confusiones, ni «cosas de niños». Fueron mis tres primeros secretos. Los tres que me hicieron hombre antes de que yo supiera qué significaba serlo. Los tres que prepararon mi boca, mi piel y mi deseo para todo lo que vendría después. Los tres que siguen ardiendo, suaves pero constantes, debajo de todo lo que hago. Y mientras termino estas líneas, siento algo simple, íntimo, casi eléctrico: esos secretos nunca tuvieron la intención de apagarse. Solo estaban esperando que yo tuviera el valor de nombrarlos en voz alta.

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