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El ático de cristal

Nunca he odiado tanto el silencio de una habitación de hotel. He cerrado la puerta despacio, como si al bajar la manilla pudiera deshacer las últimas horas. La tarjeta magnética hace clic, la luz se enciende, y de repente me veo a mí mismo en el espejo del pasillo: camisa arrugada, pelo revuelto, el cuello todavía rojo de mordidas y chupetones que no son de mi esposa.

Respiro hondo. Huelo a perfume que no es mío, a sudor que no es solo mío, a coño empapado, a semen, a noche que no debería haber vivido. Dejo la chaqueta sobre la butaca, me aflojo el nudo de la corbata y siento cómo el cuerpo entero late con esa mezcla asquerosa y deliciosa de culpa y placer. El típico cóctel que juré no volver a probar. El que conocí hace años con Valeria, y que pensé haber dejado enterrado cuando me casé con Sara.

Sara.

Saco el móvil casi por reflejo. Dos mensajes:

«¿Cómo fue el día, amor?»

«Te echo de menos. Duerme bien. Te amo».

Trago saliva.

Podría contestar con un audio, poner voz de cansado, hablarle del supuesto cliente, del supuesto cóctel protocolario con gente gris de telecomunicaciones y vino caro. Podría seguir siendo el hombre perfecto de La Ciudad del Deseo.

En vez de eso, dejo el móvil boca abajo sobre el escritorio. Camino hasta la ventana. Las luces de la ciudad se derraman hacia el horizonte como si alguien hubiera sacudido un frasco de estrellas sobre el asfalto. Allá afuera la gente duerme, ve series, discute por tonterías, hace el amor con la persona que tiene al lado. Yo acabo de hacer… otra cosa.

Me siento en la silla, frente al escritorio de formica brillante. El portátil me mira desde la esquina como si también supiera algo. Lo abro. La pantalla se enciende, el logo aparece, y en unos segundos tengo un documento en blanco delante. El cursor parpadea. Late al mismo ritmo que la sangre en mis sienes. Podría ducharme, meterme en la cama y obligar al cerebro a olvidar. Podría decirme que fue un desliz, un último baile con la vida que dejé atrás. Podría mentirme a mí mismo como le miento al resto del mundo.

O podría hacer lo que no he hecho nunca: confesar. No a Sara. Nunca a Sara. A alguien más difuso, más peligroso: cualquiera que quiera leerme. Apoyo los codos sobre la mesa. Me froto la cara con ambas manos. Huele a piel ajena. Huele a lo que ha pasado en ese ático de cristal unas horas antes. Y entonces, sin pensarlo demasiado, escribo: Me llamo Màxim, tengo cuarenta y dos años, soy un ejecutivo, casado y esta noche he vuelto a hacer algo que prometí no repetir jamás.

Las frases empiezan a deslizarse como si llevaran años esperando detrás de la lengua, escondidas en algún rincón húmedo del cerebro. Pero para escribir esta noche, primero tengo que recordarla. No como lo haría un abogado, no como lo haría un cura. Como lo haría un hombre al que le arden las manos todavía. Cierro los ojos un segundo. Y regreso al aeropuerto.

Los vi antes de que ellos me vieran a mí. Apenas comenzaba a hacer la fila para abordar mi vuelo hacia Barcelona, con un café que ya sabía a nada y en la otra mano el teléfono móvil con mi boarding pass y mi documento de identidad, cuando una risa me atravesó de lado a lado. Hay risas que no se olvidan, igual que hay sabores o cicatrices que se quedan pegados a la memoria. Giré la cabeza y ahí venían: Iván y Pilar. Exactamente igual de peligrosos que la última vez que los vi, varios años atrás. Él, alto, hombros anchos, ese aire de tipo que podría negociar un contrato millonario o sacar a alguien de un bar a empujones sin perder la sonrisa. Ella, con ese movimiento de caderas natural que no se aprende en ningún gimnasio, y ese brillo en los ojos que siempre parece estar midiendo el calibre de tu pecado potencial.

Pilar me vio primero. Hubo un segundo en el que sus ojos se entrecerraron, como si no terminara de creerlo.

—No puede ser… —murmuré yo, más para mí que para nadie.

Ella sonrió. Esa sonrisa en diagonal que me había visto sudar, jadear y correrme dentro de ella mientras Valeria miraba.

—Màxim —dijo, caminando hacia mí con esa seguridad indecente que tienen las personas que se saben deseadas—. Joder… años.

Iván llegó detrás de ella, con una carcajada grave y un abrazo que fue mitad viejo amigo, mitad cómplice.

—El ejecutivo fantasma… ¿¡Vives en Barcelona!? —bromeó—. Pensé que te nos habías vuelto santo o habías muerto.

«Más o menos», estuve a punto de decir. Lo que salió fue.

—Me casé, y es un viaje de trabajo, pero volveré mañana.

Pilar levantó las cejas, divertida. Iván soltó un silbido corto.

—Así que alguien te puso la correa —rió él.

—Se llama Sara —contesté, con esa mezcla de orgullo y nervios que se me activa siempre que la nombro en ambientes donde sé que no encaja. Como si la manchara.

—¿Y Valeria? —preguntó Pilar, sin anestesia.

Ahí fue cuando sentí por dentro el leve chasquido de algo que no estaba del todo arreglado. Ese lugar en el pecho donde guardo a Valeria: tres años de excesos, sudores compartidos, bocas, cuerpos, lágrimas, discusiones, club swingers, hoteles, amaneceres que olían a vino y a piel.

—Se acabó —dije—. Hace tiempo ya.

—Lógico —Iván se acomodó su pantalón—. Ese tipo de vida siempre acaba cobrándose algo.

No preguntaron qué. No pregunté qué había sido de ellos. No hizo falta. Éramos adultos, con pasado, con un compartido muy concreto: parejas cruzadas, noches interminables, un par de escenas que todavía me visitan a veces cuando me toco debajo de las sábanas con Sara dormida a mi lado.

Hablamos de trabajo, de ciudades, de lo bien que paga ahora el sector de las telecomunicaciones. Ellos me contaron que seguían viviendo en La Ciudad del Deseo, pero precisamente estaban cogiendo el mismo vuelo a Barcelona, porque por la noche tenían «un plan».

Dijeron «un plan» de esa manera que yo sabía descifrar.

Fui yo quien preguntó.

—¿Qué tipo de plan?

Pilar sonrió como quien ve a un hueso viejo empezar a moverse bajo tierra.

—Un ático —respondió—. Somos tres parejas. Bueno… tres parejas y un par invitados especiales. Pero creo que nos hace falta uno más, la verdad.

Avanzaba la fila, mientras Iván se aclaraba la voz para hablar con más discreción.

—Es privado, muy tranquilo. Nada como aquellos clubes donde ibais con Valeria. Es… más selecto. Más cuidado. Solo gente muy cercana, gente con experiencia, gente que tenemos años conociendo, mucho antes que a ti.

Yo reí, más por reflejo que por convicción.

—Estoy casado, chicos.

Pilar ladeó la cabeza.

—Estás casado, no muerto.

La frase me cayó en el estómago como un hielo. Habría querido decir que no. Que esa etapa ya estaba cerrada. Que Sara me llena por completo. Que soy otra persona, dije.

—No puedo.

Hubo un silencio breve. No fue incómodo. Nos conocíamos demasiado como para eso. Iván asintió, como si ya lo esperara.

—Lo suponía —dijo—. Igual, si cambias de idea, te mando la dirección… y así no pasas la noche en Barcelona solo.

True to form: nunca insisten, nunca suplican. Ofrecen una puerta. Si la cruzas, bien. Si no, también. Todos adultos. Intercambiamos teléfonos actualizados, abrazos, un par de bromas sobre nuestra vejez prematura. Sus butacas estaban lejos de la mía, así que nos despedimos con el clásico «a ver si allá nos encontramos sin prisas», que casi nunca significa nada. Pero esa noche significaba algo.

Aterricé en Barcelona, salí pronto y no los vi. Cogí un taxi, tuve una comida de trabajo y después de una larga jornada, cuando llegué al hotel, tenía un mensaje de Iván: te esperamos a las 22:00. Ático Torre Mirador. Si apareces, habrá una copa con tu nombre. Si no, te seguiremos queriendo igual, santo. Dejé el móvil sobre la cama y me metí en la ducha. El agua caliente cayó sobre mi cuerpo mientras mi cerebro hacía ecuaciones morales. Estaba cansado. Tenía que volver a La Ciudad del Deseo muy temprano por la mañana. Podría cenar algo, ver una película en el portátil, dormir. Ser el marido ejemplar de siempre. O podría ponerse un poco peor la cosa.

No sé en qué momento exacto decidí joderlo todo un poco. Solo sé que, cuando miré el reloj, eran las 21:27 y yo estaba eligiendo camisa frente al armario, con el mismo cosquilleo en el pecho que sentía cuando Valeria me escribía: «Ven, tengo algo en mente». El ático hacía honor al apodo que Iván le había puesto: un cristal suspendido sobre la ciudad. Ascensor privado hasta la planta 32, puerta que se abría directamente al salón, paredes casi invisibles y una vista que hacía que cualquier cosa que ocurriera dentro pareciera al mismo tiempo íntima y observada por todo el mundo. Me recibió Pilar, descalza, con un vestido negro que parecía pintado sobre el cuerpo, los pezones duros marcándose en la tela, el coño apenas cubierto por un hilo que ya estaba húmedo.

—Llegó el ejecutivo —sonrió—. Pensé que te arrepentirías.

—Yo también —contesté.

Dentro, el ambiente era cálido, perfumado, con música suave. Tres parejas, claramente en modo juego, y otros dos hombres extra que se movían por el espacio con naturalidad: saludos, copas, miradas que se sostenían medio segundo de más. No era un desfile de carne desesperada. Era algo más elegante, más maduro. La energía de gente que ya sabe de qué va esto y no necesita posar. Iván apareció con una copa en la mano y una palmada en mi hombro.

—No te preocupes —dijo—. Aquí nadie obliga a nadie a nada. Vienes, miras, bebes algo. Si te vas, te vas. Si te quedas…

No terminó la frase. Era evidente. Durante la primera hora, hablamos. De verdad. De trabajo, de viajes, de anécdotas absurdas de aeropuertos. De la casualidad de habernos encontrado en el mismo vuelo. Los cuerpos, sin embargo, llevaban otra conversación por debajo: manos que se rozan, labios que se acercan al oído para decir cualquier tontería, rodillas que se tocan bajo la mesa baja del salón. En algún momento, alguien apagó un poco más las luces. En algún otro, la música subió un par de puntos. Y luego pasó como pasa siempre: nadie dice «ahora», simplemente ocurre. Una pareja, Marta y Pablo, empezó a besarse sin pudor en una esquina. Otra, Claudia y Rubén, se sumó. Iván se acercó por detrás de Pilar y la rodeó con los brazos, mientras ella me miraba por encima de su hombro con esa sonrisa que significa «ven o te lo vas a perder».

Me acerqué. Fue como volver a hablar un idioma que llevaba años sin practicar. Los cuerpos se buscan con una naturalidad que asustaría a cualquiera que viva en un mundo de líneas rectas. Labios, manos, susurros, risas bajas. El salón se convirtió poco a poco en una coreografía de piel y telas que caían al suelo sin hacer ruido.

Pilar fue la primera que me tocó de verdad. Me agarró la nuca y me besó con lengua, profundo, mientras Iván me desabrochaba la camisa por detrás y me mordía el hombro. Sentí su erección contra mi culo a través del pantalón. Pilar me bajó la cremallera y sacó mi polla ya dura, la acarició despacio, escupió en la palma y empezó a pajearme mirando a Iván como quien dice «mira lo que hemos recuperado». Luego se arrodilló y se la tragó entera, hasta que sentí su nariz contra mi pubis y sus garganta apretándome la punta. Gemí tan fuerte que una de las otras mujeres, Marta, se giró a mirar.

En cuestión de minutos tenía a Pilar chupándome la polla y a Claudia, la mujer de Rubén, sentada en el sofá con las piernas abiertas, tocándose encima del tanga mientras miraba. Los otros dos invitados, Zacarías y Alejandro, quintándose la ropa, se acercaban a ella con prisa. Me aparté de Pilar un segundo, me acerqué a Claudia, le aparté la tela a un lado y lamí su coño depilado, hinchado, empapado. Sabía a deseo puro. Metí dos dedos dentro y ella empujó las caderas contra mi boca, corriéndose en menos de un minuto con un gemido ahogado contra el respaldo.

Después, Pilar me agarró de la mano y me llevó contra el ventanal. Se bajó el tanga hasta los tobillos, apoyó las manos en el cristal y me dijo: «Fóllame aquí, que nos vea toda la ciudad». Me la clavé de una sola embestida. Estaba tan mojada que entró hasta el fondo sin resistencia. Empecé a bombear fuerte, agarrándola del pelo, viendo Barcelona debajo mientras sus tetas rebotaban contra el vidrio. Cada vez que empujaba sonaba un «clap» húmedo de mis huevos contra su culo. Se corrió apretándome tan fuerte que casi me saca, y yo seguí follándola hasta correrme dentro, sintiendo cómo mi semen caliente le llenaba el coño y empezaba a chorrear por sus muslos.

En otro momento, me encontré en el suelo de nuevo con Pilar sentada en mi cara, moviéndose contra mi lengua mientras Zacarías me la metía por detrás, lento, profundo, hasta que sentí sus huevos contra los míos. Me follaban la boca y el culo al mismo tiempo y yo solo podía gemir dentro del coño de Pilar, lamiendo su clítoris hinchado mientras ella se corría inundándome la cara.

Hubo bocas tragando pollas, coños abiertos recibiendo dedos y lenguas, culos lubricados que se abrían sin prisa. Hubo jadeos ahogados para no llamar la atención de vecinos inexistentes. Hubo mi nombre susurrado por varias voces, casi al mismo tiempo. Hubo un instante, muy breve, en el que me sentí ridículamente vivo, como si el mundo entero se hubiera reducido a la temperatura de esa habitación.

Y hubo algo más peligroso que cualquier postura: el espejismo de que eso era lo que me faltaba. Cuando todo terminó —si es que algo así termina del todo—, estábamos dispersos por el ático: algunos en el suelo, otros sobre cojines, cuerpos sudados, respiraciones que volvían poco a poco a la normalidad. Barcelona seguía ahí fuera, indiferente. Pilar se acercó a mí, me dio un beso lento en el cuello y susurró.

—Sabía que no estabas muerto.

No supe qué contestar.

Iván me palmeó la espalda con complicidad, como quien felicita a un compañero de equipo después de un partido.

—Te queda bien seguir siendo tú, Màxim —dijo.

Yo me miré las manos, todavía temblando un poco. Pensé en Sara. Pensé en su voz diciéndome «te amo» unas horas atrás. Pensé en la cama de matrimonio, en la mesita con su libro a medio leer, en las plantas del salón que riega los domingos. Pensé que, si alguna vez se enterara de esto, se le rompería algo que no se arregla. Me quedé un rato más, por educación, por inercia. Luego les expliqué que tenía que volar temprano de vuelta a casa y pedí un Uber. El portero del edificio me abrió la puerta con amabilidad profesional. Nadie diría, al verme salir con mi camisa remetida otra vez, que hacía apenas veinte minutos estaba perdiéndome dentro de varias pieles.

De vuelta al hotel, el ascensor me pareció un confesionario sin cura. Me miré en el espejo y no vi a un desconocido. Vi al mismo hombre de siempre, solo que sin la máscara que había intentado coserme estos últimos años. Por eso ahora estoy aquí, frente a este portátil, con el eco de esas manos, esas bocas, esos cuerpos todavía resonando en mi memoria. Y por eso acabo de escribir: Me llamo Màxim, tengo cuarenta y dos años, soy un ejecutivo, casado y esta noche he vuelto a hacer algo que prometí no repetir jamás.

No sé si este blog es una forma de pedir perdón, de exhibirme o de castigarme. No sé si escribo para excitarte o para evitar que la culpa me reviente por dentro. Solo sé que no puedo contárselo a Sara. No puedo mirarla a los ojos y decirle que he estado en un ático de cristal con tres parejas y dos desconocidos, dejando que mi cuerpo recuerde todo aquello que ella no sabe de mí. Así que te lo cuento a ti. A quien seas. A quien llegue aquí por curiosidad, morbo o aburrimiento. Esta noche, en Barcelona, he cruzado una línea. Y mientras te escribo, siento que no va a ser la última, ni aquí, ni en casa, La Ciudad del Deseo. Cierro los ojos un segundo, apoyo la frente en el dorso de la mano y susurro, sin saber si hablo contigo o conmigo mismo.

—Bienvenido de vuelta, cabrón.

Abro otra vez los ojos, miro la frase en la pantalla y sonrío con una mezcla de miedo y alivio. El título del documento cambia de «Sin nombre» a: «El ático de cristal – Día 1». Porque hoy empieza mi doble vida. Porque hoy, por primera vez, la estoy contando. Y porque, aunque nunca lo admitiría en voz alta, me muero de ganas de saber qué voy a escribir mañana.

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