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El primer mensaje de mi doble vida

Hay mañanas que empiezan antes de que suene el despertador. No porque uno esté descansado, sino porque el cuerpo sabe que hay algo que necesita atención. Algo que quedó flotando en el aire desde la noche anterior. Algo que se coló en tu vida mientras dormías. Esta mañana, el teléfono vibró a las 6:14. Una vibración corta primero. Otra, tres segundos después. Y una tercera, insistente, como si alguien al otro lado del mundo estuviera tocando a mi puerta con los nudillos, suave pero decidido.

Yo estaba dormido a medias. Sara, completamente, profundamente, como solo duerme una mujer que confía en la persona que tiene al lado. La vibración hizo que ella moviera la pierna sobre la mía. Un gesto pequeño, tierno, doméstico. De esos que deberían tranquilizarte. Pero yo sentí un golpe frío en el estómago. Ese teléfono no debía sonar a esa hora. No ahora. No después del ático. Extendí la mano bajo la sábana, tanteando a ciegas hasta encontrarlo. El brillo de la pantalla me golpeó los ojos.

Un nombre que no debía estar ahí. No a esa hora. No en ese tono: Marta (3 mensajes). Sí, Marta. La mujer de Pablo, una de las parejas del ático de cristal. Mi garganta se cerró de golpe, como si hubiera tragado una piedra. En el ático, Marta y Pablo fueron… distintos. No como Iván y Pilar, que son huracán y brasa; no como las otras parejas, que entran en esa dinámica con la soltura de quien habla un idioma nativo. Marta y Pablo eran otra textura. Más silenciosos. Más atentos. Más observadores. Y aunque no hablamos mucho, hubo algo en la manera en que Marta me miró un par de veces. No un coqueteo descarado ni una provocación. Era otra cosa. Algo… curioso. Como si me estuviera leyendo. No tuvo tiempo de avanzar esa noche. Yo tampoco.
El ático era demasiado, demasiado todo para detenerme en un punto. Pero cuando ya estaba por irme, Pablo se acercó.

—Tío, por si algún día… —dijo, sacando su móvil.

Nos intercambiamos números de forma casi automática, como quien se pasa un correo por camaradería. Marta estaba detrás de él, con una sonrisa suave, de esas que parecen más una llave que un gesto. No pensé más en eso. O eso creí. Hasta ahora. Deslicé el dedo sin abrir los mensajes todavía. Una parte de mí quería dejarlos sin leer. Otra parte quería apagarlos. Borrar el número. Hacer como si nada hubiera ocurrido.

Pero había una tercera parte —la peor, la más peligrosa— que quería leerlo todo con calma, saborearlo, analizarlo, imaginar. Esa parte que había sobrevivido en silencio durante años y que el ático había despertado como a un animal al que se le abre la jaula sin querer. Miré a Sara. Dormía boca abajo, una mano bajo la almohada, la otra rozando mi muslo. El pelo despeinado, esa respiración suave que siempre me calma. El recuerdo de haberla imaginado follando con otro hombre se me metió otra vez entre las costillas: Sara. Mi Sara. Mi esposa. Mi luz. Y la sombra oscura que la noche anterior me había mostrado otra versión de ella en mi mente. Tragué grueso.

No pude evitar imaginar lo que pasaría si ella despertara justo ahora y viera ese nombre en la pantalla. Marta. Desconocida para ella. Explosiva para mí. El corazón me latía fuerte, casi como si tuviera miedo. Pero no era miedo puro. Era adrenalina. Era deseo. Era ese borde en el que se mueven los hombres que saben que están a punto de complicarse la vida y que, aun así, no retroceden. Abrí los mensajes.

Marta: Hola, Màxim… espero no despertar a nadie. Solo quería decir que nos quedamos pensando en ti

Dejé de respirar por un segundo.

Marta: Pablo dice que si alguna vez te apetece tomar algo… sin prisa, sin presión… nos escribas

La tercera vibración fue la peor.

Marta: A mí también me gustaría verte. Solo eso, ya sabes que estamos en Barcelona

Me quedé congelado. La primera frase era amable. La segunda, protocolaria. Pero la tercera… la tercera tenía filo. No un filo vulgar, no un mensaje explícito. No era una propuesta. Era una invitación velada. Un hilo flojo colgando de una tela que, si tiras, se descose. Y ahí, en esa línea, mi cuerpo entero reaccionó. No debería. No aquí, con Sara durmiendo pegada a mí. No después de todas las promesas internas que me había repetido para intentar mantener nuestra vida intacta. Pero reaccionó igual. La imagen fue instantánea: Marta, en el ático, antes de irme, apenas vestida con su ropa interior, aún sudada, aún llena de fluidos masculinos, con esa mirada que tenía más preguntas que respuestas.

Marta, ahora, escribiéndome. Marta, imaginándome. Cerré los ojos, tratando de empujar la imagen fuera, pero cuanto más la empujaba, más volvía. Y más peligrosa se hacía. No porque quisiera estar con ella. No por lujuria directa. Sino por lo que significaba que Marta me deseara. Significaba que había abierto la puerta. Y que el camino ya no dependía solo de mí. Sara se movió. Me puse rígido. Ella respiró hondo, buscó mi costado, apoyó la cabeza más cerca.

—¿Tanto madrugas hoy…? —murmuró, dormida, con esa voz dulce que me desmonta la espalda.

—No, amor —dije casi sin respirar—. Solo… desperté antes.

El teléfono seguía encendido en mi mano. El nombre de Marta brillaba como un pecado recién horneado. Tenía dos opciones: la primera, bloquear el móvil, guardarlo bajo la almohada y borrar los mensajes luego; o, la segunda, borrarlos ya mismo, antes de que Sara despertara del todo. El problema es que no logré elegir con la lucidez de un hombre sensato. Elegí como un hombre que quiere arriesgarse sin arriesgarse: lo borré todo, pero solo después de leerlo tres veces. Toqué la pantalla rápido, con los dedos tensos: «Eliminar conversación».

No fue un clic. Fue un salto al vacío. Guardé el teléfono bajo la almohada antes de que Sara abriera los ojos completamente. Ella levantó la cabeza un poco, buscándome, y me dio un beso lento, dormido, tibio. Ese tipo de beso que solo tiene ella, que huele a hogar. Yo lo recibí con una mezcla insoportable de amor… y deseo prohibido. Porque mientras ella me besaba, algo en mi cabeza susurraba otra cosa: «Marta te desea».

Los minutos siguientes fueron un infierno silencioso. Sara se desperezó, se levantó, caminó hacia la ducha sin sospechar nada. Yo quedé en la cama, mirando el techo, sintiendo el pulso en la garganta, en los dedos, en la base del estómago. No era el mensaje. No era Marta. Era lo que significaban: el acto, el mundo paralelo, la vida doble que no había tenido durante cinco años… volviendo a expandirse sobre mí.

Me vi a mí mismo como una figura dividida en dos: el esposo que ama a Sara con una devoción que lo desarma y el hombre que siente un temblor en el cuerpo cuando una desconocida del ático le escribe «me gustaría verte». El problema es que ambos hombres son yo. Y en esa mañana, mientras el vapor de la ducha llenaba el pasillo, entendí algo que me dejó temblando: esto ya no era solo una fantasía mental como la que tuve imaginando a Sara con otro hombre, esto ya no era solo el eco del ático, esto era real, alguien del otro lado quería algo conmigo y yo… no sabía si quería decir que no.

Ese fue el verdadero peligro. No el mensaje. No Marta. No Pablo. Sino lo que despertaron en mí. La conciencia de que el ático no había sido un capítulo aislado. Fue un prólogo. Un prólogo escrito en secreto, en silencio, mientras Sara dormía sobre mi pecho creyendo que yo seguía siendo el mismo. Cuando ella salió de la ducha, envuelta en una toalla, con gotas de agua deslizándose por su clavícula, me miró con una sonrisa transparente.

—Buenos días, mi amor.

—Buenos días —respondí.

Y así, mientras la veía caminar hacia el armario, entendí la dimensión exacta de mi mentira: la doble vida de Màxim Styven acababa de recibir su primer mensaje. Y yo lo había borrado… pero no de la manera en que importa. Porque la verdadera bomba no estaba en el teléfono. Estaba en mi cabeza. La había encendido Marta. Y apagarla… no iba a ser tan fácil.

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