Hay memorias que no se archivan. No se doblan, no se guardan en una gaveta, no obedecen al paso de los años. Vuelven cuando quieren. A veces con un olor. A veces con un silencio. A veces con un pensamiento sin dueño. Y la mía, la que explica quién carajo soy hoy, empezó cuando tenía diecisiete años.
Deborah.
Ocho años juntos. Ocho. Dicen que la adolescencia es una etapa de transición, pero para mí fue algo más: fue una vida completa, entera, con principio, nudo y ruptura. Ella fue mi primer amor real, mi primera cotidianidad emocional, mi primera idea de futuro. Y también, sin saberlo, fue testigo de la primera sombra que se despertó en mi interior.
La tarde que lo entendí no era especial. No era un aniversario. No era un drama adolescente, pero ya teníamos dos años experimentando el sexo. Recién cumplí los diecinueve años. Era una tarde cualquiera de verano, en su habitación, con los libros abiertos y el ventilador moviendo el aire caliente como si hiciera algún esfuerzo útil.
Deborah hacía una siesta boca abajo en la cama. El sol entraba por la ventana con ese color dorado que solo existe a la tarde en ciertas ciudades. Yo estaba a su lado, apoyado contra la pared, observándola sin intención de nada. Solo mirándola respirar, como hacen los chicos enamorados. Como hacen los chicos que creen que el amor es tan simple como acostarse uno cerca del otro.
Y entonces pasó. No fue una imagen. No fue una fantasía. No fue un pensamiento prohibido. Fue una sensación. Una vibración interna. Un tirón en el pecho. Un impulso extraño que no apuntaba a ella… sino a algo más grande, más amplio, más indeterminado. No quería a otra mujer. No quería a un hombre. No quería nada en particular. Quería… más.
Era como si mi cuerpo estuviera abriendo, por primera vez, una puerta que yo no sabía que existía. Y detrás de esa puerta había una especie de territorio amplio, oscuro, silencioso, lleno de posibilidades que no entendía.
Me quedé viéndola, tratando de respirar normal, como si algo en mí acabara de encenderse sin aviso. Era deseo, sí, pero no el deseo que yo conocía. Era deseo sin objeto, deseo por la posibilidad misma del deseo. Y eso me asustó más que cualquier pensamiento concreto.
Esa fue la primera grieta. La primera sombra. El primer latido del hombre que sería después. Deborah no tenía idea, por supuesto. Me adoraba con la inocencia franca de alguien que ama por primera vez. Seguimos juntos muchos años. Hubo risas, peleas, reconciliaciones, promesas. La vida que se vive cuando uno todavía cree que las cosas son eternas. Pero mi sombra seguía creciendo.
A veces, mientras estábamos juntos, aparecían pequeños destellos de aquella sensación. No eran fantasías explícitas. Eran chispazos: una presencia que no estaba ahí, una mirada que no existía, una tensión que no venía de ella sino de algo más profundo. Yo no sabía explicarlo. No sabía si era raro, si era normal, si era peligroso, o si simplemente era joven.
Solo sabía que estaba ahí. Cuando terminamos a los veinticinco, nos despedimos con dolor, sí, pero también con cierta honestidad: yo necesitaba entenderme, y ella necesitaba un amor más simple que lo que yo podía ofrecer.
La sombra había nacido. Y ya no podía deshacerse. A los veintisiete conocí a Ana. Mi primera esposa. Ana fue la adultez hecha persona. Seria, ordenada, cariñosa, con una visión clara de lo que quería en la vida. Con ella aprendí lo que era la estabilidad, lo que era planificar, lo que era construir con pasos firmes. Era distinta a Deborah. También hermosa, pero de otra manera: más tranquila, más madura, más estructurada.
Intenté con todas mis fuerzas ser el hombre que ella necesitaba. El hombre que yo creía que debía ser. El problema es que la sombra también llegó al matrimonio. Más silenciosa. Más domesticada. Pero ahí estaba.
Las primeras noches dormíamos abrazados. Yo la miraba y quería creer que esa vida bastaría para apagar cualquier inquietud vieja. Pero a veces, en mitad de la noche, esa misma vibración que sentí a los diecisiete volvía a aparecer. El mismo tirón en el pecho. El mismo deseo abstracto. La misma pregunta que nunca pude formular en voz alta:
¿Por qué no me basta esto? No era falta de amor. No era falta de deseo hacia ella. No era aburrimiento. Era… amplitud. La amplitud que había nacido años antes y que yo había intentado enterrar debajo de compromisos, rutinas y cenas de aniversario.
Ana notó algo. Las mujeres siempre notan.
—¿Te pasa algo? —me preguntó una noche.
Quise decirle la verdad, pero ¿cómo se explica algo que ni tú entiendes?
Así que respondí lo más fácil:
—Trabajo. Estoy cansado.
Ella lo creyó. Me dio un beso. Se durmió tranquila. Y yo me quedé despierto, sintiendo que tenía un animal encerrado en el pecho. El matrimonio siguió. No era infeliz. No era un drama. No era una tragedia.
Era… una vida correcta. Y ese fue el problema. Porque yo no había nacido para una vida correcta. Y no lo sabía. No todavía.
Con Valeria llegó la segunda vida. La vida donde comprendí exactamente quién era. Ella no despertó nada: solo encendió la luz en una habitación que ya conocía desde adolescente. Las fantasías que antes eran sombras difusas se volvieron cuerpos, miradas, posibilidades reales. La amplitud tomó forma. El deseo tomó dirección. Mi sombra, por fin, tuvo nombre.
Toda esa etapa explosiva —los tríos, la exploración, los juegos mentales, las dinámicas inesperadas, el cuestionamiento de los límites— no nació en Valeria. Nació en Deborah. Se reprimió con Ana. Y se liberó con ella. Valeria no me cambió. Me reveló. Ahora, con cuarenta y dos años, casado con Sara, con una vida que parece perfecta desde fuera… mi sombra sigue ahí. Dormida, a veces. Silenciada, otras. Pero nunca muerta.
Lo que pasó en Barcelona, lo que pasó en ese ático de cristal, lo que provocó ese reencuentro… no fue un error. Fue una consecuencia. Una consecuencia natural del origen de mi deseo. De algo que nació antes de que yo supiera su nombre. De algo que, aunque intente, no voy a poder borrar nunca. Porque mi deseo viene de lejos. De una habitación adolescente iluminada por el sol. De una mujer dormida que nunca supo que despertó un monstruo hermoso. De un matrimonio que intenté honrar con una parte de mí que no era la más honesta. De todas las veces en las que quise ser normal… y no lo fui.
Soy la suma de esas etapas. De esas sombras. De esas grietas. De ese origen. Y ahora, después de lo que viví en Barcelona, después de lo que le oculto a Sara, después de lo que escribo aquí, sentado como si no me estuviera temblando el pecho… sé que esa sombra volvió a abrir los ojos. Y esta vez no pienso apagarlos.
