Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

La conversación que lo cambió todo

La mañana después de Marcos amaneció distinta. No por lo que habíamos hecho —aunque eso también—, sino por cómo nuestros cuerpos se buscaban inconscientemente en la cama, como si la noche anterior hubiera dejado una electricidad adherida a la piel. Nos despertamos tarde, entrelazados, calientes, pegados de una forma que no teníamos desde hacía meses. Valeria dormía con la mejilla apoyada en mi pecho, una pierna sobre la mía, una mano perdida bajo la sábana como si aún estuviera aferrada a los restos de la noche. Yo tenía la respiración entrecortada sin saber por qué, hasta que vi su cuello.

Tenía marcas. Y no todas eran mías. Sentí el primer latigazo del día: no celos, sino un deseo tan intenso que me dejó el pulso en la garganta. Era como si la imagen de ella marcada por otro —vulnerable, luminosa, saciada— fuera la chispa directa a mi sistema nervioso. Y fue ahí, justo ahí, cuando mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Me moví un poco. Sólo un poco. Para sentir cómo su cadera se acomodaba instintivamente a la mía, como si su cuerpo me reconociera incluso dormida. Ella suspiró, un sonido suave, casi animal, que me hizo cerrar los ojos.

—¿Estás despierto? —murmuró, sin abrir los suyos.

—Desde hace rato —susurré—. Estoy mirándote… intentando entender qué demonios me has hecho.

Sonrió contra mi piel. Ese gesto me incendió entero sin necesidad de movimiento.

—Ayer… fue demasiado —dijo, con esa voz ronca que siempre tiene después de noches intensas.

—Para mí también.

Entonces vino lo inevitable: su cuerpo despertó un milímetro antes que su mente. Se movió. No fue un movimiento explícito, sino un roce sencillo, pero tan intencionado que casi me arqueé. Sus dedos empezaron a dibujar líneas lentas en mi abdomen, como quien no toca nada importante pero lo insinúa todo. Ese contacto era peor que la desnudez. Era promesa pura.

—¿Te excitó tanto como creo? —preguntó abriendo los ojos.

—Mucho más —respondí sin dudar.

Valeria me miró con ese brillo que sólo aparece cuando está ya encendida de antes. Se incorporó apoyándose en un codo, su cabello cayendo desordenado por la cara. El desorden le quedaba tan bien como la lencería.

—A mí también —suspiró—. Pero no por Marcos. Fue por ti.

—¿Por mí?

—Sí —sus dedos seguían jugando con los míos—. Por cómo estabas. Por cómo me mirabas. Por cómo te acercaste. Por cómo respirabas detrás de mí.

Cerré los ojos.

La escena volvió completa como un latigazo cálido: ellas manos recorriendo su espalda, mientras yo estaba a centímetros; el olor del vino en el aire; la respiración de Marcos cerca; mi propia respiración más cerca aún de su cuello; su gemido contenido cuando sintió que yo estaba pegado a ella aunque no la tocara directamente. Valeria sintió mi reacción y sonrió.

—Lo ves —dijo, rozando mis labios con los suyos—. A mí lo que me enciende es que estés ahí. Tú. No los otros. Ellos son… combustible. Pero tú eres el fuego.

Se inclinó para besarme. No fue un beso suave. Fue un beso de reencuentro: profundo, lento, dolido de ganas. Uno de esos besos que te suben la temperatura corporal sin permiso. Sus dedos se deslizaron por mi cintura. Yo la atraje. Su cuerpo entero se encajó contra el mío como si ya hubiera estado esperándolo. Ese beso fue largo, húmedo, lleno de respiraciones que se cortaban y volvían. Nuestra cama crujió con un movimiento casi mínimo. La sábana se deslizó. La mañana se volvió más oscura, más íntima, más lenta. Sentía a Valeria más salvaje que nunca y eso me gustaba. En apenas segundos estábamos follando como animales, con algo de violencia, completamente excitados y dentro de una burbuja. Su piel estaba caliente. Mi cuerpo temblaba. Ella se movía contra mí con esa mezcla de urgencia y dulzura que sólo tiene cuando está perdida en mí.

Yo le besé el cuello donde tenía las marcas. Ella soltó un sonido que no había hecho nunca. Nos dijimos cosas que sólo se dicen después del deseo compartido con otros. Utilizamos un lenguaje vulgar muchas veces. Era mi puta y yo quien la hacía gozar, mientras iban y venían los flashbacks de la noche anterior. Puta porque Marcos había hecho lo mismo con ella anoche, y Roberto unos días antes. Ambos frente a mí. Hicimos lo que hace una pareja que se ha encontrado de nuevo. Lo hicimos como si nos reclamáramos. Como si la noche anterior hubiera abierto una puerta que no sabíamos que existía.

Cuando terminamos, Valeria quedó acostada boca arriba, respirando aún rápido. Su pecho subía y bajaba con un ritmo irregular. Tenía los labios rojos, húmedos, hinchados. Y yo… yo estaba mirándola con esa sensación de «qué demonios somos ahora».

—Màxim… —dijo con la voz todavía temblorosa—. Lo que pasó ayer… necesito decirte algo.

Se giró hacia mí, seria. No distante: seria de verdad.

—Creo que ayer entendí quién soy contigo —confesó.

Mi corazón se detuvo. Ella continuó.

—Cuando Marcos estaba conmigo, sí… —tomó aire—. Me gustó. No te lo voy a negar. Folla muy rico. Pero lo que me quemó de verdad fue saber que tú estabas ahí. Cerca. Sentirte. Sentir que me mirabas. Sentir que no estabas apartado. Que estabas dentro del momento.

Se acercó más. Su mano en mi pecho era suave y firme.

—Y cuando viniste hacia mí… cuando te acercaste… cuando sentí tu respiración en mi cuello… —cerró los ojos—. Eso fue lo que me hizo perder la cabeza. No él. Tú.

Mi cuerpo respondió antes que yo. Ella lo notó.

—Quiero repetir —susurró—. Pero no con cualquiera. Y no como la primera vez. Quiero que estés dentro. Quiero que seas parte. Quiero que me toques mientras otro me toca. Quiero que sepas exactamente lo que estoy sintiendo… en el momento en que lo siento. Tomé su rostro entre mis manos. Tenía la piel cálida y suave.

—Valeria… —murmuré—. Yo también quiero. Más de lo que creí posible. Más de lo que debería decir en voz alta. Ella sonrió, lenta, peligrosa.

—Entonces habrá una próxima vez —dijo.

—Sí.

Se acercó aún más. Su frente rozó la mía.

—Y una cosa más —susurró en mi oído—. Ayer descubrí que verte mirar ya no me basta. Quiero verte tocar. Quiero verte temblar conmigo. Quiero verte perder el control mientras otro me hace perderlo a mí.

Mis manos se cerraron en su cintura. Su respiración chocó con la mía. El aire se volvió denso.

—¿Y ahora qué somos? —le pregunté.

—Lo que siempre fuimos —susurró—. Pero ahora sin miedo.

Y me besó. Y ese beso fue la verdadera puerta. La que no se abre. La que se derrumba.

¡Deja tu comentario!

0.0/5