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La primera vez que compartí a Valeria

Hay recuerdos que no necesitan video. Se bastan con un par de imágenes fijas: una copa de vino medio vacía, una mirada sostenida más de lo debido, un vestido negro demasiado corto para una noche «tranquila» en casa de alguien que acabas de conocer. El resto lo reconstruye el cuerpo. O la culpa. O las dos cosas trabajando juntas. Si cierro los ojos, todavía puedo ver la escena: Valeria riéndose en el sofá de Roberto, con ese brillo en los ojos que solo tiene cuando está a punto de hacer algo que la asusta y la excita al mismo tiempo. Yo, a su lado, con una copa en la mano que ya no sabía si bebía para relajarme o para tener algo que hacer con los dedos mientras mi cabeza se preguntaba si de verdad estaba preparado para lo que yo mismo había propuesto.

Pero no empecemos por el final. Como casi todo en mi vida, esto también empezó con una caminata, demasiado sol y una botella de vino mal elegida para un día de montaña. Con Valeria, el vino llegó después de muchas otras cosas. No era la típica historia de «nos conocimos en una cata y todo fluyó». No. Nos presentó una amiga en común y nuestra primera cita fue más café que copa. Nos acostamos antes de abrir una botella juntos. Después, con el tiempo, el vino se empezó a colar entre nosotros como se cuelan los buenos hábitos: sin hacer ruido, pero sin irse. Hubo un momento —no sé decir exactamente cuándo— en que me di cuenta de que en nuestra nevera había cuatro cosas que nunca faltaban: agua, café, carne y vino. Con eso, Valeria decía que podíamos sobrevivir. Yo sospechaba que, más que sobrevivir, queríamos seguir encontrando excusas para tocarnos después de cenar.

El vino tenía ese efecto raro en mí: con dos copas no me volvía otro hombre, pero mi cabeza se soltaba un par de botones. Las ideas dejaban de ser solo ideas y empezaban a parecer posibles. Con Valeria, esa diferencia era peligrosa. En ella el efecto era distinto. Valeria podía estar perfectamente sobria y aún así irradiar una sensualidad que descolocaba a cualquiera. Con el vino, lo que perdía no era el control, sino la vergüenza. La distancia entre lo que pensaba y lo que se permitía hacer se hacía más corta. Fue a las afueras de La Ciudad del Deseo, un día de sendero y sol, donde la fantasía salió por primera vez al aire sin disfraz.

Habíamos subido a una de esas rutas que terminan con vistas al horizonte y piernas temblando, más por la subida que por cualquier otro esfuerzo. Llevábamos mochilas ligeras, bocadillos envueltos en papel y una botella de vino tinto que a mí me había parecido una idea romántica y a Valeria una torpeza logística.

—Quién trae vino para una caminata —se reía, sentada en una roca, mientras yo intentaba descorchar sin tirar todo al suelo.

—Un hombre con prioridades claras —respondí—. El agua es para no morir. El vino es para recordar que estamos vivos.

Cuando por fin conseguí abrirlo, brindamos con vasos de plástico que el viento amenazaba con arrancarnos de las manos. El sol empezaba a bajar y La Ciudad del Deseo se veía lejos, pequeña, ajena.

Habíamos hablado de muchas cosas ya: ex parejas, familia, miedos, trabajos, heridas viejas. Valeria siempre fue honesta con su historia: no se disfrazaba de santa, ni de demonio, ni de víctima. Decía que había tenido una vida sexual activa, curiosa, llena de errores y de aciertos, pero que nunca había encontrado a alguien con quien pudiera ser del todo ella. El vino ayudó a que yo también bajara un poco la guardia.

—¿Alguna fantasía que no hayas cumplido? —pregunté, jugando con el vaso.

Ella levantó una ceja.

—¿Solo una? —dijo, sonriendo.

—Vale, las top 3.

Se quedó pensando, mirando al horizonte, como si fuera una lista que no había escrito pero tenía muy clara. Finalmente suspiró.

—No lo sé… —murmuró—. Creo que más que cosas específicas, siempre he querido libertad. No tener que actuar como lo que esperan de mí. Poder hacer cosas sin que eso signifique que soy «mala», «loca» o «puta».

Lo dijo con naturalidad, sin drama, pero había algo en su voz que me tocó un sitio que no tenía que ver con el sexo. Ahí supe que la amaba un poco más. Bebimos un rato en silencio. A mí el vino ya me había abierto la puerta de atrás de la lengua. Llevaba años con una fantasía dando vueltas en mi cabeza, como un animal enjaulado. La había imaginado, me había masturbado con ella, la había archivado, sacado, vuelto a esconder. Nunca la había dicho en voz alta. Hasta ese momento.

—Yo tengo una —confesé—. Una que nunca he hecho y que me da vergüenza decir.

—¿Vergüenza tú? —rió—. Eso quiero oírlo.

La miré. Hice una pausa. Busqué las palabras. No quería soltarlo de golpe, como quien lanza un vaso al suelo a ver qué pasa. Quería que sonara tan limpio como se sentía en mi cabeza, sin morbo barato, sin excusas.

—Me excita la idea de verte con otro hombre —dije por fin—. De estar ahí. De mirarte. De saber que sigues siendo mía, pero verte disfrutar con otro.

No parpadeó. No se escandalizó. No se levantó indignada a decirme que estaba enfermo. Se quedó quieta, con el vaso a medio camino entre la boca y el pecho. Sus ojos, en cambio, cambiaron de brillo. Ya no era el reflejo del sol: era otra cosa.

—¿Estás hablando en serio? —preguntó, muy despacio.

—Mucho —respondí—. No de ahora, ni de mañana. Es… algo que siempre he tenido en la cabeza. No sé por qué. Me gusta compartirte en mi imaginación. Imaginar cómo te tocan otros, cómo te miran, cómo te…

Paré. No hacía falta seguir. Valeria respiró hondo. Se acabó el vino que quedaba en su vaso de un trago. Se limpió una gota que se le había escapado por la comisura del labio. Y entonces hizo algo que me marcó para siempre: no se rió, no restó importancia, no cambió de tema.

—He pensado en eso también.

Sentí un latigazo por dentro.

—¿En serio?

—Sí. No con todos, pero a veces… —buscó mis ojos—. Me he imaginado estando con otro mientras tú miras. Y la idea de que estés ahí, viéndolo, sabiendo… me excita y me asusta al mismo tiempo.

El viento seguía soplando. El horizonte seguía igual. La montaña no había cambiado. Pero algo en nosotros sí.

—¿Te gustaría hacerlo alguna vez? —pregunté, con la voz más seca de lo que hubiera querido.

Valeria dejó el vaso en el suelo. Sus manos estaban libres ahora. Una de ellas vino hacia mí, se posó en mi rodilla.

—Me gustaría saber si realmente quieres —susurró—. Porque esto no es un juego, Màxim. No quiero que un día descubras que no era morbo, sino celos, y terminemos destrozados.

Lo pensé. No allí, sino durante los días siguientes. Hablamos mucho. Más de lo que nunca había hablado con nadie sobre sexo. Valeria preguntaba, cuestionaba, exploraba. Me quería entero, no solo caliente. Y cuanto más lo hablábamos, más claro era: no era un capricho. Era parte de mi deseo. De mi manera torcida —o auténtica— de amar. Me gustaba verla como un regalo que se abre en una habitación donde yo también estoy. Me gustaba imaginar cómo se transformaba con otros, cómo cambiaba el tono de la voz, la forma de mirar, las palabras que quizás no me decía solo a mí. No lo vivía como una amenaza, sino como una expansión. Valeria escuchó todo eso, lo masticó y finalmente concluyó.

—Entonces habrá que buscar al hombre adecuado.

Y así, entre vino, sol y una caminata, se plantó la semilla de la noche en la que la compartí por primera vez.

Roberto apareció semanas después, como aparecen estas personas: siguiendo un rastro de deseo ajeno. No fue Tinder. No fue casual. Fue una plataforma de contactos para adultos, un territorio donde la gente dice directamente a qué ha venido. Su perfil no era espectacular, pero tenía algo importante: parecía honesto. Nada de poses de gimnasio, nada de promesas ridículas. Solo fotos normales y un par de frases que llamaron mi atención: «respeto las dinámicas de la pareja» y «sé escuchar». Le escribí yo. No tengo problema con eso. Con Valeria siempre fui el que abría la puerta.

El intercambio inicial fue sencillo: quiénes somos, qué buscamos, qué no queremos. Roberto se definió hetero, sin interés en hombres. Le aclaramos que eso nos parecía perfecto, que no buscábamos juegos cruzados, sino alguien que se centrara en ella mientras yo observaba.

—¿Él va a estar presente? —preguntó Roberto en uno de los mensajes.

—Siempre —respondí—. Ese es el punto.

Aceptó sin dramatismo. Dijo que había estado alguna vez con parejas donde el hombre también disfrutaba mirando. Que le gustaba esa mezcla de presión y privilegio. No le creí del todo, pero sonaba lo bastante tranquilo como para seguir adelante. Quedamos primero para una copa en un restaurante. Ni motel, ni casa de nadie, ni arriesgarlo todo desde el minuto cero. Valeria quería verle la cara, escucharle la voz, olfatear si había química real o solo texto bien escrito. La noche del encuentro ella se arregló de una forma que ya conocía: no excesiva, pero tampoco discreta. El vestido negro ajustado, corto, pero no vulgar. El escote medido. Las medias que hacían que sus piernas parecieran dibujadas a mano. El perfume que reserva para cuando sabe que la van a mirar.

—¿Y yo? —pregunté, desde la puerta, con una camisa que no sabía si era demasiado seria para todo eso.

—Tú ve como tú —sonrió—. Yo sé lo que llevas dentro de la cabeza. Eso es suficiente.

En el restaurante, Roberto resultó ser tal como en las fotos: normal. No era un modelo, ni un desastre, ni un payaso. Vestía bien, hablaba con calma, no interrumpía. El tipo de hombre que pasa desapercibido en un bar, pero al que, si lo miras dos veces, descubres cierta seguridad en la forma de sentarse y de sostener la mirada. La conversación fluyó como si habláramos de cualquier cosa. Trabajo, viajes, alguna anécdota ligera sobre citas raras, bromas suavemente picantes. Al principio, nadie nombró el elefante desnudo en la mesa: la posibilidad real de que, en dos días, ese hombre estuviera con mi mujer mientras yo miraba.

El vino ayudó. Primero una botella, luego otra. Yo notaba cómo mi cabeza se iba soltando, cómo mi imaginación empezaba a adelantarse a los hechos, cómo mi cuerpo reaccionaba en silencio. Valeria estaba algo más callada que de costumbre, pero sus ojos hablaban. De vez en cuando me miraba, como preguntándome sin palabras: «¿seguimos?». Cada vez respondía con el mismo gesto: un pequeño asentimiento, una caricia bajo la mesa, un «sí» mudo. Cuando nos despedimos aquella primera noche, no hubo besos, ni manos que se pasaran de la raya. Un abrazo cordial, una frase de Roberto que sonó casi profesional.

—Me gustó conocerlos. Si quieren avanzar, nos vemos en mi casa. Ustedes deciden cuándo.

En el taxi de regreso, Valeria se quedó un momento mirando por la ventana antes de hablar.

—Me gusta —dijo.

—¿Te atrae?

—Sí. No es mi tipo típico, pero… me parece un buen candidato. Me da confianza.

Eso para mí valía más que cualquier monumento físico. Quedamos con él dos días después, en su apartamento. El día de la cita, Valeria no pudo comer. El estómago le cerró la puerta desde la mañana. Yo lo vi venir: ella puede ser muy racional durante semanas, pero cuando el deseo se vuelve inminente, los nervios le pasan factura.

—Puedo cancelar si quieres —le dije varias veces—. No tenemos prisa. Si hay algo seguro en todo esto es que, si de verdad lo queremos, habrá más oportunidades.

Me miró como se mira a alguien que te está dando una salida pero tú no quieres usarla.

—No quiero cancelar —susurró—. Solo… necesito llegar viva a la noche.

Bebió agua. Luego una copa de vino, pequeña, casi simbólica. Caminaba por la casa como una fiera enjaulada. Me preguntaba si yo estaba bien, si de verdad podría con los celos, si no había una parte de mí que quisiera sabotear todo.

—Los celos existen —le dije—. No soy un santo. Pero lo que siento cuando te imagino con otro no es destrucción. Es otra cosa. Es una mezcla rara… entre orgullo, excitación y una especie de placer retorcido. Si en algún momento siento que no puedo, lo diremos. Los tres.

Poco a poco la vi tranquilizarse. Se vistió con el mismo vestido negro. Se pintó los labios de un rojo más intenso que el de los otros días. Se miró al espejo y se quedó en silencio unos segundos.

—¿Te ves guapa? —pregunté desde la puerta.

—Me veo… peligrosa —respondió.

Y eso era justo lo que queríamos los dos. El apartamento de Roberto estaba en una zona discreta, sin porteros curiosos ni vecinos con perros escandalosos. Solo un edificio más, con una vista parcial a una calle comercial y un ascensor que olía a desinfectante barato. Nos abrió con una sonrisa amplia y una camisa remangada. No había rastro de nervios en su manera de moverse, pero sí algo que identifiqué enseguida: estaba esforzándose por no parecer demasiado concentrado en Valeria.

Nos hizo pasar, nos ofreció el sofá, puso música suave y descorchó, cómo no, una botella de vino tinto y otra de blanco.

—No sabía cuál prefieren —dijo.

En cualquier otro contexto habría sido una frase neutra. Allí sonó como lo que era: un intento de crear una atmósfera. Las primeras horas —sí, horas— fueron una prueba de paciencia. Hablamos, reímos, contamos anécdotas. El vino se acababa. Las tapas desaparecían. La noche avanzaba. Y nada pasaba. Yo miraba a Valeria de reojo. Sabía leer su cuerpo. Sus hombros estaban cada vez más tensos. Su risa, más corta. Sus ojos, más impacientes. Roberto parecía atrapado en el papel del buen anfitrión, como si el plan fuera pasar una noche de charla eterna y luego rezar un rosario.

Llegó un punto en que el reloj marcaba casi las once y lo único que se había desnudado eran las botellas. Valeria me miró, y esa mirada ya no preguntaba: informaba. «No está funcionando». Cuando Roberto se levantó para ir al baño, Valeria se inclinó hacia mí.

—Estoy cansada —susurró—. Y un poco mareada. Si esto va a ser así… prefiero irnos a casa. No quiero forzar nada.

La entendí. La frustración también era mía. No habíamos llegado hasta allí para ver cómo un hombre hablaba sin hacer nada. Yo no quería que ella se sintiera presionada. Pero también sabía que, detrás de sus nervios, había una parte de ella deseando que alguien tomara la iniciativa. Fui a la cocina cuando Roberto salió del baño. Le pedí un vaso de agua para Valeria. Mientras servía, le hablé con la honestidad simple que a veces falta en este mundo.

—Mira, Roberto —le dije—. Valeria está bien, pero está cansada. Llevamos muchas horas hablando. Si esto no fluye, nos iremos a casa. No pasa nada. Pero necesito decirte algo: te hemos elegido por algo. Ella te desea. Yo estoy bien con esto. Si en algún momento quieres acercarte, es ahora. No hace falta un guion, no hace falta un espectáculo. Solo hace falta que leas lo que está pasando.

Él se quedó en silencio unos segundos. Asintió. Algo en su expresión cambió. Como si por fin entendiera que no estaba en una entrevista de trabajo. Volvimos al salón. Valeria tenía las piernas cruzadas, la copa en la mano, el vestido un poco subido por culpa del sofá. Se veía hermosa de una forma tranquila, no forzada. Me senté a su lado. Me incliné hacia ella. Le dije al oído una frase que solo ella y yo entendemos, una de esas claves privadas que se van creando con los años. La vi estremecerse. Dejé que mis labios rozaran los suyos. Me besó como me besa cuando ya ha tomado una decisión. Y entonces, por fin, Roberto se acercó.

Vi cada gesto, me detallé cada lugar en el cual su mano encontró piel, noté cada cambio en la respiración de Valeria. Ese fue el momento en que la realidad alcanzó la fantasía. Yo me fui retirando, despacio, dejándoles espacio, pero no distancia. Me levanté solo lo justo para servirme otra copa de vino. Me quedé de pie un momento, mirándolos desde un ángulo que me permitía verlo todo sin interrumpir. Valeria abrió los ojos en mitad de un beso con Roberto y me buscó. Nos miramos. No vi culpa, ni duda, ni miedo. Vi fuego. Vi entrega. Vi algo que hasta ese momento solo había visto cuando estaba conmigo. Y supe que no me estaba perdiendo, sino llevándome con ella a otro lugar.

Me senté de nuevo, un poco más atrás. La copa en la mano, el corazón en la garganta, el cuerpo… despierto. Cada risa ahogada, cada suspiro, cada pequeño gemido que dejaba escapar me atravesaba como una corriente. No era dolor. No era rabia. Era otra cosa. Era placer. Era orgullo. Era la certeza de estar viendo a la mujer que amaba ser absolutamente ella misma. De vez en cuando, Valeria giraba un poco la cabeza, como para comprobar que yo seguía allí. Yo asentía, sonreía, bebía un poco más. No necesité tocarla para sentirme parte. Era suficiente con verla. En algún momento perdí la noción del tiempo. Solo recuerdo que Roberto dejó de parecer tímido. Se volvió más seguro, más atento, más presente. No era una película. No era porno. Era una escena de la vida real donde todos los presentes sabíamos exactamente qué hacíamos allí.

Cuando todo terminó —como terminan estas cosas, con respiraciones entrecortadas y silencios que necesitan unos segundos antes de llenarse de palabras—, me acerqué a Valeria. Le acaricié el pelo. Ella se apoyó en mí, todavía con el pulso acelerado. En el taxi de vuelta a casa, se quedó callada un rato. Mirando por la ventana, con los labios todavía un poco hinchados, las mejillas encendidas.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí —respondió, sin apartar la vista de la calle—. ¿Y tú?

Me giré hacia ella.

—Creo que nunca había estado tan bien —dije—. Me encantó verte.

Entonces sí me miró. Había algo nuevo en sus ojos. No solo complicidad, ni gratitud. Era otra cosa. Respeto, quizá. O reconocimiento.

—Yo también —susurró—. No solo por Roberto. Por ti. Por lo que me dejaste vivir.

Nos tomamos de la mano el resto del camino. El vino seguía haciendo su trabajo por dentro. Esa noche, cuando la tuve a solas otra vez, cuando ya no había nadie más que nosotros dos, entendí del todo lo que había pasado: no la había perdido. La había compartido. Y en ese acto raro, incomprensible para muchos, mi deseo encontró una de sus formas más claras de existir.

Esa fue la primera vez que la compartí. No fue la última. Pero ninguna otra tuvo el sabor exacto de esa mezcla de nervios, vino y descubrimiento. Porque esa noche, en aquel apartamento de soltero, no sólo vimos a Valeria con otro hombre. Vimos quiénes éramos nosotros cuando por fin dejábamos de fingir que el amor solo tiene una forma correcta.

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