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Lo que ocurrió en el ático de cristal

Cuando se cerró la puerta del ascensor y escuché aquel «bip» suave anunciando la planta treinta y dos, no pensé en mi vida, ni en mi matrimonio, ni en las promesas que me había hecho a mí mismo. Pensé en el olor. Hay olores que se te quedan tatuados en la memoria: una mezcla de perfume caro, vino recién servido, algo de piel aún limpia y algo de piel ya despierta. Ese olor me golpeó de frente en cuanto la puerta se abrió directamente al salón del ático, como si el edificio tuviera pulmón propio y estuviera exhalando deseo hacia mí.

Cristales por todas partes. La ciudad abajo, encendida. Luz cálida dentro, música suave, nada invasiva. Y cuerpos. No desnudos todavía. No necesitaban estarlo. Había algo en la manera en que se movían, en la forma en que se inclinaban para hablarse al oído, en cómo se reían con el cuerpo entero, que dejaba claro que la ropa era un trámite temporal. Pilar fue la primera en verme. Estaba apoyada en la barra americana, una copa en la mano, con un vestido que no entendía de sutilezas. Me miró por encima del borde del cristal con esa sonrisa ladeada que conozco demasiado bien; esa sonrisa que en otro tiempo había significado «esta noche vas a tener problemas, pero te van a gustar».

—Sabía que venías —dijo, sin moverse—. Tienes cara de que intentaste no venir… y perdiste.

Iván apareció detrás de ella, pasando un brazo por su cintura. El mismo Iván de siempre: hombros anchos, camisa impecable, ese aire de tipo que podría ser tu socio en un negocio serio o tu cómplice en un delito menor.

—Mira quién decidió resucitar —rió—. El ejecutivo santo.

Me acerqué. Intenté decir algo ingenioso. No me salió nada. Lo único que pude hacer fue sonreír, aceptar la copa que Pilar me alargó y dejar que el primer sorbo de vino me bajara por la garganta como un recordatorio del pasado. No era solo el vino. Eran ellos. Mi cuerpo los reconoció antes que mi cabeza. La manera en que Pilar me rozó la muñeca al darme la copa. La forma en que Iván me miró, no como se mira a un amigo, sino como se evalúa a alguien con quien ya has compartido más de lo que se le cuenta a nadie. Ahí supe que el hombre que yo había sido con Valeria no estaba muerto. Solo estaba sentado en un rincón oscuro de mi interior, esperando que alguien encendiera la luz adecuada. No éramos muchos. Eso me tranquilizó y me inquietó a la vez.

Tres parejas: Pilar e Iván, Marta y Pablo, Claudia y Rubén. Y tres hombres invitados: Zacarías, Alejandro y yo. Nueve personas. Nueve historias. Nueve maneras distintas de mirar y ser mirados. Marta estaba cerca del ventanal, hablando con Alejandro. Tenía ese tipo de belleza que no grita, pero ocupa el espacio: vestido claro, el pelo recogido de manera descuidada y, sobre todo, una calma extraña en la mirada. Pablo, a su lado, escuchaba algo que decía Zacarías, pero con el cuerpo ligeramente orientado hacia ella, como si incluso en un entorno así su eje gravitacional siguiera siendo su mujer.

Claudia era otra cosa. Era… el movimiento. No sabría definirla de otra forma. No paraba quieta. Reía, se inclinaba hacia adelante cuando alguien hablaba, tocaba el brazo de quien tenía cerca, jugaba con el borde de su falda como si no fuera consciente de que ese gesto por sí solo ya era una invitación. Rubén estaba a un par de pasos de ella, más quieto, más contenido, con una copa en la mano y una mirada de observador profesional. No de posesivo. De alguien que sabe disfrutar viendo a la persona que tiene al lado brillar en el centro de la escena. Yo los miraba a todos y sentía una familiaridad incómoda. No porque los conociera —a Marta, Pablo, Claudia y Rubén los estaba viendo por primera vez—, sino porque conocía el guion.

He estado en suficientes habitaciones como esa como para saber que la noche no empieza nunca con «vamos a la cama» y ya. Empieza con pequeñas cosas. Con manos que se apoyan medio segundo más de lo necesario. Con risas que se acercan demasiado a la oreja. Con miradas que duran un poco más de lo socialmente aceptable. Y en ese lenguaje silencioso, yo era fluyente, aunque hubiera pasado años sin hablarlo. El primer momento en el que supe que había vuelto a ese idioma fue cuando Pilar dejó su copa en la barra, se acercó un paso más de lo prudente y me sostuvo la mirada.

—Te ves mejor que la última vez —murmuró.

—Eso es mentira —sonreí—. Solo me ves con nostalgia.

—Puede ser —admitió—. Pero el cuerpo no se olvida, ¿sabes?

No hablaba de la edad ni de la apariencia. Hablaba de otra cosa. De cómo, aun antes de tocarnos, ella ya sabía cómo iba a reaccionar mi respiración si se acercaba un poco más. Y yo, la verdad, también lo sabía. Iván llegó por detrás y me dio una palmada en el hombro que fue mitad abrazo, mitad empujón de regreso a un lugar del que yo mismo había salido a rastras.

—Relájate —dijo—. Aquí nadie vino a hacer nada que no quiera. Pero tampoco vinimos a hacer networking, ¿no?

Hubo risas suaves alrededor. Marta nos miró de reojo. Pablo también. No era un juicio. Era una evaluación silenciosa: «Ah, vale, estos tres ya se conocen».

Claudia se acercó con su copa.

—¿Y este quién es? —preguntó, mirándome como si estuviera revisando un menú.

—Un viejo amigo —respondió Pilar—. De esos que uno no debería reencontrarse… pero se reencuentra igual.

—Entonces hoy es un buen día —dijo Claudia, dando un sorbo a su vino.

Su risa fue como una chispa lanzada a un cuarto lleno de gasolina. No hizo ruido, pero yo sentí cómo el ambiente subía de temperatura unos grados.

No sé en qué momento exacto la conversación derivó en otra cosa. Estas noches nunca tienen un punto de giro evidente. No hay un locutor que diga «señoras y señores, ahora comienza la parte interesante». Pasa de golpe, pero también pasa poco a poco. Recuerdo que estábamos hablando de cualquier cosa. De política, un poco. De aeropuertos que se parecen demasiado entre sí. De ciudades en las que uno se desnuda más rápido porque no tiene historia ahí. Marta contaba alguna anécdota de trabajo, con un humor suave. Pablo escuchaba atento, con la mano en su espalda baja, como marcando territorio, pero de una forma tranquila. Yo hacía comentarios, bebía despacio, intentaba convencerme de que estaba en control. De que podía estar ahí solo como quien pasa a saludar a una vida anterior, sin quedarse a dormir.

Y entonces la música sonó un poco más baja. Alguien bajó la intensidad de la luz. Un cuerpo se acercó demasiado a otro en el sofá. Una risa se transformó en un susurro al oído. Una mano se quedó donde no «debía» quedarse. Cuando quise darme cuenta, el aire ya estaba cargado de otra cosa. No era una decisión explícita. No hubo un «vamos a…» pronunciado por nadie. Solo una especie de acuerdo tácito entre los cuerpos: ya estamos aquí; vamos a dejar de fingir que no sabemos a lo que hemos venido.

Fue Pilar la que dio el primer paso conmigo. Siempre ha sido así. Tiene talento para ser la primera. Estábamos cerca del cristal, mirando la ciudad. Ella se colocó a mi lado, tan cerca que podía sentir el calor de su brazo contra el mío.

—¿Te acuerdas de la primera vez que nos vimos? —preguntó.

—Sería raro olvidarlo —respondí.

—A mí también me lo parecería —dijo, girándose hacia mí—. No todos los días un hombre se presenta con tantas ganas de… aprender.

La palabra se quedó flotando entre nosotros. En otra vida lo hubiera llamado vicio. Ahora prefiero llamarlo aprendizaje. Con Valeria aprendí muchas cosas sobre mí que jamás habría descubierto de otra manera. Y Pilar fue cómplice de muchas de ellas. El cuerpo registra esas cosas. No hay título universitario que valga tanto como una noche donde descubres de qué eres capaz cuando apagas la culpa.

Cuando Pilar se acercó y apoyó la frente en la mía, mi cuerpo no preguntó cuántos años habían pasado. Reconoció el gesto. Reconoció la cadencia de su respiración. Reconoció incluso la manera en que sus manos buscan siempre el mismo camino. No era la mecánica del acto, sino la sensación que me atravesó mientras su cuerpo se pegaba al mío y el mundo reducía su tamaño hasta ser el espacio exacto que ocupábamos los dos… tres, en realidad, porque Iván estaba allí cerca, muy cerca, como siempre lo había estado. Cogí a Pilar por las cadenas, le arranqué la ropa en cinco segundos y comencé a follarla con fuerza. Ella ya estaba mojada y lo estaba pidiendo a gritos. Iván se unió, se acercó, y en poco tiempo protagonizamos una doble penetración que para nosotros era un clásico. Solo hacía falta Valeria para recordar viejos tiempos. Estuvimos un buen rato haciendo disfrutar a Pilar, mientras en un costado el resto de los presentes estaban también con sus cuerpos ocupados.

En algún punto de la noche, estando con ellos, sentí algo familiar y a la vez olvidado: la certeza de estar en una escena para la que estaba diseñado. Como si esa versión de mí —la que sabe moverse entre otros cuerpos, ceder, tomar, mirar, dejarse mirar— hubiera estado encerrada años en una caja, y alguien hubiera decidido por fin levantar la tapa. No era solo placer físico. Era identidad. Sé que, a ratos, Claudia estuvo en el centro de muchas miradas. Hay personas que nacen con vocación de escenario. No tienen que desnudarse para atraer la atención; ya la tienen, incluso cuando están sencillamente sentadas, riendo. Claudia era así. La forma en que se reía, en que levantaba la barbilla, en que cruzaba la pierna, parecía diseñadas para un público.

Lo fascinante no era solo Claudia. Era Rubén. Rubén no intentaba competir. No intentaba acercarse demasiado. No reclamaba. Observaba. Lo veía en sus ojos. Se recostaba en una esquina del sofá, o en la barra, o contra la pared, con la copa en la mano, y dejaba que la escena ocurriera. No desde la resignación, sino desde una especie de disfrute silencioso. Como quien va al teatro a ver la obra favorita de su vida… sabiendo que la protagonista se va con él a casa después. Rubén era un cornudo feliz. Un ciervo satisfecho. Me enteré que, desde que conocía a Claudia, nunca folló con ninguna otra chica, pero Claudia, con su consentimiento, se había follado a decenas de hombres. Esa complicidad entre los dos me recordó cosas. Trozos de mí que había vivido con Valeria: esa sensación de ser espectador activo, de mirar desde el borde de la escena sabiendo que, en el fondo, sigues siendo parte esencial del cuadro.

En algún momento, mientras el salón entero se convertía en una coreografía de piel, risas jadeantes y suspiros mezclados, vi a Claudia en medio del espacio, con varios cuerpos orbitando alrededor de ella. Los seis hombres presentes la follamos, uno detrás de otro. Que sus gemidos eran cada vez más profundos. Que la manera en que se arqueaba cuando alguien alguno la penetraba decía más de ella que cualquier biografía.

Vi a Rubén, un poco a un lado, con la mirada fija en ella. No había sombra de tristeza. Había… orgullo, quizá. Fascinación. Un brillo muy particular que entiendo demasiado bien: el de quien se excita viendo a la persona que ama cruzar líneas, sabiendo que ese cruce no rompe nada, sino que añade capas. Rubén, con los pantalones a las rodillas, se masturbaba feliz. Y en ese momento, sin quererlo, sin buscarlo, una frase se me clavó en el pecho: «Yo también fui así». Yo también fui ese hombre. El que mira. El que cede espacio. El que disfruta viendo a la mujer que tiene al lado follar con otros hombres.

No lo pensaba como teoría. Lo recordaba en carne. Y la carne tiene buena memoria. Marta y Pablo eran otra cosa. No se colocaban en el centro, pero tampoco se escondían. Tenían esa química silenciosa de las parejas que han hablado mucho antes de llegar a un sitio así. No estaban improvisando. Se notaba en cómo se movían juntos y por separado. Marta no necesitaba levantar la voz para atraer atención. Bastaba con que se recogiera el pelo, o que se mojara los labios con la punta de la lengua, o que inclinara la cabeza para escuchar a alguien. Su sensualidad no era estridente; era… inevitable.

Pablo la miraba de esa forma que solo tienen los hombres que han hecho las paces con lo que desean. No era vigilancia. No era control. Era una especie de «adelante, yo estoy aquí». No hablamos mucho esa noche, pero las pocas palabras que cruzamos me bastaron para entender que ese par estaba hecho de una mezcla que conozco bien: deseo, pacto, libertad, y un tipo de amor que no se mide en restricciones. En un momento determinado, mientras el salón entero parecía un cuadro en movimiento, me encontré sentado en el borde de uno de los sillones, respirando hondo, intentando procesar la cantidad de estímulos que me rodeaban. Marta pasó delante de mí para dejar su copa en la mesa baja. Se inclinó apenas. Nuestros ojos se cruzaron.

Fue medio segundo. Pero hay miradas que no necesitan más que eso para decir «sé quién eres». Y no hablo de nombre, edad y profesión. Hablo de otra cosa: de la forma de mirar el deseo. Me sostuvo la mirada un instante más de lo socialmente neutro. Luego sonrió, ligera, como si no fuera gran cosa. Pero yo sentí el tirón en el estómago. Pablo estaba cerca. Lo vi de reojo. También me miró. Sus ojos no tenían reproche. Tenían curiosidad. No pasó nada más. Entre nosotros tres, esa noche, no hubo nada que pudiera describirse como escena. Todo lo que hubo fueron insinuaciones: cuerpos que casi se rozan, comentarios cruzados, sonrisas a destiempo. Y, sin embargo, cuando más tarde Pablo se acercó.

—Pásame tu número, por si algún día coincidimos con más calma —dijo.

Sentí que estaba, otra vez, escribiendo un prólogo. No puedo contar la noche en un orden perfecto. No fue cronológica en mi memoria. Lo que recuerdo son flashes. La ciudad detrás del cristal, como si fuera un público mudo. El peso de una mano en mi nuca. Una risa que se convertía en un gemido ahogado. Una espalda contra el vidrio frío, contrastando con la piel caliente. El sonido del hielo golpeando las paredes de un vaso en la barra, mezclado con respiraciones agitadas. Alguien susurrando mi nombre con un tono que hacía años no escuchaba. Y, por encima de todo, una sensación que había olvidado: no estaba fuera de lugar.

En los últimos años me había acostumbrado a ser el tipo adecuado en el contexto adecuado. El ejecutivo que sabe comportarse en reuniones, el marido que llega a casa a la hora pactada, el hombre que sigue guiones claros. En el ático, el guion era otro. Y yo, en lugar de sentirme desorientado, encajé. No porque la promiscuidad sea mi hogar. No es eso. No se trata de cuánta gente hay en una habitación, ni de cuántas combinaciones se pueden hacer con nueve cuerpos adultos. Se trata de otra cosa: de reconocer un contexto donde tu deseo no tiene que esconderse detrás de palabras amables.

Allí nadie pedía disculpas por querer más. Nadie disfrazaba la curiosidad. Nadie fingía que había venido «solo a mirar» cuando el cuerpo decía otra cosa. Y en medio de todo eso, yo sentí que el hombre que fui con Valeria —el que miraba, ofrecía, proponía, se dejaba tomar y dejaba ir— estaba sentado a mi lado, mirándome con sorna, como diciendo: «¿Ves? No estabas reformado. Solo estabas descansando». No sé a qué hora mire el reloj por primera vez. La noche en estos lugares tiene su propio tiempo. El móvil descansaba sobre la barra, olvidado, como si perteneciera a otro universo.

Cuando por fin miré la hora, ya era tarde. O pronto, según cómo se cuente. Sentí el cuerpo cansado, pero no de agotamiento físico, sino de saturación sensorial. Tenía vino en la sangre, piel ajena grabada en la mía y una claridad incómoda en la cabeza: había cruzado una línea. No aquí, no en el ático. Esa línea la había cruzado mucho antes, cuando respondí al mensaje de Iván, cuando dije «voy» en lugar de «no puedo».

Lo que el ático hizo esa noche no fue obligarme a nada. Solo me quitó las excusas. Me apoyé un momento en el cristal, mirando la ciudad extendida a mis pies. Las luces parpadeaban, los coches se movían como insectos organizados. Desde arriba, todo parece menos dramático. Menos complejo. Casi lógico. Sentí una mano en mi hombro. Era Pilar.

—Sabía que no estabas muerto —susurró.

—Yo también lo sospechaba —respondí, aunque hasta esa noche no lo había querido admitir.

Iván se acercó y me dio una palmada en la espalda.

—Te queda bien seguir siendo tú, Màxim.

No supe qué contestar. ¿Qué significa «ser uno mismo» cuando partes de ti se han quedado repartidas entre distintas vidas, distintas mujeres, distintas versiones de lo que crees que debes ser? Miré a mi alrededor. Claudia gemía, despeinada, con la piel encendida, mientras Rubén la observaba desde cerca, con ese brillo en los ojos que mezcla amor y deseo en un solo haz. Marta hablaba con Zacarías, pero de vez en cuando sus ojos viajaban, como por accidente, hacia donde yo estaba. Pablo secaba con los dedos una gota de vino derramada en la mesa, distraído, pero atento al ambiente. Ninguno de nosotros era inocente. Ninguno era víctima. Ninguno estaba ahí por error. Estábamos donde queríamos estar. Haciendo lo que, en algún lugar, sabíamos que tarde o temprano volveríamos a hacer.

Luego me despedí. Las besé a todas. Recogí mis cosas y dije «nos vemos». En este mundillo no hay que dar explicaciones. Lo único que importa de esa noche, aquí, en este relato, es esto: en el ático de cristal, rodeado de ocho personas que parecían recordar partes de mí que yo había intentado olvidar, recuperé algo que no tiene nada que ver con número de cuerpos, ni con posiciones, ni con catálogos sexuales.

Recuperé la certeza de mi propia naturaleza. Yo no soy solo el hombre que firma contratos, ni solo el marido fiel que baja la basura los martes, ni solo el amante secreto que escribe confesiones anónimas en un blog. Soy también —y sobre todo— ese tipo que sabe mirar el deseo de frente, propio y ajeno, sin apartar la vista. Esa noche en el ático no inventó nada nuevo. Solo me devolvió el espejo. Y, aunque me cueste admitirlo, me gustó lo que vi.

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