Cuando cerramos la puerta de casa aquella noche, supe que algo se había desplazado para siempre, aunque los muebles siguieran en el mismo sitio. Valeria entró delante de mí, dejó el bolso sobre la silla de siempre, se descalzó despacio y se quedó un segundo apoyada en el marco entre el pasillo y el salón. No dijo nada. No hacía falta. El silencio venía tan lleno que casi había que esquivarlo para pasar. La casa olía a lo de siempre: detergente suave, comida del mediodía, un fondo de su perfume en alguna bufanda colgada junto a la puerta. Pero debajo de eso había otra capa, invisible, que sólo nosotros dos podíamos oler: la de lo que acaba de pasar en el apartamento de Marcos. Lo traíamos pegado a la piel, aunque nos hubiéramos duchado antes de salir.
—Quiero un vaso de agua —murmuró ella, al fin.
La seguí a la cocina. La luz blanca de los fluorescentes nos devolvió la escena más vulgar del mundo: dos adultos cansados, de madrugada, de pie frente al fregadero. Podría haber sido la vuelta de cualquier cena de empresa. Podría. Valeria abrió el grifo, llenó un vaso y bebió sin respirar, con los ojos cerrados. El cuello se le tensó un segundo, la nuez subiendo y bajando. Yo me descubrí mirándole las marcas leves en la piel, las que no tenía por la mañana. No eran un mapa, ni un desastre. Eran detalles mínimos, pero yo sabía de quién eran. Y sobre todo, sabía que, aún así, seguía siendo mía.
—¿Estás bien? —pregunté.
Apoyó el vaso en la encimera. Asintió. Se dio la vuelta y se recostó contra el mueble, cruzando los brazos… pero no en gesto defensivo, sino para sostenerse mejor.
—Estoy… llena —respondió, buscando la palabra—. No sé si es la más adecuada, pero es la que me sale.
«Llena». La palabra me atravesó con una mezcla rara de orgullo y punzada. No dije nada. Me acerqué un par de pasos más. Ahora sólo nos separaban unos centímetros y la encimera.
—Y tú —añadió—, ¿cómo estás?
La respuesta honesta me llegó antes que la diplomática.
—Encendido —dije—. Muy encendido. Y a la vez… en paz. Lo cual no tiene ningún sentido.
Se rió bajito. Ese tipo de risa que no viene de la garganta, sino del estómago, donde todavía están recogidas las últimas sacudidas del día.
—Creo que tiene todo el sentido —respondió—. Hoy ha salido bien. Demasiado bien, quizá.
La miré a los ojos. Había brillo, pero no el de alguien que se ha ido de casa. El de alguien que acaba de volver a entrar más hondo.
—Y eso te asusta —dije.
—Sí —admitió—. Me asusta lo bien que estamos jugando con fuego.
Nos quedamos un momento así, uno frente al otro, sin tocarnos. Sólo respirando en el mismo espacio. Podía sentir el eco de la mirada de Marcos sobre su cuerpo, pero por encima de eso, sentía la forma en que el suyo me seguía buscando a mí incluso ahora. Valeria bajó la vista hacia mi camisa, al segundo botón, como si estuviera leyendo ahí algo que no acababa de entender.
—Quiero decirte algo —añadió—, pero no quiero que suene a frase de libro.
—Dímelo igual —contesté—. Luego ya vemos si lo subrayamos o lo tiramos a la basura.
Se empujó suavemente de la encimera y dio un paso en mi dirección hasta quedar muy cerca. Lo suficiente como para que el perfume, el vino y algo más indescifrable se mezclaran en el aire entre nosotros.
—Hoy, mientras él estaba conmigo, no dejé de pensar en ti ni un segundo —dijo, sin bajar el tono—. No como comparación. No como «a ver quién lo hace mejor». No. Era más… «estoy aquí porque tú estás ahí». Cada vez que sentía algo fuerte, tenía la necesidad de buscarte con los ojos. Si no te veía, me entraba un vacío raro, como si me hubiera quedado sin suelo. Si estabas en la puerta, en la esquina, donde fuera… volvía a llenarse. Tragué saliva. Había miles de detalles de la noche que podría haber analizado, pero ninguno era tan potente como esa confesión.
—Y cuando te alejaste —continuó—, cuando te apoyaste en el marco de la puerta y nos dejaste un poco más de espacio… también te sentí. No estabas encima, pero estabas. Era como si tu mirada me recorriera más que sus manos. Y eso… eso fue lo que más me encendió.
Cerré los ojos un segundo. No para hacerme el interesante, sino porque necesitaba procesar el golpe.
—Es curioso —respondí—. Porque cuando me aparté fue precisamente porque tenía miedo de estorbarte. Pensé: «igual necesita olvidarse un rato de que estoy aquí para vivirlo de verdad».
Ella negó con la cabeza, con impaciencia suave.
—No —dijo—. Para vivirlo de verdad necesito saber que estás. No sólo en la casa, no sólo en el barrio. En la habitación. En mi campo de visión. No es un capricho. Es condición.
Se calló. Dio un paso más hasta que nuestros cuerpos se rozaron apenas. Esa fricción mínima, más que todas las imágenes del apartamento, me recordó que la noche no había terminado.
—Y otra cosa —añadió—. No di ningún paso sin mirarte antes. Ni uno. Cada vez que sentía que iba a cruzar una raya nueva, buscaba tu cara. No era un permiso infantil, era un «¿sigues conmigo?». Y cada vez que te veía, la respuesta era sí. Esa frase, «¿sigues conmigo?», se me quedó prendida del pecho. Porque en el fondo, todo esto iba de eso. No de Marcos, ni del apartamento, ni del morbo. De estar —o no— juntos dentro del mismo incendio.
—Sigo contigo —le dije, acercando la mano a su cintura—. Incluso cuando me tiembla algo por dentro, sigo contigo.
Valeria bajó la mirada un segundo hacia donde mi mano la tocaba y soltó el aire muy despacio.
—Y yo contigo —dijo—. Lo de hoy no ha sido escaparme de ti. Ha sido ir contigo a un sitio nuevo. Eso es lo que lo ha hecho maravilloso. Y lo que lo hace peligroso.
Dormimos poco esa noche. No por insomnio, sino por todo lo contrario.
En mi cabeza daba vueltas una y otra vez la escena con la que comenzó todo lo vivido unas horas antes: Marcos cogiendo a Valeria por la cintura y posicionándola frente a él, como si fuera suya desde hace años. La giró, la hizo inclinarse sobre la mesa baja y le subió la falda sin pedir permiso. Valeria dejó escapar un gemido suave, uno que ya solo le sale cuando la dominan. Él le abrió las piernas con una sola mano, la otra le apretó el cuello con esa mezcla perfecta de posesión y control que la vuelve loca.
Ahí, la penetró de una sola vez, hasta el fondo, haciéndola arquearse, mientras que ella apoyaba la frente contra la madera para aguantar el primer golpe. Marcos empezó a follarla con un ritmo seguro, firme, de hombre que sabe lo que está haciendo y no necesita acelerar para demostrar nada. Cada embestida hacía que las piernas de Valeria temblaran más. Ella respiraba entrecortado, gemía ahogada, y cada vez que él hundía la pelvis contra ella, Valeria abría los labios como si fuera a gritar… pero se contenía.
Ella sabía que yo estaba ahí. Lo sentía. Yo, a unos metros, desabrochándome el pantalón, con la espalda apoyada en la pared, no podía dejar de mirarlos. Mi mano se movía lento al principio… pero el sonido de sus gemidos me aceleraba. Valeria gira la cabeza de vez en cuando, buscándome. Sus ojos brillaban con ese fuego sucio que me vuelve adicto: me miraba mientras Marcos la folla más fuerte, como si me invitara a sentir cada golpe conmigo. Marcos se daba cuenta de que ella me observa y le agarra el pelo, tirando de ella hacia atrás para que no me perdiera de vista. «Míralo mientras te rompo», gruñía él contra su oído, y Valeria gemía más alto, con la voz quebrada. Se abría más para él, lo recibía más profundo, y yo… yo ya estaba completamente entregado a la escena, masturbándome sin vergüenza, sintiendo que cada embestida que él le daba también me atravesaba a mi.
Pero parpadeaba y me daba cuenta que ya estábamos en casa. Había en Valeria una mezcla de agotamiento y hambre que no le había visto nunca. Se movía con una entrega distinta. No de quien está tratando de borrar el rastro de otra piel, sino de quien quiere grabar sobre la nuestra todo lo que ha aprendido. En algunos momentos, cuando la tenía pegada a mí, sentí la sombra de la escena en el apartamento deslizándose entre nosotros. Pero lejos de molestarme, sumaba. Era como si el recuerdo se hubiera convertido en un tercer elemento silencioso que dibujaba contornos alrededor de lo que hacíamos. Cuando por fin nos rendimos al sueño, más por pura saturación que por falta de ganas, la sensación no fue de culpa. Fue de plenitud. De esas veces en las que cierras los ojos y el cuerpo, por una vez, se queda callado.
Me desperté antes que ella. No miré el reloj. La luz que entraba por la persiana era tenue, de domingo lento. Valeria dormía boca abajo, con la cara hacia mí, el pelo desordenado y una tranquilidad casi obscena después de la noche que llevábamos encima. Me quedé un buen rato simplemente mirándola, intentando decidir qué era exactamente lo que sentía. No era sólo deseo, aunque estaba ahí, latiendo. Tampoco era tranquilidad pura; eso sería mentir. Había una punzada de vértigo, una conciencia clara de que, si seguíamos por ese camino, no habría marcha atrás a la pareja en serie que habríamos podido ser. Pero por debajo de todo eso había otra cosa: un orgullo extraño. Orgullo de haberla visto tan libre sin perderme yo en el camino. Orgullo de haber sostenido el lugar de marido, amante y compañero sin tener que disfrazarlo de propiedad ni de prohibición. Valeria parpadeó, medio dormida, como si hubiera sentido que la estaba mirando.
—Deja de observarme así o vas a tener que volver a empezar —murmuró, con la voz cascada.
—No me quejaría —respondí—. Pero creo que necesitaríamos dos días más de fin de semana.
Se rió, con los ojos aún cerrados. Luego se estiró como un gato, alargando las extremidades, encajando su cuerpo en el mío con una naturalidad que no sé si se aprende o se descubre.
—Ayer casi nos quedamos a dormir en casa de otro —dijo, de pronto.
—Ayer no —la corregí—. Ayer fuimos a follar a casa de otro. Dormir, dormimos mejor aquí.
Abrió los ojos al fin y me miró, en serio.
—¿Sabes qué es lo que más me pone de todo esto? —preguntó.
—Que me lo vas a contar —dije.
—Que después de vivir algo tan salvaje allí —señaló con la barbilla hacia ninguna parte, como si la ciudad entera fuera un mapa—, lo que más fuerte se siente sigue siendo esto: tú y yo aquí. Tú y yo volviendo a tocarnos. Tú y yo pudiendo mirarnos a la cara sin agachar la cabeza.
No supe qué contestar. En vez de eso, la acerqué y volvimos a perdernos un rato más en el tipo de beso que alarga los domingos.
El mensaje de Marcos llegó a media tarde, cuando la normalidad ya intentaba abrirse paso en forma de lavadora puesta y platos acumulados en el fregadero. Valeria estaba en el sofá, con una manta sobre las piernas y el móvil en la mano. Yo estaba en la mesa del comedor, fingiendo revisar unos correos de trabajo que no pensaba contestar hasta el lunes. Reconocí el sonido del chat antes de verla fruncir levemente el ceño.
—Es él —dijo, sin teatrillos.
—¿Y qué dice “él”? —pregunté, sin levantarme todavía.
—Ven. —Me hizo un gesto con la mano.
Me senté a su lado. Tenía la pantalla abierta en la conversación. Agradecí que no hubiera ni un intento de esconderla. Ese tipo de cosas, en este tipo de vida, valen más que cualquier promesa. El mensaje fue adbsurdo.
Ayer fue increíble. Me encantó la conexión que hubo. Sois una pareja muy especial, de verdad
Hasta ahí, incluso bonito. Luego venía la grieta.
Si algún día te apetece quedar tú sola, sin Màxim, también me gustaría. Creo que entre tú y yo hay algo aparte de lo que vivís juntos. Podríamos explorar eso algún día
Sentí cómo algo bajaba de golpe en el estómago. Como un ascensor que se detiene mal. No era sorpresa pura; parte de mí sabía que esa posibilidad existía desde que empezamos con esto. Pero hay una diferencia entre saber que existe una puerta y ver a alguien intentando empujarla. Valeria no escribió nada. No se movió. Se limitó a mirar el mensaje como se mira una mancha en una camisa nueva.
—¿Qué piensas? —le pregunté.
—Que acaba de cargarse la fantasía —respondió, sin titubear—. Hasta hace diez segundos, Marcos era un toro perfecto. Ahora se ha convertido en un candidato a problema.
—¿Te tienta lo que propone? —quise saber. No porque quisiera oír un «no» tranquilizador, sino porque si había una mínima duda, prefería que se dijera en voz alta.
Se tomó su tiempo, lo cual agradecí. No fue un «no» de manual; fue uno pensado.
—No —dijo, al final—. Si quitamos todo el barniz del morbo, no. Lo que vivimos ayer con él fue maravilloso precisamente porque estabas tú. Porque era nuestro. Porque la habitación era de los tres, pero la vida era tuya y mía. Lo de quedar a solas con él es otra historia, otra película. Y no es la que quiero.
Me miró, buscando algo más que aprobación: complicidad.
—Y tú, ¿qué sientes? —añadió.
Respiré hondo.
—Siento que era cuestión de tiempo que alguien cruzara esa línea —dije—. Pero también siento que, si aceptáramos que quedes a solas con él, lo que tenemos dejaría de ser lo que es. Sería otra cosa. A algunos les funciona. A mí no. Y, por lo que oigo, a ti tampoco.
Ella asintió, aliviada.
—No quiero un amante secreto —dijo—. Quiero un toro en el corral cuando tú estés delante. Si tengo que empezar a borrar mensajes, a esconder cosas, a hacer huecos para ver a alguien sin que lo sepas, entonces se me cae toda la ética retorcida que estamos construyendo.
La «ética retorcida». Me encantó el término. Eso era exactamente: una moral rara, pero nuestra.
—Entonces decidamos desde ahí —propuse—. No desde el miedo, sino desde la versión de nosotros que queremos ser.
Valeria cogió el móvil con más firmeza, como quien ya ha tomado una decisión y sólo le falta darle forma.
—Le voy a decir la verdad —anunció—. Que lo que vivimos fue increíble. Que te apreciamos. Que tuvo buen trato con los dos. Pero que si busca verme sin ti, no es con nosotros.
Escribió despacio, sin florituras.
Marcos, lo de ayer fue muy intenso y bonito. Nos gustó mucho cómo te comportaste con nosotros. Pero lo que yo vivo fuera de mi pareja sólo tiene sentido con Màxim delante. Lo de quedar a solas no está en nuestro acuerdo ni en lo que yo deseo. Prefiero dejar las cosas aquí, con un buen recuerdo
Lo leyó en voz alta antes de enviarlo. A mí no se me ocurría quitar ni una coma.
—¿Listo? —preguntó.
—Listo —respondí.
Lo mandó. Ni dramatismo, ni ceremonia. Simplemente se fue, como se van las cosas que ya están claras antes de escribirse. No esperamos la respuesta. No hacía falta. Ella abrió el menú de la conversación, deslizó el dedo, bloqueó.
—¿No crees que es exagerado? —pregunté, por cuidar la otra perspectiva, aunque por dentro estaba de acuerdo.
—No —dijo—. Prefiero pecar por cortar de más que por dejar puertas entreabiertas. Ya tenemos bastante con las que abrimos tú y yo como para sumar a alguien que no entiende su lugar.
Se acomodó en el sofá, apoyando la cabeza en mi hombro. La manta nos tapaba a los dos ahora. Puso la mano sobre mi pecho, justo donde sentía que el corazón estaba más alborotado.
—Lo bueno —añadió— es que lo que hicimos anoche no depende de si Marcos vuelve o no. Lo vivido ya no nos lo quita nadie. Y lo que hemos aprendido de nosotros tampoco.
Sonreí, mirando el techo.
—Y lo que hemos aprendido de los demás también —dije—. Ya sabemos una cosa: toro que quiere exclusividad, toro que se va fuera del ruedo.
Ella soltó una carcajada auténtica.
—Me gusta ese código —bromeó—. Podríamos escribirlo en la puerta. «Aquí se entra con respeto o no se entra».
La abracé un poco más fuerte. Mientras lo hacía, me di cuenta de algo que me erizó la piel: la verdadera experiencia maravillosa no había sido la noche con Marcos. Había sido este domingo en el sofá. El vaso de agua en la cocina. La forma en que me enseñó el mensaje sin dudar. El «no» conjunto. El pacto silencioso de seguir siendo nosotros, aunque juguemos con otros.
La primera vez que Valeria eligió el día fue también la primera vez que yo sentí, con absoluta certeza, que por mucho que cambie el guion, el escenario principal sigue siendo este: ella y yo, en casa, decidiendo juntos dónde termina el morbo y empieza lo que de verdad importa.
