Hay secretos que no pesan por lo que contienen, sino por lo cerca que han estado de volverse visibles. La caja es uno de ellos. No pesa por las prendas, ni por los años que lleva conmigo, ni por las vidas que contiene en su interior. Pesa por ese día —ese día que no debería haber recordado nunca, pero que vuelve cada vez que cierro la puerta del despacho— en que casi, casi… deja de ser secreta.
Estábamos en un momento bueno del matrimonio. Diría incluso perfecto. Sara tenía un proyecto nuevo, yo acababa de cerrar un contrato importante, y por primera vez en mucho tiempo sentíamos que las horas nos alcanzaban para todo: trabajo, cenas tranquilas, domingos ricos en la cama sin prisa ni culpa. Yo estaba limpio. Sin tentaciones. Sin ganas de huir. Sin sombras pisándome los talones por dentro.
La caja llevaba meses, quizá años, sin abrirse. Estaba ahí, sí, en su escondite habitual, pero dormida. Silenciosa. Casi olvidada. Yo me sentía orgulloso de no necesitarla. No era un trofeo, no era un altar, no era una herida; era simplemente algo mío que había quedado atrás. Un capítulo cerrado. O eso quería creer.
Aquel día, un sábado por la tarde, Sara decidió que quería ordenar el despacho. Yo estaba cocinando. Recuerdo que la escuché decir algo como:
—Quiero encontrar esa carpeta azul que tienes con nuestros documentos médicos. Es para una cita mía del lunes. ¿En qué parte del armario está?
Y yo, sin pensar, respondí:
—En la parte de arriba, detrás del archivador gris.
La carpeta estaba, efectivamente, detrás del archivador gris. Lo que olvidé mencionar es que el archivador gris estaba justo delante de la caja. No me di cuenta hasta que la escuché mover cosas dentro del armario. El sonido fue leve, pero a mí me atravesó como si alguien hubiera detenido la música en mitad de una fiesta.
Mi cuchillo se quedó quieto sobre la tabla de cortar. Cogí aire. Y fui hacia el despacho. La encontré de pie, medio subida en una silla, con el brazo extendido para alcanzar las cosas de la balda superior. Su melena caía hacia adelante, el top blanco se le pegaba un poco a la espalda por el calor de la tarde, el pantalón deportivo le marcaba las caderas con esa suavidad que siempre me calma… y me desarma. No me vio entrar. Estaba concentrada. Moviendo el archivador gris.
Medio segundo después, lo escuché. Ese sonido mínimo, sordo, que hace una caja cuando se desliza y golpea la madera. Mi corazón se detuvo.
—¿Y esta caja? —preguntó ella, sin malicia, sin historia oculta en la voz.
Solo con la curiosidad dulce de quien convive contigo sin imaginar que hay partes que nunca ha tocado. Había dicho la palabra. Caja. Como si fuera un objeto cualquiera. Para mí era un detonador nuclear. Ella bajó la caja un poco, apenas unos centímetros, lo justo para hacer sitio al archivador. Con su mano izquierda la empujó, sin saberlo, hacia el borde. Se inclinó para ver qué impedía mover el archivador. En ese momento, el mundo entero se contrajo en un punto mínimo: su mano sobre la tapa negra. La tapa negra que, si se levantaba solo un poquito, dejaba ver un encaje rojo sobresaliendo ligeramente del borde.
Valeria. El encaje rojo era de Valeria. Sentí un escalofrío por toda la espalda.
—Ah, está pesada —dijo Sara, sonriendo—. ¿Qué guardas aquí? ¿Documentos de trabajo?
La frase me taladró. No lo sabía. No tenía motivos para sospechar. Pero la había tocado. Había sentido su peso. Mi caja. Mi sombra. Mi historia paralela. Me acerqué rápido, pero no tanto como para parecer desesperado.
—No, nada importante —respondí, con un tono que deseé neutral—. Déjame, yo la muevo.
Sara bajó de la silla y me dejó paso. Confiada. Absolutamente confiada. La mujer más hermosa del mundo en su inocencia perfecta. La caja seguía en mis manos. Caliente. Palpitante.
Como si supiera que había estado en peligro. Como si respirara. Yo sentí un sudor frío en la nuca.
—¿La reclamos aquí arriba otra vez? —preguntó ella.
Negué con la cabeza.
—No, la voy a revisar luego. Hace años que no la abro. Seguro que hay cosas que puedo tirar.
Mentí con una facilidad que me asustó. La caja era intocable. Ese día casi muere… pero yo no iba a permitirlo.
—Vale —dijo ella, volviendo a sus papeles—. Por cierto, encontré la carpeta azul. Ya la puse en mi bolso.
Su voz tranquila contrastaba con el ruido ensordecedor dentro de mi pecho. Salió del despacho sin mirar atrás. Dejó la puerta entreabierta. Y siguió con la tarde como si nada hubiera pasado. Yo cerré la puerta despacio, apoyé la caja sobre el escritorio y me senté delante de ella. No la abrí. Podía sentir su universo dentro: Nieves, Deborah, Ana, Valeria… Todas respirando juntas en un espacio donde nunca deberían coincidir.
Me quedé un largo rato ahí, en silencio, con las manos apoyadas sobre la tapa. Pensando. Recordando. Sintiéndome vulnerable de una forma que no sabía explicar. No por lo que la caja contenía,
sino por lo cerca que había estado de que Sara la abriera por accidente. Esa tarde, después de que ella se durmiera en el sofá mientras veíamos una serie, volví al despacho. Reorganicé el armario. Moví cosas de sitio. Coloqué la caja más al fondo que nunca. Cambié su posición de lado, para que el encaje rojo no pudiera verse ni aunque la movieran. Le eché llave al archivador que la tapa ahora. Guardé esa llave en mi cartera, en un compartimento que jamás uso.
Y entonces lo entendí: el miedo más grande no era que Sara encontrara la caja. El miedo era que yo no quisiera deshacerme de ella. Porque la caja no era un problema. Era un síntoma. Era la prueba silenciosa de que había partes de mí que nunca habían muerto. Y que jamás se fueron del todo.
Aquel día fue meses antes de Barcelona. Meses antes del ático. Meses antes del mensaje que casi me delata. Yo todavía era «bueno», todavía era «seguro», todavía era el hombre que Sara creía que tenía. Y aun así… cuando su mano rozó la caja, sentí el mismo escalofrío que sentí cuando Pilar me apretó contra el cristal. Deseo. Miedo. Vértigo. Vida. La sensación de un abismo muy delgado abriéndose bajo mis pies.
Ahora, al pensarlo, sé que aquella tarde fue la primera grieta. Pequeña. Inocente. Invisible incluso para mí. Pero suficiente para recordar que yo no era una sola vida. Sino dos. Y que la segunda llevaba meses despierta, respirando bajo una tapa negra, esperando solo una excusa para volver. Una excusa que finalmente llegó en Barcelona. En forma de invitación. En forma de mirada. En forma de piel.
Sara no lo sabe. No lo sabrá nunca. Pero yo sí lo supe aquel día: Mi doble vida no empezó en el ático. Empezó cuando ella movió una caja sin saber lo que estaba intentando despertar.
