El despertador del móvil sonó a las 6:05 y durante tres o cuatro segundos no sé en qué ciudad estoy, en qué vida estoy ni en qué versión de mí mismo se supone que me tengo que convertir hoy. Luego el cuerpo me lo recuerda antes que la memoria. La espalda me duele de una forma rara, los muslos me pesan, el cuerpo me late todavía con el eco del sexo de reconciliación que tuve conmigo mismo anoche. Huelo a hotel, a aire acondicionado reciclado, a sábanas demasiado lavadas cubriendo un cuerpo que todavía vibra con las corridas de tres personas distintas.
Apago la alarma. La pantalla me ilumina la cara y me devuelve una verdad inmediata: tres notificaciones de correo del trabajo, una actualización absurda de una app y un mensaje de Sara, escrito a las 23:48 de anoche, cuando yo tenía la cara enterrada entre las piernas de Pilar y su tanga empapado metido en mi bolsillo.
«¿Llegaste bien al hotel? Te amo».
No contesté. Eso es lo primero que me golpea. Podría justificarlo de mil maneras: estaba cansado, se me pasó, me dormí con la polla dolorida de tanto usarla. Las mentiras pequeñas son como los cacahuetes del minibar: al principio parecen inofensivas. El problema es que nunca te comes solo uno.
Me incorporo despacio, como si el colchón tuviera memoria de cómo me corría dentro de Pilar contra el cristal. No la tiene, pero mi cuerpo sí. La única prueba visible, por suerte, es una marca violeta, medio beso, medio mordisco, en la curva del cuello, justo donde Pilar me chupó mientras Zacarías me follaba sin parar. Me acaricio el contorno con la yema de los dedos, como quien toca un objeto encontrado en la escena de un crimen. El dedo se me escapa un centímetro más abajo y roza el tanga negro que aún llevo puesto debajo del pijama del hotel. Lo metí en la maleta anoche sin pensarlo. Todavía huele a ella, a su corrida, a mi semen.
Voy al baño. Enciendo la luz. El espejo del lavabo me devuelve a un tipo de cuarenta y dos años con cara de recién follado y de no saber muy bien qué coño está haciendo con su vida. El mismo que escribió anoche, todavía con la polla medio dura y las manos temblando de adrenalina, esa primera confesión que ahora vive en el portátil cerrado sobre el escritorio.
Me cepillo los dientes como si pudiera borrar con mentol el sabor de los coños que me comí. No se va. Ducha rápida. Agua tibia. Ni fría para castigarme ni caliente para relajarme. Tibia, como la zona gris en la que vivo. Cierro los ojos y el agua resbala por el pecho, por el vientre, baja por las piernas que hace unas horas estaban abiertas recibiendo embestidas, se mete entre mis nalgas todavía sensibles y me arranca un escalofrío cuando mi aún delatado esfínter.
Siento por un momento la tentación estúpida de frotarme con rabia, de restregarme la piel hasta ponerla roja, de meter los dedos dentro y sacar lo que queda de ellos. No lo hago. Sé que no funcionaría. El problema no está en la piel.
Salgo de la ducha, me seco rápido, visto el uniforme de santo: camisa clara, pantalón de vestir, cinturón discreto, reloj sobrio. El ejecutivo que vuelve de un viaje aburrido de telecomunicaciones. Nadie sospecha del tipo que sabe configurar un router, llenar una sala con diapositivas de PowerPoint y, de paso, tragarse pollas y correrse dentro de dos coños en una sola noche.
Mientras hago la maleta, el portátil me mira desde la mesa, mudo y cómplice. Me acerco, lo abro. El documento de anoche sigue ahí, con el cursor parpadeando al final de la última frase: «Porque hoy empieza mi doble vida. Porque hoy, por primera vez, la estoy contando».
Leo el texto entero de un tirón. Lo escribí casi sin pensar, a bocajarro, con la adrenalina todavía jugando a las carreras por mis venas y la polla palpitando cada vez que recordaba una embestida. Aun así, suena… extrañamente claro. No como una fantasía, no como un relato inventado para excitar a desconocidos, sino como lo que es: una confesión de un hombre casado que se dejó follar y que folló hasta perder la cuenta.
Me da miedo lo fácil que fue escribirlo. Cierro el archivo, no sin antes ponerle un nombre definitivo: «Relato 1 – El ático de cristal». Lo guardo en una carpeta nueva que acabo de crear en el escritorio con un nombre ridículamente inocente: «Documentos trabajo Q4». La ironía me saca una media sonrisa torcida mientras siento el tanga de Pilar rozándome la polla debajo del pantalón del traje.
Cojo el móvil. Miro otra vez el mensaje de Sara. Escribo: «Perdón, amor. Ayer llegué agotado y me quedé dormido. El día fue eterno. Te amo».
Dudo un segundo con el «te amo», como si esa frase no me perteneciera esta mañana, como si todavía tuviera la boca llena del sabor de otra mujer. La borro. La vuelvo a escribir. La envío. El check doble azul aparece casi de inmediato: está despierta. Se me encoge algo por dentro ante la idea de que haya pasado la noche pensando en mí mientras yo tenía la polla dentro de Claudia y la lengua dentro de Pilar.
—No pasa nada —responde—. Solo quería saber si estabas bien. ¿A qué hora vuelves?
—Vuelo a las 8:30. Antes del mediodía estaré en La Ciudad del Deseo. Luego te escribo. Beso enorme.
Punto. Cierro WhatsApp. No quiero alargar la conversación; cada palabra que añado es una baldosa más en una carretera que lleva a un lugar donde ahora mismo no quiero entrar: el de las preguntas.
Bajo al lobby a las 7:10. Entrego la tarjeta de la habitación, sonrío con esa sonrisa profesional de huésped correcto, tomo un café del buffet que sabe a café de aeropuerto adelantado, y me siento en una mesa junto a la cristalera, viendo cómo Barcelona empieza a despertar. La ciudad no tiene ni puta idea de que anoche la usé como telón de fondo para traicionar a mi esposa en una especie de teatro de cristal suspendido en el cielo, con mi semen chorreando por los muslos de una mujer mientras otra me follaba la boca con su coño.
La ciudad sigue a lo suyo: gente con prisa, gente sin prisa, turistas con maletas, ejecutivos con caras de lunes permanente. Mientras remuevo el café, me asalta un pensamiento: y si cierro el blog aquí. Un solo texto. Un desahogo puntual. Un vómito emocional producto de la resaca moral de anoche, con el culo todavía palpitando y la polla medio dura solo de recordar.
Pienso en Valeria. Miro el café. Veo su cara reflejada en la superficie oscura, como si la memoria tuviera sentido del humor. Valeria siempre decía que a mí las cosas no se me olvidaban: se me almacenaban.
—Tú no sueltas nada, Màxim —me había dicho una vez, recién terminada una de nuestras primeras noches en aquel club absurdamente caro, con su coño todavía abierto y rojo encima de mi cara—. Lo guardas todo en un cajón mental y lo vas sacando cuando menos lo espero. Eso es peligroso… y adictivo.
Tenía razón. Mi primer matrimonio fue la demostración silenciosa de eso. Años de guardar deseos en cajones invisibles, de acumular conversaciones que no iban a ninguna parte, de posponer exquisitamente cualquier cosa que oliera a riesgo. Fantasías dichas medio en broma, medio en serio, que morían en el mismo sitio donde nacían: entre las sábanas planchadas de una cama matrimonial que nunca se atrevió a ser otra cosa que vainilla.
Con Valeria fue al revés: abrimos todos los cajones a la vez. Pollas ajenas, coños compartidos, semen en la cara, noches enteras sin dormir. Y la casa aguantó hasta que, obviamente, se vino abajo.
Y ahora Sara… Sara es la casa nueva que construí sobre las ruinas, con paredes blancas, cuadros equilibrados, muebles elegidos con cuidado. Una casa sin cajones secretos. O eso intenté. Anoche fue la primera vez que abrí un falso fondo en esa estructura impecable y dejé que me follaran y que follara hasta perder la cuenta.
Acabo el café. No me sabe a nada.
En el Uber hacia el aeropuerto, el chófer tiene puesta una emisora de radio de noticias. Hablan de economía, de elecciones, de cualquier cosa menos de hombres que se pasan la noche en un ático de cristal con tres parejas y luego vuelven a casa con el tanga de una desconocida en el bolsillo. Me apoyo en el respaldo y miro por la ventana. Las calles pasan como diapositivas: semáforos, graffitis, panaderías abriendo.
Valeria me enseñó dos cosas que ahora mismo maldigo y agradezco a la vez: que el deseo no se domestica y que la honestidad no es necesariamente decir la verdad, sino reconocerla aunque sea solo en tu cabeza, aunque sea con la polla dura debajo del traje mientras piensas en cómo sabría el coño de la azafata. Con mi primera esposa intenté domesticarlo todo. Con ella, con Valeria, liberé al animal hasta que me devoró. Con Sara, quise hacer algo intermedio: un deseo educado, civilizado, con horarios y condón. No funciona así.
En el control de seguridad saco el portátil de la mochila, lo pongo en la bandeja de plástico junto a la corbata y el cinturón. El agente lo mira con la atención rutinaria con la que se mira un objeto inofensivo. Si supiera que ahí dentro hay algo mucho más peligroso que una batería de litio: la confesión detallada de cómo me corrí dentro de dos mujeres y dejé que otro hombre me follara por un momento.
En la sala de embarque, me siento junto a una ventana. El avión todavía no ha llegado a la puerta. La pantalla anuncia un retraso de veinte minutos. Saco el portátil. Dudo un segundo. Lo abro. No debería seguir escribiendo. Eso es lo que me digo. No porque no me guste —me pone como un adolescente—, sino porque sé perfectamente qué significa: no fue una descarga puntual, fue el inicio de algo.
Abro un documento nuevo. Le pongo por nombre «Relato 2 – La primera mañana después del pecado». Miro el cursor parpadeando. Respiro hondo. Escribir es lo único que me ha salvado de reventar por dentro desde que empecé a acumular vidas. Escribía mails que no mandaba, mensajes que borraba, notas que se perdían entre reuniones. Anoche, por primera vez, no escribí para nadie concreto, pero tampoco solo para mí. Lo hice para «quien llegue aquí». Para ti, que estás leyendo esto, aunque aún no sé quién eres ni por qué te importa mi polla traicionera.
Me pregunto qué dirías si te dijera que, ahora mismo, en esta sala de embarque, rodeado de viajeros con sus preocupaciones normales, lo que más me preocupa a mí no es que Sara descubra lo que he hecho, sino que yo mismo empiece a aceptar que esto —follar donde no debo, escribirlo, excitarme contándolo— forma parte de mí.
Te lo juro: me da más miedo la honestidad que el pecado.
Pienso en mi primer matrimonio como en un ensayo general fallido. Pienso en Valeria como en una temporada completa de una serie que fue cancelada por exceso de intensidad y de semen. Pienso en Sara como en esa película perfecta que uno no quiere arruinar con spoilers. Y yo, mientras tanto, soy el idiota que hace zapping con la polla en la mano.
Miro alrededor. Nadie me mira. Nadie sabe que estoy a punto de empezar a escribir sobre ellos. No sobre estas personas concretas, sino sobre la humanidad en general: sobre cómo nos encanta creer que somos coherentes, mientras vamos acumulando versiones contradictorias de nosotros mismos como si no tuvieran consecuencias, como si pudiéramos follar en un ático y volver a casa como si nada.
Empiezo a teclear. «Es extraño cómo el cuerpo puede acostumbrarse a dos realidades tan opuestas: la del marido que madruga para coger un vuelo de regreso a casa y la del hombre que, unas horas antes, estaba con la espalda pegada a un cristal, corriéndose dentro de una mujer mientras otra le lamía los huevos y un tercero le llenaba el culo». Borro «corriéndose». Es demasiado. Lo cambio por «jadeando». Lo releo. Respiro. Sigo.
Mientras escribo, tengo la sensación de estar abriendo una compuerta que llevaba años acumulando presión. Las palabras salen en fila india, ordenadas, como si hubieran estado ensayando este momento. Hablo de la ducha, del espejo, del mensaje de Sara, del Uber, del café. Hablo de mi primer matrimonio sin nombrarla, de Valeria sin repetir todo, de Sara sin disfrazar la culpa de amor excesivo.
Por primera vez, intento no justificarme. No vendértelo como algo heroico ni como una tragedia inevitable. Solo… contarlo.
La megafonía anuncia el embarque. Cierro el portátil a medias, sin querer perder el hilo, pero también sin querer que nadie vea una sola frase de lo que estoy escribiendo. Me levanto, entro en la cola de pasajeros obedientes con maleta de mano. Avanzo. Escaneo el pase de abordar. Camino por el finger hacia el avión, cargando el portátil bajo el brazo como si fuera una bomba que solo explotará si alguien la abre en la página correcta.
Me siento en mi asiento. Ventanilla, fila 18. A mi lado, una mujer de unos treinta y tantos, auriculares, libro en el regazo. Me dedica una sonrisa amable de cortesía. Le devuelvo la sonrisa. No quiero historias hoy. Ya tengo suficiente material como para un año.
Cuando el avión despega y La Ciudad del Deseo se dibuja en mi mente como una postal que alguien me envía desde el futuro, entiendo algo que no había querido aceptar en voz alta: no voy a parar.
No significa que vaya a pasarme la vida encadenando áticos de cristal, ni fiestas con seis parejas, ni noches de hotel con desconocidas. Tal vez no haya nada tan extremo en meses. O sí. No lo sé.
Lo que sí sé es que la parte de mí que anoche dijo «bienvenido de vuelta, cabrón» no estaba saludando solo al hombre que folla donde no debe. Estaba saludando también al hombre que escribe. Ese, el que escribe con la polla medio dura y el tanga de otra mujer rozándole los huevos, sí quiero que se quede.
Cierro los ojos un momento mientras el avión atraviesa una capa de nubes y la luz se vuelve lechosa. En la oscuridad privada de mis párpados, veo tres escenas superpuestas: mi primer matrimonio, Valeria riéndose con una copa en la mano y mi semen en la barbilla, Sara preparando café en nuestra cocina, ajena a todo.
Yo, en el centro, intentando encajar en las tres fotos a la vez. No encajo. Nunca encajé.
Tal vez escribir sea la única forma de admitirlo.
Cuando aterrizamos y la azafata nos desea un buen día, tengo claro que, al llegar al hotel de mi vida —nuestro piso ordenado, nuestras plantas, nuestros cojines coordinados—, voy a hacer dos cosas: abrazar a mi esposa y, en cuanto me quede solo, abrir el portátil y seguir escribiendo con la misma mano que luego acariciará su cara.
Porque si algo he entendido en esta primera mañana después del pecado, es que mi doble vida no empezó anoche en un ático de Barcelona.
Empezó el día en que decidí que una parte de mí solo iba a existir escrita.
Y ya es demasiado tarde para echarla atrás.
