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La noche en la que dejé de ser solo espectador

Hay noches que te cambian la forma de mirarte al espejo. No por lo que hiciste, sino por lo que permitiste sentir. La primera noche que vi a Valeria con Roberto fue así: me descubrí capaz de mirar sin romperme. De desear sin poseer. De amar sin cerrar la puerta con llave. Pero la noche de la que quiero hablar ahora fue distinta. No fui sólo ojos. No fui sólo el marido sentado con una copa en la mano. Esa noche dejé de ser espectador.

Después de lo de Roberto, nada volvió a ser exactamente igual entre Valeria y yo, aunque por fuera nuestra vida siguiera pareciendo la misma. Seguíamos trabajando, cocinando juntos, discutiendo por tonterías logísticas, riendo con los mismos chistes malos. Pero había algo nuevo flotando en el aire, como ese perfume que usas sólo una vez y aun así parece quedarse pegado en las cortinas. La primera vez que la compartí fue un terremoto interno. Cuando volvimos a casa aquella noche, follamos con una intensidad que no tenía que ver sólo con el vino. Era como si, de repente, los dos hubiéramos descubierto una habitación extra en nuestra relación. Un cuarto con la luz apagada, lleno de cosas que daban miedo y morbo al mismo tiempo.

Durante los días siguientes, yo esperaba algún tipo de resaca emocional. Celos, reproches, inseguridad, preguntas del tipo «¿te gustó más que…?». No llegaron. En su lugar, llegó algo mucho más silencioso: una calma extraña. Valeria no se volvió distante. No se hizo la interesante. No cambió el tono de la voz. Pero cuando hablábamos, a veces, se le escapaba una sombra distinta en la mirada, como si estuviera repasando escenas en su cabeza. Y yo sabía exactamente cuáles eran. Una noche, mientras cenábamos, rompió el silencio que los dos habíamos dejado reposar.

—¿Estás seguro de que estás bien? —preguntó, sin drama—. No hace falta que seas fuerte si hay algo que no puedes manejar.

Dejé el tenedor sobre el plato. La miré.

—Estoy bien —respondí—. Más raro que mal. Es como si hubiéramos empujado una puerta… y detrás hubiera algo que siempre estuvo ahí esperándonos.

Valeria jugueteaba con la servilleta.

—Es que fue muy fuerte —dijo—. Para mí también.

Hizo una pausa.

—Me gustó —añadió, mirándome a los ojos—. Mucho. Pero lo que más me gustó no fue él. Fuiste tú.

—¿Yo? —me reí, incrédulo—. Si lo único que hice fue sentarme y beber vino.

—No —negó—. Estuviste ahí. Me miraste. Me sostuviste con la mirada. No te escondiste, no te fuiste al baño, no me hiciste sentir culpable. Yo sabía que, en cada gesto, estabas presente. Eso… me dio permiso.

Sus palabras me calentaron un lugar del cuerpo que no pasa por la piel. El ego. El corazón. El deseo, también.

—¿Quieres repetir? —pregunté, con la misma sinceridad con la que le habría preguntado si quería repetir plato.

Valeria se quedó quieta. Sonrió apenas.

—Quiero saber qué pasaría si, la próxima vez, no te quedas tan lejos —dijo.

No hizo falta decir nada más.

No volvimos a ver a Roberto. No porque hubiera salido mal, sino porque ni Valeria ni yo sentimos que él fuera «el hombre» para construir nada más. Había cumplido una función: abrir la puerta. A veces las personas llegan a tu vida sólo para eso. El siguiente capítulo llegó unas semanas después, de la mano de un hombre llamado Marcos.

Lo conocimos en un contexto menos frío que una pantalla. Un bar de vino, de esos donde nadie tiene prisa y las botellas están más presentes que el reloj. Fuimos con unos amigos; él era amigo de uno de ellos. Nada planeado. Nada premeditado. Valeria lo miró sólo dos veces. Yo me fijé en cómo ella lo miraba. Tenía algo distinto a Roberto. No era más guapo ni más alto, pero se movía con una seguridad tranquila, de esas que no necesitan demostrar nada. Ni un gramo de chulería. Bromas en el momento justo. Escucha cuando nadie escucha. Una de esas personas que saben estar.

No hubo invitación esa misma noche. No hubo frase secreta, ni guiños obvios. Sólo un intercambio de teléfonos al despedirnos, con la excusa de «armar otra cata algún día». Yo vi la chispa. Él también. Valeria, ni hablar. Los días siguientes, los mensajes empezaron inocentes. Comentarios sobre vinos, fotos de etiquetas, alguna recomendación de restaurante. Poco a poco, la conversación fue cambiando de temperatura. No por palabras directas, sino por el tono. Por la forma de decir «me acordé de ustedes» o «esto me hizo pensar en esa noche en el bar». Una tarde, mientras yo estaba en el trabajo, me llegó un mensaje de Valeria.

Esta noche, vino en casa. Te cuento algo

Sentí ese hormigueo familiar que mezcla curiosidad, miedo y una especie de hambre que no tiene que ver con comida. Llegué temprano. Ella estaba en el salón, con un vestido sencillo, descalza, el pelo recogido de cualquier manera. En la mesa, una botella ya abierta.

—¿Qué me vas a contar? —pregunté, besándola en la frente.

—Que Marcos sabe de nosotros —dijo.

La frase me dio un calambre en el pecho.

—¿De todo? —pregunté.

—De lo básico —sonrió—. Sabe que somos una pareja abierta a… explorar cosas. Le dije que tú habías disfrutado verme con otra persona. No con detalles, pero lo suficiente.

—¿Y cómo reaccionó?

Valeria inclinó la cabeza, como quien disfruta guardándose un segundo el final de la anécdota.

—Dijo que le parecía fascinante —contestó—. Que jamás ha estado en esa situación, pero que le gustaría vivir algo así alguna vez. Que le intriga que el marido disfrute. Habló con mucho respeto. Ni una broma barata.

Bebió un trago.

—Y además —añadió—, se nota que le gusto.

—Eso ya lo había notado —dije.

Nos miramos un momento. El aire en el salón se espesó.

—¿Te gustaría…? —empecé.

—La pregunta es si a ti te gustaría —me interrumpió suavemente.

Tomé la copa, la giré entre los dedos.

—Quiero intentarlo de nuevo —dije, al fin—. Pero esta vez no quiero estar tan lejos. No quiero que sea sólo ver. Quiero estar… dentro de la escena. Contigo.

Valeria dejó la copa en la mesa. Se acercó y se sentó sobre mí, con una naturalidad doméstica que contrastaba con la conversación.

—Eso es lo que yo también quiero —susurró—. La primera vez te necesitaba como ancla, viéndome desde fuera. Ahora quiero que estés cerca. Que me toques. Que me hables. Que seas parte.

Apreté sus caderas. El vino ya no era el único que subía la temperatura. Quedamos con Marcos para el sábado siguiente.

Esta vez el escenario fue otro. Nada de apartamentos de soltero con vista a cualquier parte. Decidimos encontrarnos en nuestra casa. No por exhibicionismo, sino por control. Aquí estábamos en territorio propio. Aquí podíamos marcar el ritmo. Aquí, si algo salía mal, no tendríamos que hacer el paseo de vuelta inventando excusas. Valeria se tomó el día con una mezcla de nervios y entusiasmo que conocía bien. Ordenó un poco más de lo habitual. Cambió las sábanas. Eligió la ropa interior con la atención de quien elige un secreto. Se duchó más tiempo. Se perfumó lugares donde sólo quien se le acerca mucho puede notar. Yo, mientras tanto, iba y venía por la casa con la falsa ocupación de quien «prepara cosas»: elegir música, enfriar el vino, revisar la iluminación del salón. Lo que hacía en realidad era contener el torbellino dentro.

No era celos. No era miedo a perderla. Era algo más complejo. Sabía que ese sábado estaba cruzando otra línea, distinta de la primera vez. Verla con otro fue un salto. Estar cerca mientras pasaba… era otro nivel. A las nueve en punto, sonó el timbre. Marcos llegó con una botella en la mano, una sonrisa y una ropa que no decía «vengo a arreglarte la vida sexual» sino «vengo a una cena normal con amigos». Ese equilibrio me tranquilizó. La primera hora fue casi idéntica a tantas otras noches: charla, risas, vino, anécdotas. Hablamos de viajes, de trabajo, de historias absurdas. Si alguien hubiera tomado una foto, habría visto a tres personas normales pasando una noche normal. La diferencia estaba en los silencios. En las miradas que duraban un poco más. En la forma en que Marcos miraba a Valeria cuando ella se inclinaba para servir queso. En cómo ella, a veces, le sostenía la mirada antes de apartarla y buscar la mía, como si me preguntara «¿vamos bien?». En algún momento, el tema derivó en lo inevitable. No fue brusco. No fue vulgar. Fue como una pendiente suave.

—Tengo que confesarte algo —dijo Marcos, dirigiéndose a mí—. Me parece admirable lo que hacen. La manera en que hablan de esto. Lo honestos que parecen ser el uno con el otro.

—No es admiración lo que buscamos —respondí—. Es hacer que funcione, nada más. Esto no es para cualquiera. Ni para todos los días.

—Lo sé —asintió—. Pero se nota que se escuchan. Que no es un capricho. Que hay algo muy profundo detrás.

Miró a Valeria.

—Y tú… —añadió—. Se nota que confías en él.

Ella sonrió, con esa mezcla de ternura y malicia que tanto me gusta.

—Más de lo que confío en mí misma a veces —admitió.

El ambiente cambió. No de golpe, pero lo suficiente como para que la conversación se volviera más lenta, las palabras más precisas. Yo sabía que, si nadie hacía nada, podíamos pasarnos la noche entera analizando la situación. Y no habíamos llegado hasta allí para escribir un ensayo. Me acerqué a Valeria en el sofá. Puse mi mano sobre su pierna. Sentí cómo su cuerpo reaccionaba, aunque por fuera siguiera hablando.

—Quiero que hoy pase algo distinto —dije, con naturalidad—. No quiero quedarme separado. Quiero estar con ella… mientras tú también estás.

Marcos respiró hondo. No se hizo el sorprendido. Asintió, despacio.

—Sólo si ustedes están seguros —dijo.

Valeria me miró. Sus ojos no pedían permiso. Confirmaban. Fui yo quien dio el primer paso. No hacia Marcos. Hacia ella. Me incliné y la besé. No un beso de compromiso. Uno de esos que ocupan toda la boca y un poco más. Sentí cómo su cuerpo cambiaba de marcha. Su mano, que hasta ese momento descansaba sobre su muslo, subió a mi nuca.

Podría decir que olvidé que Marcos estaba allí, pero no sería cierto. Lo sentía. Sentía su presencia. Sentía su mirada. Y, en lugar de incomodarme, me encendía. Por primera vez, hubo tres cuerpos en la misma escena, y yo no estaba al margen. Estaba cerca de Valeria, tan cerca que podía escuchar cómo le cambiaba la respiración cuando una mano que no era la mía la tocaba. Podía ver cómo se le encendían los ojos, cómo la piel le cambiaba de temperatura, cómo su voz se volvía otra. Había momentos en los que me apartaba medio metro, sólo para mirar. Otros en los que volvía a acercarme, para recordarle con una caricia que yo seguía allí. A veces Marcos me miraba fugazmente, como para comprobar que todo estaba bien. Yo le devolvía la mirada con un «sigue» silencioso.

En un instante muy concreto, que se me quedó grabado, Valeria me buscó. Tenía los labios entreabiertos, la cara encendida. Me agarró de la mano y la apretó con fuerza. No dijo nada. No hizo falta. Ese gesto fue más íntimo que todo lo demás. Era su manera de decir «no te estoy abandonando; te estoy llevando conmigo». Hubo una parte de la noche en la que no sabía si lo que más me excitaba era verla disfrutando o sentir lo que se removía en mí al verla. No era humillación. No era sentirme menos. Era otra cosa. Algo que todavía hoy me cuesta explicar con palabras limpias: una mezcla de orgullo, vulnerabilidad, poder entregado y recuperado al mismo tiempo. Cuando todo terminó, la escena no se cerró con un portazo dramático, sino con un silencio suave. Los tres estábamos sudados, despeinados, con ese aire de «ha pasado algo importante» que es fácil de imaginar. Marcos fue discreto. No intentó quedarse más de la cuenta. Se vistió, se sentó un momento al borde de la cama —sí, terminamos todos en la cama— y nos miró con una sonrisa cansada.

—Gracias —dijo, como si le hubiéramos dado un regalo.

—Gracias a ti —respondió Valeria—. Nos has ayudado a encontrar algo nuestro.

Cuando se fue, el sonido de la puerta cerrándose se sintió como un punto y aparte. No un punto final.

Nos quedamos solos. Valeria se tumbó boca arriba. Miraba al techo. Yo me senté a su lado, todavía procesando.

—¿Estás bien? —pregunté.

Giró la cabeza, me miró y sonrió de una forma que pocas veces le he visto.

—Estoy viva —dijo—. Mucho.

—¿Te sientes mía? —pregunté, sin filtro.

—Más que nunca —respondió—. Porque me dejaste ser de otro… y aun así sé quién me recoge al final.

En ese momento lo entendí: no había perdido lugar, lo había redefinido. Ya no era sólo el hombre que mira desde una esquina. Era el hombre que se atreve a estar dentro de la escena, sosteniendo a la mujer que ama mientras ella cruza sus propios límites. Aquella noche, cuando me levanté para ir al baño, me vi en el espejo del pasillo. Tenía ojeras, el pelo revuelto y una mezcla de cansancio y brillo en los ojos que no había visto antes. No era el mismo hombre que compartió un vino en la montaña y se atrevió a confesar una fantasía. No era el mismo que tembló la primera vez que vio a Valeria con otro. Era uno nuevo: uno que ya no quería ser sólo espectador. Y ese hombre, lo supe entonces, iba a tener que aprender a llevar su propio deseo como quien lleva una copa llena hasta el borde: con cuidado, con atención… y con la certeza de que, si se derrama, al menos habrá valido la pena.

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