La caja sigue donde siempre ha estado: en el armario del despacho, detrás de una carpeta vieja de impuestos, oculta bajo un archivador lleno de papeles que jamás revisaré. Casi nunca entro a ese cuarto. Sara tampoco. Ella dice que huele a «trabajo», a cables, a libros técnicos que alguna vez prometí leer. Le gusta más el salón, la cocina, nuestro dormitorio luminoso. Y yo la entiendo. El despacho no es un lugar para ella. Ni para nadie. Excepto para mí.Y para mis fantasmas.
A veces, cuando estoy solo, cierro la puerta, enciendo la lámpara del escritorio y me quedo mirando ese rincón donde está escondida la caja. No la abro siempre. No hace falta. Su sola presencia, muda y rectangular, me habla igual que un diario lleno de palabras prohibidas. Hoy estoy aquí para contar cómo empezó todo esto. No la doble vida. No el hambre que aprendí con Deborah. No el vértigo que sentí con Ana ni la locura que compartí con Valeria.
No. Esto empezó mucho antes. Más joven. Más torpe. Más puro. Más oscuro sin saberlo. Esto empezó con Nieves.
Ella fue mi primera novia formal. Teníamos quince años, y ella era una de esas chicas que siempre parecían saber más del mundo que uno, aunque tuvieran la misma edad. Tenía una risa aguda, un lunar pequeño cerca del ombligo —que en aquel entonces yo solo imaginaba— y una manera muy segura de caminar, como si la calle fuera suya. Yo era… bueno, un adolescente. En todos los sentidos posibles. Un saco de hormonas, inseguridades, y preguntas que no sabía formular.
Estuvimos casi dos años juntos. A esa edad eso es media vida. Aprendimos todo juntos: besarnos sin chocar los dientes, tocarnos sin torpeza, desear sin entender realmente qué significaba esa palabra. No había todavía fuego. No había hambre. No había necesidad. Había curiosidad. Había ternura. Había torpeza cariñosa. Por eso sé que lo que voy a contar no nació del deseo adulto. Nació de otra cosa. Algo instintivo. Animal. Una sombra que ya estaba en mí sin que yo pudiera nombrarla.
La primera vez que tuve una prenda suya no fue un acto consciente. No fue robo, ni morbo, ni fetiche calculado. Fue un accidente. O eso me dije durante años. Habíamos ido a la piscina con varios amigos del colegio. Era verano, hacía un sol que olía a cloro, a cuerpos jóvenes, a helados de fresa que se derretían demasiado rápido. Recuerdo que Nieves llevaba un bikini azul. Recuerdo que yo no sabía dónde mirar sin sentir que estaba haciendo algo malo. Al final del día, ella se cambió en uno de los vestidores y salió con un short y una camiseta ancha. Nos fuimos caminando, con las bicicletas empujadas a un lado. Hablamos de tonterías: exámenes, música, los planes para el fin de semana. En mitad del camino, ella se detuvo, frunció el ceño y se dirigió a mí.
—Ay, se me quedó una de las prendas en mi bolso. Qué desastre soy.
Y sacó, sin pudor adolescente, una panty blanca, muy fina, con una costura rosada en los bordes. Recuerdo ese instante con una claridad absurda. La panty entre sus dedos. El sol iluminándola por detrás. Su despreocupación. Mi corazón haciendo ruido como si quisiera escaparse.
—Toma —dijo riendo—. Métela en tu mochila, que la mía está llena de agua todavía.
Y yo obedecí, como un robot que simplemente recibe instrucciones. La guardé en un bolsillo lateral. No hablamos más del tema. Ella se montó en su bici. Yo en la mía. Nos despedimos con un beso tímido. Una tarde cualquiera. Pero esa noche… esa noche me quedé solo en mi cuarto —mis padres dormían, la casa era un silencio blando— y abrí el bolsillo de la mochila.
La panty estaba ahí. Ligera. Tibia todavía del calor del día. Doblada sin cuidado. No sé explicar lo que sentí. No era excitación. No era lujuria. Era algo más primitivo, más raro. Una mezcla de nervios, vergüenza, deseo, inocencia y algo que, sin saberlo, se convertiría en una marca permanente. La sostuve entre los dedos con delicadeza extrema, como si pudiera romperla. La acerqué. La olí. Ahí despertó algo.
Porque las prendas conservan historias. Conservan cuerpo. Conservan huellas invisibles. No eran las manos de Nieves. No eran sus labios. No era su piel. Era su rastro. Y por alguna razón, ese rastro me conmovió más que cualquier caricia de esa época. No hice nada más. No sabía hacer nada más.
Pero esa noche guardé la panty en un cajón, dentro de un envoltorio de papel. No lo hice por perversión. No lo hice por maldad. Lo hice porque, de algún modo que yo no podía descifrar, esa prenda contenía algo que yo no quería perder. Y así empezó.
Meses después, la relación con Nieves terminó como terminan las cosas a esa edad: sin tragedias profundas. Ella se enamoró de un chico de otro curso, y yo me enamoré de la tristeza por primera vez. Pero cuando me pidió que le devolviera algunas cosas suyas, nunca mencionó la panty. Podría haberla devuelto. Podría haberla tirado. Podría haberla olvidado. No lo hice. La guardé. No sabía por qué. Solo sabía que la tenía. Y que no iba a dejar de tenerla.
Pasaron los años. Llegó Deborah. Llegó el incendio de sensaciones que me reveló que mi deseo tenía una profundidad distinta. Que dentro de mí había un pozo que no conocía. Que el cuerpo tenía memoria emocional. Que los olores eran más potentes que las palabras. Que ciertas telas sobre ciertas pieles me encendían zonas que yo ni sabía pronunciar. Con Deborah, ese instinto se hizo consciente. Ella era casi de mi edad. Pero más segura. Más libre. Más… peligrosa, aunque yo no lo supiera entonces. Ella sí notó lo que yo trataba de esconder.
Una noche, mientras estábamos en su habitación —una luz baja, música suave, ese perfume dulce que ella usaba sólo cuando quería que la tocara más lento— se quitó la ropa interior con naturalidad. La dejó caer al suelo como quien se deshace de un estorbo, no de un objeto cargado de electricidad. Cuando terminó la noche —no diré cómo—, se vistió deprisa porque tenía que madrugar. Y ahí, en el suelo, quedó la panty. Negra. Pequeña. Con encaje.
—Olvídala —dijo ella, riéndose—. Luego te la devuelvo.
Pero nunca la pidió. Y yo… tampoco la ofrecí. Esa me la guardé.
No sé si por deseo, por instinto, por curiosidad o por esa cosa perversa que tienen los objetos cuando se convierten en memoria. Esa fue la segunda. Después de Deborah vinieron otras. No muchas.
Pero suficientes para confirmar algo que ya había empezado con Nieves: que las prendas íntimas no eran sólo prendas. Eran recuerdos táctiles. Entradas a momentos. Puertas a sensaciones.
Fragmentos de mujeres que habían pasado por mi vida de maneras que no eran del todo inocentes.
Nunca fui un ladrón de ropa interior. Jamás tomé nada sin permiso implícito o accidente explícito. No era un juego. No era una colección planificada. Era… algo más profundo. Algo que me acompañaba sin que yo lo eligiera. Y así nació la caja.
La compré en una papelería barata, una caja de cartón rígido, negra, lisa, sin estampados. La llené poco a poco, con cuidado, doblando cada prenda como quien dobla un poema que no quiere volver a leer pero tampoco quiere quemar. La mayoría son de la época entre Deborah y mi primer matrimonio. Un par son de Ana, aunque su relación con su propia sensualidad era más rígida, más contenida. Nunca compartió esa parte de sí misma conmigo, y eso siempre dejó una distancia invisible entre nosotros. No fue culpa suya. Simplemente no hablábamos el mismo idioma del cuerpo. Y después… llegó Valeria.
Con Valeria, la caja floreció. Ella tenía una manera juguetona de quitarse la ropa. A veces dejaba una panty en mi bolsillo del pantalón, a propósito. A veces me decía: «Esa no la quiero de vuelta». Y yo entendía que no era un gesto coqueto. Era un pacto. Una ofrenda. Una marca.
No voy a adelantar lo que pasó después, ni lo que hago ahora con esas prendas, porque ese capítulo merece su propio relato. Y no quiero quemar cartas antes de tiempo. Lo que sí diré es que la caja siguió creciendo. Creció durante años. Creció conmigo. Con mis sombras. Con mis deseos. Con mis contradicciones.
Y hoy, mientras la miro desde lejos, desde este despacho donde Sara nunca entra, pienso en algo que me cuesta admitir: la primera panty que guardé, la de Nieves, sigue ahí. Después de casi treinta años. Ya no tiene su olor. Ya no tiene su forma. Pero conserva la electricidad. La semilla. El inicio. Y lo que empezó como un accidente adolescente… hoy es parte de lo que soy. De mi historia. De mis secretos. De mi vida paralela.
Y mientras cierro este relato, pienso en lo irónico que es: la prenda más inocente de todas, la de la chica con la que aprendí a besar,
fue también la que abrió la puerta más oscura y más verdadera de mi deseo. La primera prenda que guardé… fue también el primer pedazo de mí que decidí esconder.
