Hay pensamientos que llegan como una idea fugaz y se van sin dejar rastro. Y hay otros que no piden permiso, no tocan la puerta, no avisan: entran, se sientan, se sirven una copa y te dicen con calma: «Yo vivo aquí ahora». He imaginado a Sara teniendo sexo con otro hombre y ha sido así, no un destello. No una travesura mental. Fue una ocupación. Y lo más perturbador no fue la imagen en sí, sino el hecho de que en cinco años de matrimonio nunca, jamás, ni borracho, ni aburrido, ni con la mente más sucia del mundo, se me había pasado por la cabeza ponerla en esa posición. A Sara la había querido pura, mía, exclusiva. No por moral —no soy tan hipócrita—, sino por una cosa mucho peor: por miedo a contaminarla con el mismo lado oscuro que yo ya conocía demasiado bien. Valeria era la historia del exceso. Sara, la promesa de una vida normal. O eso creía.
Cuando digo que el ático fue un detonante, no estoy exagerando para embellecer esta confesión. Esa noche en Barcelona no fue «una caída», fue una reactivación. Un recordatorio brutal de algo que yo había decidido enterrar sin ceremonia: ese lado mío que no solo deseaba, sino que disfrutaba ver a la mujer que tenía al lado perderse con otro. Con Valeria, el cuckolding no fue un accidente. No fue algo que ocurrió «sin querer». Fue una decisión, un camino elegido con la misma deliberación con la que se decide mudarse de ciudad. Yo sabía exactamente lo que era ser un cornudo consciente: no un engañado, no un pobre diablo, no un mártir. Un hombre que elige el lugar desde el que mira. Un hombre que encuentra belleza —y placer, mucho placer— en compartir lo que ama.
Con ella, eso tenía sentido. Valeria era fuego, era piel, era vino, era noche. Tenía un historial sexual que hacía que yo jamás estuviera del todo seguro de si había algo que no hubiese probado. Estaba hecha para la intensidad. Que la compartiera con otros hombres —bajo mis reglas, bajo nuestro pacto, con mi presencia como testigo— era casi una extensión natural de lo que ya era su forma de estar en el mundo.
Con Sara, no. Sara entró en mi vida como entran las cosas que uno no cree merecer: despacio, con cuidado, sin hacer ruido. Yo venía de guerras, de excesos, de madrugadas pegajosas de sudor y culpa. Ella venía de otro lugar. De lecturas en cama, domingos de comida casera, sobremesas con vino suave y risas fáciles. Donde Valeria era filo, Sara era agua. Cuando la conocí, el simple hecho de poder dormir abrazado a alguien que no oliera a anécdota me parecía un milagro. Sara no era la mujer con quien se montan aventuras; era la mujer con quien uno monta una vida. Por eso, durante años, incluso cuando mi mente se iba por caminos oscuros, a ella la dejaba fuera del cuadro.
Mis fantasías podían llenar habitaciones enteras con cuerpos ajenos, recuerdos con otras, escenas que había vivido con Valeria o que había visto en clubes, en páginas, en historias contadas. Pero en todas esas escenas, la protagonista nunca era Sara. No porque no la deseara. La deseaba tanto que me dolía. Pero la deseaba de otra forma. Con ella, el sexo era refugio. Con Valeria fue laboratorio. Con Sara, hogar. Y uno no imagina su casa siendo utilizada para experimentos. Uno la quiere limpia, ordenada, protegida. Hasta el ático.
Dos días después de esa noche en Barcelona, seguía teniendo el cuerpo tomado por una energía que no sabía dónde meter. Era como estar ligeramente borracho sin haber bebido nada: la cabeza pesada, la piel hipersensible, las imágenes de aquella noche apareciendo y desapareciendo como si alguien estuviera jugando con el mando a distancia.
Volví a La Ciudad del Deseo con una resaca que no era física, sino moral. Y a la vez, con una electricidad en el pecho que no sentía desde los tiempos de Valeria. Me sentía vivo. Ese era el problema. Sara me recibió en casa con esa sonrisa suya que despeja todo. Llevaba un vestido sencillo, el pelo recogido en una coleta, un brillo en los ojos que no tenía nada que ver con el sexo y todo que ver con algo mucho más letal: la felicidad.
—¿Qué tal el viaje, amor? —preguntó, abrazándome fuerte.
Y yo me sentí un impostor.
—Largo —respondí—. Pero ya pasó.
No pasó. No había pasado nada. Todo estaba apenas empezando. Esa noche hicimos el amor. No por obligación, sino porque la distancia a veces actúa como un pequeño afrodisíaco doméstico. No hubo nada especialmente distinto en lo que hicimos: su cuerpo contra el mío, sus suspiros de siempre, mi boca buscando los lugares que ya conoce, sus piernas rodeándome como rodean a un lugar seguro. Y fue delicioso, como toda ella. Sara no sospechaba nada. No de la noche en el ático. No de Iván y Pilar. No de las manos que habían recorrido mi cuerpo. Y desde luego, no del pensamiento que estaba a punto de nacer en mí.
La primera vez que me imaginé a Sara con otro hombre no fue durante ese encuentro. Esa noche, mientras estaba dentro de ella, solo podía pensar en una cosa: no contaminar esto. Había estado en Barcelona metido en una coreografía de cuerpos que no se quieren, solo se usan. En casa, con Sara, el cuerpo era otra cosa: era lenguaje, era promesa, era gratitud. El contraste era tan brutal que me juré mentalmente no mezclar los recuerdos. No mezcles. No mezcles. No mezcles. Como si la mente hiciera caso. La explosión vino después.
Era de madrugada. Sara dormía profundamente, boca arriba, una mano sobre mi pecho. Esa costumbre suya de tocarme mientras duerme siempre me ha conmovido. Es como si, incluso en sueños, su cuerpo necesitara asegurarse de que sigo ahí, de que el mundo no se ha caído sin avisar. Yo, en cambio, estaba despierto. Los ojos clavados en la oscuridad. El techo como una pantalla apagada. El cuerpo me ardía todavía con restos de Barcelona. Y aquí hay algo que solo un cornudo real entiende: cuando has probado el sabor de ver a alguien que quieres entregarse a otro, el cerebro guarda ese archivo en una carpeta muy especial. No es pornografía. No es morbo barato. Es una sensación muy concreta, una mezcla de fragilidad y poder: estás viendo lo que podría destruirte, pero no te destruye porque tú formas parte de ello.
Con Valeria, esa sensación era un hábito. Con Sara, nunca había tenido cabida. Hasta ahora. Cerré los ojos, cansado. No quería pensar. Solo quería dormir. Pero las imágenes no preguntaron. Primero, como siempre, aparecieron recuerdos del ático. Pilar de rodillas, risas ahogadas, manos por todas partes. Una mujer que no recuerdo el nombre recostada contra el ventanal, con la ciudad entera a sus pies. Iván respirando cerca, demasiado cerca. El sonido de las respiraciones mezcladas. Ese ruido húmedo que el deseo hace cuando pasa de cierta frontera.
Podría haber cortado ahí. Podría haber cambiado de canal mental. Contar ovejas. Pensar en facturas. En informes de telecomunicaciones. Pero entonces todo se superpuso. Donde estaba Pilar, vi a Sara. Sin transición. Sin edición. Como si mi cerebro hubiera decidido hacer un montaje improvisado. Sara, desnuda. Sara, con el pelo suelto, algo desordenado, la piel sonrosada. Sara, con los ojos semicerrados y la boca entreabierta, ese gesto que solo tiene cuando está a punto de correrse de placer. Sara… con otro hombre frente a ella. No era yo. Y lo supe de inmediato.
La imagen fue tan nítida que casi di un respingo. Mi reacción física fue instantánea: una oleada de calor me recorrió entero. El corazón acelerado. Las manos tensas. La respiración cortada. No era miedo. No era rabia. No era celos. Era excitación. Me dolió admitirlo incluso en silencio: me estaba excitando imaginar a mi esposa con otro hombre. Durante unos segundos, mi reacción fue puramente defensiva: no, no, con ella no. Con Valeria sí, con quien quieras, pero con Sara no. Ella no. Ella no entra en ese juego. Ella es otra cosa. Ella es la mujer con la que me casé para no vivir esto nunca más.
Pero la mente, cuando se engancha a una idea, no suele atender a razones. La escena no se fue. Se ajustó. Ya no era una imagen robada del ático. No era una copia barata de una escena vivida con otra. Era diferente. Más limpia. Más íntima. Vi a Sara en una habitación que no reconocí, tal vez un hotel, tal vez una casa ajena. La cama deshecha. Luz cálida. Un hombre frente a ella, difuso, casi sin rostro. No me interesaba su cara, solo su función: alguien que la deseara con todo el cuerpo. La vi sentarse en el borde de la cama, nerviosa, con esa sonrisa tímida que a veces tiene cuando yo la miro demasiado. La vi morderse el labio, inclinar la cabeza, recibir el primer beso. La vi cerrar los ojos, ceder. Vi el temblor de sus manos al tocar la nuca de ese desconocido.
Me imaginé su respiración acelerándose como lo hace cuando se deja llevar conmigo. Me imaginé sus gemidos, esos que a veces reprime porque «los vecinos». Me imaginé su cuerpo adoptando el mismo lenguaje de entrega que conozco de memoria. Y entonces pasó algo que me atravesó como un cuchillo dulce: en mi fantasía, ella me miraba.
No estaba allí físicamente, pero en mi cabeza era como si, en algún punto de esa escena, ella levantara la vista —sin saber dónde estoy— y yo sintiera que me incluye. Que sabe que la veo. Que, de algún modo absurdo, me está invitando a ser parte de algo que me duele y me enciende al mismo tiempo. Mi cuerpo respondió con una intensidad que no tenía nada de teórica. Esa mezcla que solo un cornudo consciente reconoce: un nudo en la garganta y fuego en la pelvis. Ganas de pedirle que pare y ganas de que no pare nunca. Abrí los ojos de golpe. Sara seguía ahí, dormida, apoyada sobre mi pecho. Inocente. Ajena. Amándome.
—¿Qué coño me pasa…? —susurré, apenas con aire.
Le acaricié el hombro. Su piel estaba tibia, tranquila, sin idea del incendio que se estaba desatando a diez centímetros de distancia. Podría haberme castigado en ese momento. Podría haberme repetido: eres un enfermo, no puedes pensar eso de ella, ella es «demasiado buena» para esas cosas, qué clase de marido fantasea así con su esposa. Pero no sería honesto. Y si algo aprendí en los años con Valeria es que el deseo no se corrige a base de insultos. Se entiende. Se observa. Se nombra.
Yo sabía lo que era el cuckolding cuando adquirió nombre propio en mi vida. Sabía lo que me gustaba: ver la cara de la mujer que amo mientras otro la hace temblar; oír cómo cambia el tono de sus gemidos; notar el contraste entre su cuerpo cuando está conmigo y cuando está con otro; sentir ese vuelco salvaje en el estómago cuando la veo cruzar límites, sabiendo que yo soy el que abrió la puerta para que pudiera cruzarlos.
Con Valeria, eso fue una escuela. Con Sara, nunca lo había querido aplicar. No porque ella no pudiera ser deseada por otros. Claro que puede. Si yo, que la veo cada mañana con cara de sueño y pijama viejo, me sigo enamorando, imagina alguien que la vea arreglada, sonriendo, con ese brillo tranquilo que ella desprende sin darse cuenta. El problema no era si otros podrían desearla. El problema era si yo estaba dispuesto a mirar. Hasta esa noche, habría dicho: no.
Rotundamente no.
Yo mismo me había construido un discurso muy bonito para justificarlo: con Valeria eso era parte de la relación. Con Sara, no hace falta. Con Sara, el amor basta. No necesito ver nada más, no necesito compartirla, estoy curado, ya viví eso, ya está». Mentira. No estaba curado. Solo estaba dormido. Y el ático de cristal fue el despertador.
Mientras ella dormía, con su cabeza sobre mi pecho, empecé a notar algo extraño: la culpa no venía sola. Venía acompañada de ternura. Y esa combinación es peligrosa. Porque una cosa es imaginar a una mujer cualquiera siendo destrozada de placer por otro, mientras tú la miras con las manos en los bolsillos. Eso puede excitar a muchos hombres; no hace falta estar enamorado para disfrutar del espectáculo. Otra cosa, muy distinta, es imaginar a la mujer que amas, la que te dice «te amo» mientras cocina, la que te escribe mensajes tontos a media mañana, la que se preocupa por si has comido, la que te conoce las heridas, la que te mira con fe… en brazos de alguien más.
Eso ya no es porno. Eso ya es una plegaria torcida. No quería que Sara fuera una hotwife. No quería convertir nuestra cama en un laboratorio de escenas con terceros. No quería que nuestro matrimonio se pareciera en nada a esa parte de mi vida con Valeria. Pero sí quería algo que me dio vergüenza admitir incluso en mis pensamientos: quería ver hasta dónde podría brillar si alguien la mirara con la admiración cruda del que la tiene por primera vez. Quería verla perder el control. Quería verla olvidar, por unos minutos, que es la esposa perfecta, la ejecutiva responsable, la mujer que hace las cosas «bien». Quería ver la parte de Sara que quizá ni ella conoce. Y lo peor —o lo mejor— es que en esa fantasía yo no desaparecía.
No era un fantasma llorando en una esquina. No era el marido engañado. Era el hombre que sabe quién la acompaña a casa. El que la abraza después. El que escucha cómo se le desordena la voz mientras intenta contar algo que no se puede contar sin que el cuerpo tiemble. Ese pensamiento me hizo tragar saliva. Me excitó. Me dolió. Me rompió un poco más.
No sé cuánto tiempo estuve atrapado en esa espiral. Podían haber sido diez minutos o una hora. Solo sé que, en algún punto, mi mano, que estaba sobre la espalda de Sara, empezó a acariciarla con más intención que cariño. Ella se movió apenas, haciendo un ruido ligero, como un gato cuando se acomoda.
—Mmm… —murmuró—. ¿Estás despierto?
—Sí —dije en voz baja.
—¿No puedes dormir?
—No mucho.
Se pegó aún más a mí, sin abrir los ojos.
—Te amo —susurró, medio dormida.
Y ahí todo se recolocó en su sitio. Yo también la amo. No es un eslogan. No es una excusa. No es un adorno. La amo de una manera que no sentí nunca con Valeria. Con Valeria sentía adicción, fascinación, espejo. Con Sara siento raíz. Y eso hace que cualquier pensamiento sobre otro hombre cerca de ella sea dinamita. Le besé la frente.
—Yo también te amo —respondí.
Ella suspiró, se dejó caer completamente sobre mí, y poco a poco noté cómo su cuerpo volvía al ritmo del sueño. Yo, en cambio, sentí que acababa de cruzar una línea invisible. No en la realidad. No había mensajes escondidos, ni perfiles abiertos en secreto, ni acuerdos con terceros. No había movimiento en el mundo físico. Pero en mi cabeza, algo había cambiado de coordenadas: por primera vez desde que la conozco, mi mente había colocado a Sara en el lugar que antes solo ocupaba Valeria: el lugar de la mujer que podría ser compartida, aunque jamás lo sea.
Uno no puede desimaginar algo así. Una vez la escena se crea, se queda disponible. No necesariamente para ejecutarla. Pero sí para volver a ella cada vez que el deseo necesite un refugio oscuro. Esa noche no hice nada más que pensar. No me toqué. No me moví. No quise sellar la fantasía con un orgasmo rápido. No quería mezclar a Sara con esa parte del ritual. Lo único que hice fue quedarme quieto, con su peso sobre mí, mientras aceptaba en silencio que el hombre que prometió dejar atrás el mundo swinger acababa de dar la bienvenida, otra vez, al cornudo que siempre ha sido. No un cornudo humillado. No un cornudo víctima. No el cliché. El otro. El que ama tanto que, en algún lugar retorcido de su corazón, acepta —y encuentra hermoso— que la persona que ama pueda ser deseada por otros.
Al día siguiente, desayunamos juntos. Café, tostadas, ella hablando del trabajo, de una compañera nueva, de un proyecto que le ilusionaba. Yo la escuchaba con atención distraída, si es que eso tiene sentido. Un oído puesto en sus palabras, el otro en mis propios pensamientos. Salimos juntos a la calle. Ella iba impecable: blazer claro, pantalón recto, tacones discretos. Una versión de ejecutiva que haría girar cabezas en cualquier lobby de hotel. Y ahí ocurrió algo nuevo: cada hombre que pasaba cerca empezó a convertirse, por un milisegundo, en candidato. No candidato real, no alguien concreto, sino siluetas posibles en una escena que no iba a suceder… pero que mi cabeza ya no podía dejar de proyectar.
Un tipo en traje ajustándose la corbata. Otro con barba de tres días y camisa remangada. Uno más joven, mirando el móvil, sin saber que mi mente lo estaba usando para un casting silencioso. No era celos lo que sentía. Era una especie de radar encendido a la fuerza. Un radar que no había funcionado en cinco años y que de pronto captaba señales por todas partes. Ella se giró en un semáforo y me sonrió.
—¿En qué piensas? —preguntó.
Mentí.
—En el trabajo —dije.
No podía decirle la verdad. No podía decirle que estaba pensando en cómo se verías si alguno de estos hombres la deseara tanto que no pudiera quitarle las manos de encima. Y en cómo me sentiría yo mirando desde la puerta, sin intervenir, muriéndome por dentro y encendiéndome por dentro al mismo tiempo. No podía. No con la mujer que ve el sexo como un acto íntimo entre dos. No con la mujer que cree en «tú y yo contra el mundo». Así que tragué saliva, apagué el radar en lo posible y le apreté la mano.
—Hoy salgo antes —dijo ella—. ¿Te parece si hacemos algo juntos esta noche?
Sonreí.
Y la respuesta me salió sincera.
—Claro. Me encantaría.
Porque esa es la otra parte de la historia: que toda esta suciedad interna, todo este deseo torcido, no le resta ni una gota al amor que siento por ella. Al contrario: lo agudiza. Lo vuelve más consciente. Más frágil.
La primera vez que me imaginé a Sara con otro hombre no fue un juego mental de cinco segundos. Fue la apertura de una compuerta que llevaba años cerrada para ella. Esa noche entendí algo que me llevé demasiado tiempo evitando mirar de frente: Yo no dejé de ser quien soy por casarme. Solo me esforcé en mantener encerrado al hombre que, un día, disfrutó viendo a su pareja ser de otro por un rato. Ahora, la diferencia es brutal: no quiero que Sara pase por lo que viví con Valeria. No quiero arrastrarla a un terreno que ella no ha pedido. No quiero convertir en experimento lo que para ella es casa. Pero negar que mi mente ya la ha colocado en ese lugar —quizá solo a nivel de fantasía, quizá solo como un terreno imaginario que nunca pisaremos— sería mentirme otra vez.
Y he decidido que, si hay una cosa que voy a hacer en este blog, es esto: no mentir. Ni cuando me deja en ridículo. Ni cuando me deja en evidencia. Ni cuando me convierte en el tipo de marido que muchas personas odiarían. La primera vez que me imaginé a Sara con otro hombre fue esa noche, con ella dormida sobre mi pecho, después del ático de cristal. No se lo diré nunca. No habrá confesión. No habrá propuesta. No habrá «juegos de pareja» con esto. Pero a partir de ahí, cada vez que cierre los ojos, sé que esa puerta estará ahí. No sé si la voy a cruzar. No sé si me limitaré a mirar por la rendija desde la seguridad de mi almohada. Lo único que sé es esto: El hombre que ama a Sara y el hombre que un día disfrutó siendo cornudo no son dos personas distintas. Son el mismo. Soy yo. Y este fue el momento exacto en el que se dieron la mano.
