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El mensaje que casi me delata

Hay días que empiezan normales y se van torciendo en silencio, como una camisa que parece bien planchada hasta que la miras de cerca y ves todas las arrugas. Ese día era uno de esos. No había nada raro, al menos en la superficie: un miércoles cualquiera en La Ciudad del Deseo. Correos, llamadas, reuniones en el calendario, el café de siempre en la misma taza de siempre. La vida seguía, como si Barcelona hubiera sido solo una nota al pie.

Pero no lo fue. Me levanté antes que Sara. Me duché en silencio, como si el agua pudiera borrar vestigios que ya no eran físicos sino internos. Ya no olía a aquel perfume mezclado de piel y vino; olía a nuestro jabón de siempre, ese que ella compra porque dice que «huele a casa». Me miré en el espejo, la toalla ceñida a la cintura, el pelo todavía mojado, y vi a un hombre que podría engañar a cualquiera menos a sí mismo.

Bajé a la cocina. Preparé café. Puse dos tazas, una para cada uno, porque la normalidad también se actúa con objetos: dos platos, dos vasos, dos vidas supuestamente alineadas. Sara apareció descalza, con una camiseta grande que le quedaba como un vestido y el pelo recogido a medias, esa mezcla de niña y mujer que siempre me desarma.

—Hueles rico —dijo, acercándose a besarme la mejilla—. Ya te echaba de menos a esta hora.

La abracé. Sentí su cuerpo blando, confiado, su respiración tranquila contra mi pecho. Pensé, por un segundo, que podría quedarme ahí para siempre, en ese instante de calma donde nada se rompe, nada se confiesa, nada arde.

—Yo también te echaba de menos —mentí a medias. Era verdad. Solo que no era toda la verdad.

Desayunamos hablando de cosas sencillas: su reunión del viernes, un posible viaje que quizás haríamos en verano, la planta del salón que estaba muriéndose sin dignidad. Nada delataba que, dos noches antes, yo había tenido a otra mujer apretada contra un ventanal, con la ciudad desparramada a nuestros pies como un secreto compartido.

Salí de casa con el portátil en la mochila, el móvil en el bolsillo y el cuello impecablemente limpio. La marca que Pilar me había dejado ya no se veía. La que Iván dejó en mi cabeza, tampoco. Pero ambas seguían ahí, latiendo en capas que Sara no sabía leer.

La mañana en la oficina fue un ejercicio de teatro. Hablé de despliegues de red, de licitaciones, de nuevos clientes, de fechas límite. Asentí cuando había que asentir. Discrepé cuando tocaba discrepar. Mis manos pasaban diapositivas mientras mi mente pasaba escenas del ático. A veces me sorprendía mirando demasiado rato un gráfico, sin ver nada, solo recordando el reflejo de mi propia cara en aquel cristal empañado por el calor de los cuerpos.

A mediodía, cuando por fin salí, sentí que había sobrevivido a algo que nadie más había visto. Volví a casa con la sensación rara de estar volviendo a un lugar seguro desde un frente de batalla que solo existía en mi cabeza.

Sara estaba en el salón, rodeada de papeles, portátil abierto, gafas puestas, concentrada. Al oír la puerta, levantó la vista y sonrió.

—¿Qué tal el día?

«Normal» habría sido la respuesta correcta. Dije:

—Largo. Pero ya está.

Fui a besarla. Me agarró de la camisa y me acercó un poco más de lo habitual.

—Me gusta este look de ejecutivo cansado —susurró, con una media sonrisa juguetona.

Ese tono, ese pequeño giro en su voz, me tocó en un lugar delicado. Porque mi cuerpo reconocía ese registro: el de una mujer que quiere algo más que conversación. El de noches tranquilas que empezaban con un «ven aquí» y terminaban con las sábanas revueltas de manera decente, ordenada, sin vecinos imaginarios ni cristales de por medio.

—Esta noche soy todo tuyo —le dije, apoyando mi frente en la suya.

Y mientras lo decía, sentí algo parecido a la traición: no porque no quisiera estar con ella, sino porque una parte de mí todavía estaba apoyada en aquel ventanal.

—Voy a terminar esto y luego me desconecto —añadió.

Se puso las gafas otra vez. Yo me dejé caer en el sofá frente a ella. Saqué el móvil del bolsillo. No había tenido tiempo de revisar nada en todo el día. Una parte de mí lo agradecía. Otra estaba inquieta, como un perro encerrado.

Mensajes del trabajo, un par de notificaciones absurdas de apps, un correo del banco. Nada más. Ni rastro de Iván. Ni de Pilar. Ni del ático.

Sentí una decepción que no debería haber sentido.

«Mejor así», me dije. «Mejor que se quede como una noche y ya».

Dejé el móvil a un lado, boca abajo, e intenté concentrarme en un informe que tenía que revisar en el portátil. La luz de la tarde entraba por la ventana, coloreando el salón de un tono cálido. Sara tecleaba enfrente, mordiéndose el labio inferior en ese gesto que siempre me ha gustado. Todo parecía en orden.

Hasta que vibró. No el portátil. El móvil. Fue una vibración corta, precisa, reconocible. El cuerpo se me puso rígido sin consultarme la opinión. Sara alzó la vista apenas un segundo.

—Suena a WhatsApp —comentó.

—Seguro que es del trabajo —dije, sin mirar.

No lo era. Lo sabía. Lo sentía en un lugar que no sabe de lógica. Intenté ignorarlo un momento. Quise creer que podía hacerlo: dejar el móvil donde estaba, fingir que no me importaba quién era, continuar leyendo sobre indicadores de rendimiento y cumplir mi papel de hombre maduro y centrado.

Volvió a vibrar. Una segunda vez. Este ya no era un correo corporativo ni un aviso automático. Era alguien que insistía. Sara se quitó las gafas.

—Si es importante, ve a verlo. No pasa nada.

Su naturalidad fue peor que cualquier sospecha. Si hubiera desconfiado, si me hubiera mirado raro, al menos tendría un enemigo claro. Pero no. Ella confiaba. Confiaba tanto que me dolía. Tomé el móvil. Lo giré, con una calma que no sentía. El corazón me golpeaba en el pecho como si quisiera salir del cuerpo. En la pantalla, el nombre brillaba como un neón mínimo pero incandescente.

Pilar. Tragué saliva. Abrí la conversación. Dos mensajes.

El primero: «¿Llegaste bien, guapo?»

El segundo, enviado apenas un minuto después: «Llevo todo el día con flashes de anoche. Espero que tú también».

El aire se volvió más denso. Me ardieron las orejas. Sentí el calor subiéndome por el cuello mientras, muy lejos, escuchaba a Sara decir algo sobre una factura que no cuadraba.

La palabra «flashes» me disparó los míos. No tenía que esforzarme. Bastó cerrar los ojos un segundo. Estoy otra vez en el ático. La música baja, casi un murmullo. La luz cálida, dorada, recortando cuerpos que se mueven como si supieran exactamente dónde ir. Pilar de espaldas a mí, su pelo cayendo sobre los hombros, la piel expuesta a medias, ese vestido negro que era casi una sugerencia.

Recuerdo la sensación de acercarme por detrás, no del todo consciente de si estaba siguiendo mi impulso o el guion tácito de aquella casa. Mi mano deslizándose desde su cintura hasta el lateral de su muslo, la tela cediendo bajo mis dedos. Ella girando la cabeza, rozando mi boca con la suya de lado, sin besarnos del todo, dejándome con la respiración suspendida.

—Sabía que volverías —susurró entonces, con la ciudad reflejada en sus pupilas.

No hizo falta más. Ese salón era un idioma que todos hablábamos.

Recuerdo su espalda contra el ventanal, el frío del cristal contrastando con el calor de su cuerpo. Mis manos enredadas en su cadera, su rodilla subiendo apenas para acomodarse más cerca, ese roce lento, deliberado, que decía más que cualquier frase. Iván a un lado, mirándonos con esa mezcla de orgullo y deseo tranquilo, como quien ve una escena que se repite pero siempre le parece nueva.

No necesito describir más. Mi cuerpo se acuerda solo. Volví al salón de nuestra casa como quien sale de un sueño demasiado real. Tenía el móvil todavía en la mano. La pantalla encendida. El mensaje ahí. «Flashes de anoche». Yo acababa de tener uno.

—¿Quién es? —preguntó Sara, sin malicia, sin segundas lecturas.

Noté cómo se me contraían los músculos de la cara. Hice todo el esfuerzo del mundo para que mi voz sonara normal.

—Un cliente —mentí—. De aquella comida en Barcelona.

La mentira no fue tanto el «cliente» como el plural: no quería darle género al remitente. No podía arriesgarme a que la palabra «ella» flotara en el aire como una pista.

Sara asintió, volviendo a sus cosas.

—¿Te necesitan ahora?

—Nada urgente —respondí.

Lo urgente era otra cosa. Era lo que el mensaje me había movido por dentro. Debería haber borrado la conversación en ese instante. Había una salida fácil: deslizar el dedo, eliminar chat, limpiar el rastro. Pero no lo hice. Algo me retuvo. Una mezcla de miedo y ego, de prudencia y vanidad. No era capaz de cortar de raíz la única conexión tangible con la noche en la que había vuelto a sentirme intensamente vivo.

Dejé el móvil de nuevo en la mesa del salón, boca abajo. Intenté seguir leyendo el informe del trabajo. Las letras bailaban. Las cifras no tenían sentido. Lo único que ocupaba mi mente era la imagen de Pilar contra el cristal, su respiración acelerada tocando mi cuello, la presión exacta de sus dedos en mi nuca cuando me arrastró hasta su boca por fin.

Me acomodé en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra, intentando disimular el efecto físico que aquel recuerdo estaba teniendo en mí. Una parte de mi cuerpo reaccionaba, testaruda, como si la noche no hubiera terminado.

«Para. Basta», me dije por dentro. No funcionó. El móvil volvió a vibrar.

Esta vez no lo miré de inmediato. Tenía miedo de que Sara notara algo en mi gesto.

—¿Quieres té? —preguntó ella, levantándose.

—Sí, gracias —contesté, agradeciendo la excusa.

En cuanto desapareció hacia la cocina, cogí el móvil con rapidez culpable. Un mensaje nuevo de Pilar:

«No te preocupes, no voy a escribirte mucho. Solo quería decir que anoche estabas… muy tú. Se te echaba de menos».

«Muy tú». Qué manera tan precisa y cruel de decirlo. Porque yo sabía exactamente qué «yo» había visto ella: el que no pedía permiso al deseo, el que se dejaba llevar, el que se apoyaba en un cristal con el corazón bombeando tan fuerte que parecía que la ciudad entera pudiera oírlo, el que no pertenecía a nadie.

Un ruido de tazas chocando me devolvió al presente. Sara servía agua caliente. Su silueta en la cocina, tan familiar, tan mía, tan… ajena a todo esto. Abrí la conversación con Pilar. Mis dedos temblaban ligeramente. Escribí: «Llegué bien. Gracias por la noche. Fue… intenso».

Lo borré antes de enviarlo. Escribí: «Todo bien, gracias. Espero que estéis bien». Lo borré otra vez. En la barra de texto vacía, el cursor parpadeaba como un reproche. No sabía qué era peor: responder y abrir una puerta que no sabía cerrar, o dejar el mensaje sin contestar y vivir con la certeza de que ella sabía exactamente por qué. Respiré hondo. Escribí finalmente: «Sí, llegué bien. Gracias por preguntar».

Lo envié. Nada más. Seco. Correcto. Neutral. Una frase escrita por el esposo perfecto, no por el hombre del ventanal. En ese momento, Sara volvió al salón con dos tazas. Dejó una frente a mí.

—Toma, te hará bien —sonrió.

Me di cuenta de que todavía tenía el móvil en la mano. Lo dejé a un lado con demasiado apuro. Casi se me cae.

—¿Seguro que todo está bien, amor? —preguntó, frunciendo ligeramente el ceño—. Te noto raro desde que volviste.

Ahí estuvo. El filo. La esquina peligrosa de la conversación. Podría haber dicho la verdad. Podría haber dicho: «Estoy dividido en dos, Sara. Te amo y, al mismo tiempo, no dejo de pensar en una noche que no puedo contarte». Pero hay verdades que, una vez dichas, ya no permiten seguir viviendo como antes. Elegí la cobardía.

—Es el viaje, de verdad. Y el trabajo. Estoy más cansado de lo que pensaba.

Sara me miró como solo ella sabe mirar: con esa mezcla de duda y fe que tienen las personas que han decidido creer en alguien. Después se inclinó hacia mí y me dio un beso lento, suave. Su mano se quedó un instante en mi nuca, los dedos jugando con el nacimiento del pelo. Ese gesto, tan familiar, tocó una fibra donde Pilar también había estado hacía muy poco, apretando mi cabeza hacia ella, mordiéndome el labio mientras la ciudad se borraba detrás del cristal.

Una superposición de escenas se produjo en mi mente: la boca de Sara, la boca de Pilar, el salón ordenado, el ático revuelto, el silencio de nuestra casa, los susurros ahogados de aquella noche. Me separé un poco, antes de que mi cuerpo decidiera estropear el momento.

—Te amo —me dijo ella, sin sospechar nada.

Y dolió. Porque lo sentía. Y a la vez, deseaba otra cosa.

—Yo también —respondí, con la garganta cerrada.

Cuando se levantó para volver a sus cosas, cogí el móvil una vez más. Abrí la conversación con Pilar. Deslicé el dedo hacia la izquierda. El menú apareció: «Eliminar chat.

Era tan fácil. Un toque y adiós.
Como si nunca hubiera habido un «guapo», ni un «flashes de anoche», ni una noche en la que me volví a reconocer en el cuerpo de otros. Me quedé ahí, con el dedo suspendido sobre la pantalla. No pude. Volví atrás. Bloqueé el móvil. Lo metí en el bolsillo La sensación fue extraña: por un lado, me sabía débil. Por otro, me sentía ridículamente vivo. Fui hasta la ventana del salón. Afuera, La Ciudad del Deseo seguía con su vida: coches, gente con bolsas, una pareja discutiendo en la esquina, un perro olfateando la misma farola de siempre. Nadie tenía idea de que, a unos metros de allí, un hombre sostenía en el bolsillo un hilo fino que lo conectaba con una vida entera que su esposa no conocería jamás.

Sara puso música de fondo. Una playlist tranquila, de esas que ella llama «para trabajar». Sus dedos volvieron al teclado. Su mundo volvió al orden. El mío no. Porque en ese instante lo entendí con una claridad brutal: el ático de cristal, con sus vistas, sus cuerpos y sus luces, había sido un lugar peligroso, sí… pero al menos estaba lejos.
Controlado por la distancia, por el avión, por la excusa del viaje.

El verdadero problema estaba ahora a centímetros de mi mano. En mi bolsillo. En un icono verde. En una conversación que no había querido borrar. En un nombre que brillaba en la pantalla cada vez que ella decidiera escribir: Pilar.

Ese mensaje no me delató. Sara no lo leyó. Nadie sospechó nada. Pero yo sí. Porque por primera vez me vi desde fuera, y lo que vi fue a un hombre que ya había cruzado una línea, y que ahora jugaba a caminar por el borde del abismo con el móvil en la mano. Me aparté de la ventana, me senté otra vez frente a mi taza de té ya tibio y, mientras Sara hablaba de algo que no alcancé a escuchar del todo, me hice una confesión silenciosa: no tengo miedo de que me llegue otro mensaje. Lo que me asusta de verdad es lo mucho que quiero que llegue.

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