Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

El abrazo que casi me derrumba

La Ciudad del Deseo siempre huele igual cuando aterrizo: a calor doméstico, a pan recién horneado, a tráfico que se acumula en las avenidas centrales, a vida cotidiana que no sabe nada de áticos de cristal ni de copas de vino compartidas con desconocidos. El Uber me deja frente al edificio a las 12:14. Miro hacia arriba, a nuestro balcón del sexto piso, donde Sara suele poner a secar las plantas cuando el sol da de lleno. No están ahí hoy. Debe estar dentro, en la cocina, o quizá en el salón, repasando documentos con su forma obsesivamente delicada de organizar la vida.

Respiro hondo antes de subir. No sé si es para calmarme o para retener un poco más el vestigio del perfume ajeno que juraría que todavía vive en mi piel, como un fantasma insolente que se niega a abandonar el cuerpo que ha poseído durante unas horas. El portero me saluda.

—Bienvenido, señor.

Le devuelvo el saludo con la sonrisa profesional de un hombre decente. Esa sonrisa que Sara reconoce. Esa sonrisa que Pilar también reconoció anoche, pero por otras razones. En el ascensor, mi corazón late más rápido de lo que debería. No hay motivo real. No hay marca visible. No hay mensaje comprometedor. No hay olor ajeno, o al menos eso quiero creer. No hay prueba. Solo hay memoria. Y la memoria no se puede mostrar en un juicio. La puerta se abre. Dejo la maleta justo dentro y cierro con suavidad. Me quito la chaqueta. Me paso una mano por el cuello, instintivamente cubriendo la marca que todavía no ha perdido del todo su color.

—¿Amor?

La escucho antes de verla. Esa voz que me ubica, que me calma, que me abriga. Esa voz que, si supiera lo que hice en Barcelona, no sonaría igual.

—Aquí estoy —respondo.

Sara aparece desde la cocina, sonriendo. Trae el pelo suelto, un poco despeinado, como si hubiera dormido una siesta corta. Lleva un jersey largo y unos pantalones cómodos. Está desarmantemente natural. Casi me siento indigno de verla así. Y entonces ocurre lo que no estaba preparado para manejar: corre hacia mí y me abraza como si hubiera pasado un mes desde la última vez que me vio.

Un abrazo sin sospecha. Un abrazo limpio. Un abrazo que no me pertenece hoy. Sus brazos alrededor de mi cuello. Su pecho contra el mío. Su perfume habitual. La suavidad familiar. Mi garganta cerrándose. Me quedo quieto medio segundo antes de abrazarla de vuelta. No porque no quiera, sino porque mi cuerpo está calibrando qué versión de mí mismo debe presentarse ante ella.

—Te extrañé —dice contra mi hombro.

Y lo peor es que es verdad. La extrañé. La quise. La pienso. La amo. Pero también deseo cosas que ella no sabría cómo mirar sin romperse un poco por dentro.

—Yo también —respondo. Mi voz sale un poco más baja, más densa de lo normal.

Sara se separa un poco, me mira a los ojos y sonríe. Si ella supiera leer la culpa, estaría leyendo un libro entero ahora mismo.

—Tienes cara de cansado —me dice.

“Deberías verme la cara cuando estoy contra un ventanal con dos personas encima”, pienso, y ese pensamiento me golpea tan fuerte que tengo que mirar hacia otro lado un segundo, fingiendo que me quito algo del pelo.

—Sí… fue un viaje largo —miento con la naturalidad de un actor con veinte años de experiencia.

—Ven, te preparé comida.

Entramos en la cocina. El olor a pasta recién hecha me golpea la memoria con una violencia inesperada. Porque anoche había pasta en la mesa del ático. Pasta fría, justo antes de que todo empezara a desintegrarse en cuerpos entrelazados. Me quedo quieto unos segundos. Sara no lo nota. Ponemos los platos. La escucho hablar del trabajo, de un nuevo proyecto, de la reunión que tuvo por la mañana.

Yo asiento. Digo “ajá» en los momentos adecuados. Sonrío cuando debe sonreírse. Finjo estar ahí. La verdad es que sí estoy. Pero también estoy en un sofá de Barcelona donde una mujer me acariciaba la mandíbula mientras otra me mordía el hombro. Estoy en dos lugares a la vez. Y en ninguno estoy completo. Cuando estamos terminando, Sara me toma la mano sobre la mesa y la aprieta suavemente.

—¿Todo bien contigo?

Es la pregunta más sencilla y la más peligrosa.

—Sí, amor —respondo sin pestañear—. Todo bien.

Ella sonríe. Y esa sonrisa, esa cosa limpia, esa frescura que no se rompe fácil… me atraviesa como un cuchillo con filo de terciopelo.

Después de comer me dice…

—Voy al supermercado. ¿Vienes?

—Tengo que enviar un par de informes —miento otra vez—. Dame una hora y voy contigo.

—Vale —dice, dándome un beso rápido.

Se pone la chaqueta, agarra las llaves y sale. Cuando la puerta se cierra, el silencio cae como una cortina pesada. Ahí está. Mi verdadera esposa. Mi verdadero yo. El verdadero problema. Camino hacia el dormitorio. Abro mi maleta. Saco el portátil. Lo enciendo. Abro el archivo del segundo relato. Leo la última frase que escribí en la sala de embarque: “Tal vez escribir sea la única forma de admitir que esta parte de mí no está muerta, solo estaba dormida”. Respiro hondo. Cierro los ojos. Y me golpea un recuerdo que no pedí: Pilar, apoyada contra el ventanal, mirándome con esa media sonrisa de depredador elegante. Iván detrás, sus manos firmes en su cintura.

Mi nombre saliendo de dos bocas distintas. La ciudad brillando abajo, ajena a todo. Ese recuerdo llega con una claridad dolorosa. Demasiado clara. Demasiado reciente. Demasiado vivo. Y entonces lo entiendo: lo que hice anoche no fue una recaída. Fue una resurrección. Abro un documento nuevo.

Escribo el título sin dudar: Relato 3 – El abrazo que casi me derrumba. Y empiezo a escribir. No lo pienso. No me contengo. No me perdono. Porque si algo aprendí hoy, abrazando a la mujer que más amo, es que el deseo que desperté anoche no piensa volver a dormirse. Y tengo la sensación —la terrible, deliciosa sensación— de que no va a dejarme en paz. Ni a mí. Ni a ti, que estás leyendo esto. Porque tú también formas parte de esta mentira. O de esta verdad. A veces no sé la diferencia. Pero seguiré escribiendo hasta averiguarla.

¡Deja tu comentario!

0.0/5