Hay frases que te cambian más que una noche entera de sexo. La de Valeria llegó un martes por la tarde, en mitad del trabajo, cuando yo estaba mirando un Excel con números que no significaban absolutamente nada comparado con lo que estaba a punto de leer. El mensaje fue contundente.
Tenemos que repetir. Y esta vez… lo quiero yo
Me tardé unos segundos en poder respirar normal. No por la idea de repetir, sino por esa parte final: «lo quiero yo». Hasta ese momento, todo lo que habíamos hecho había nacido de mi fantasía, de mis confesiones, de mis ganas. Ella lo había abrazado, lo había disfrutado, lo había convertido en suyo en la práctica, sí. Pero esta era la primera vez que lo declaraba en voz alta así: deseo propio, en primera persona.
La pantalla del portátil se desenfocó. Cerré el Excel. Abrí la conversación.
—¿Qué quieres decir exactamente? —escribí.
No tardó ni treinta segundos en responder.
Eso, en Valeria, significa que ya lo tenía pensado desde antes.
Quiero volver a estar con alguien mientras tú estás ahí. Quiero que sea intenso. Quiero poder pedir cosas. Quiero saber que no te estoy «haciendo un favor». Lo quiero. Yo.
Leí el mensaje tres veces. Sentí ese nudo extraño en el pecho que mezcla orgullo, miedo y una excitación que empieza en la garganta y se va hacia abajo.
Vente temprano hoy, por favor. Necesito verte. Necesito hablar, no solo escribir
Respondí con algo que no recuerdo. Un simple «salgo en cuanto pueda», supongo. El resto del día fue un teatro: llamadas automáticas, frases hechas, gestos profesionales. Una parte de mí estaba en la oficina; la otra seguía leyendo ese «lo quiero yo» en bucle.
Cuando abrí la puerta de casa, esa tarde, supe que algo había cambiado incluso antes de verla. La casa olía distinto. No a comida, ni a incienso, ni a velas. Olía a limpieza reciente y a ropa recién planchada. La luz estaba a media intensidad, como si hubiera ensayado la escena y supiera perfectamente dónde iba a colocarse. La encontré en el salón, sentada en el sofá, con un vestido de estar en casa que, sin embargo, le quedaba demasiado bien como para ser casual. Tenía una copa de vino en la mano y el pelo recogido en un moño improvisado, dejando el cuello expuesto. Las piernas cruzadas. Descalza. Me miró como si llevara toda la tarde esperándome… y en realidad era así.
—Hola —dijo, con una sonrisa que no era exactamente dulce, ni exactamente peligrosa. Era ambas.
—Hola —contesté, dejando las llaves en la mesa de la entrada—. Me tenías intrigado.
—Ese era el plan.
Me hizo un gesto para que me sentara a su lado. Lo hice. Noté que se había perfumado. No con el perfume del día a día, sino con el que elige cuando sabe que alguien la va a desvestir con la mirada.
—Cuéntame —dije—. ¿Qué significa «lo quiero yo»?
Valeria giró la copa en la mano. Miraba el vino como si le estuviera consultando algo. Entonces levantó la cabeza y me soltó la frase que dio título al relato, aunque en ese momento ninguno de los dos lo supiera.
—Hasta ahora hemos vivido tus fantasías —dijo—. Las he disfrutado, mucho, pero el origen siempre ha sido tu cabeza. Yo respondía a eso. Entraba en tu juego. Me encantaba verte encendido. Me fascinaba ver cómo te brillaban los ojos cuando me mirabas con otro. Pero la experiencia del otro día con Marcos… —hizo una pausa—… me hizo darme cuenta de que ya no es sólo tu fantasía. Es mía también. La frase se quedó flotando entre nosotros como un vapor caliente.
—¿»Mía también» en qué sentido? —pregunté, midiendo mis propias palabras.
—En el sentido de que no quiero que esto se quede en «mi novio tenía una fantasía y yo le ayudé a cumplirla un par de veces» —respondió—. Quiero que sea algo que forma parte de lo que soy contigo. No quiero que lo vivamos como un experimento aislado, sino como una forma de estar juntos. Como algo que me pertenece tanto como a ti. Su sinceridad me desarmó más que cualquier gesto físico.
—¿Y qué cambia eso en concreto? —insistí.
Valeria acercó un poco más su cuerpo al mío. No llegó a tocarme, pero el espacio entre nosotros se volvió inmediatamente más pequeño.
—Cambia que, a partir de ahora, no quiero esperar a que seas tú quien proponga —dijo—. Quiero poder decir: «quiero tal persona, tal día, bajo tales condiciones». Quiero poder pedir lo que necesito, no sólo lo que intuyo que a ti te excita. Quiero que la próxima vez sea yo la que diga «quiero que pase esto».
Tomó aire.
—Y quiero que sepas algo más, que no te dije el otro día: cuando Marcos se fue y tú te quedaste conmigo… nunca había sentido tanto deseo por ti como esa noche. Nunca. En mi vida.
Eso me atravesó.
Volvieron a mi cabeza flashes: ella en la cama, agotada, todavía temblando; sus manos buscándome después; su cuerpo recogiéndome como si todo lo que había pasado hubiera sido un prólogo para lo que vendría entre los dos.
—También fue la mejor noche de mi vida contigo —admití, sin adornos.
Valeria sonrió. Una sonrisa distinta, satisfecha, encendida.
—Entonces ya lo ves —respondió—. Esto no nos rompe. Nos multiplica.
Silencio. Solo el sonido del vino moviéndose en su copa y mi corazón marcando el ritmo en los oídos.
—¿Tienes a alguien en mente? —pregunté, al fin.
Ella se mordió el labio inferior. No fue un gesto casual.
—Sí —respondió.
El nombre estaba flotando en la sala desde que abrí la puerta. No había que ser muy listo.
—Marcos —dije.
Asintió despacio.
—Marcos —repitió—. Me gustó cómo nos trató a los dos. Me gustó que te mirara a ti para comprobar que estabas bien. Me gustó que no fuera un idiota. Me gustó que no quisiera convertirse en protagonista. Y… sí, me gustó cómo me folló. Pero lo que lo hace candidato no es cómo estuvo conmigo. Es cómo estuvo con nosotros. Hizo un gesto con la mano, como subrayando la palabra.
—Con nosotros —repitió.
Me di cuenta de que había algo profundamente erótico en esa manera de pensar: no era «el amante de ella y yo mirando desde lejos». Era un extraño que entraba en un espacio que seguía siendo nuestro. Un invitado. Uno que venía con un papel concreto, no a ocupar mi lugar.
—¿Qué quieres hacer exactamente con Marcos? —pregunté.
Valeria sostuvo mi mirada. No bajó los ojos. No se puso nerviosa. No intentó suavizarlo.
—Quiero escribirle —dijo—. Yo. Quiero decirle que me gustaría que volviera a vernos. Pero esta vez quiero marcar yo las reglas. Decirle que tú estarás ahí, no sólo mirando, sino tocándome, guiándome, hablándome. Quiero decirle que quiero que me folle… mientras tú me sostienes.
Lo dijo con la misma naturalidad con la que podría haber dicho «quiero que vayamos a cenar a aquel restaurante otra vez». Pero la carga era otra. La habitación entera se calentó uno o dos grados. Yo noté cómo mis manos buscaban algo que hacer y terminaron apoyadas en sus piernas. Tenía la piel suave, tibia, y un ligero temblor que sólo se nota cuando estás muy cerca. Tengo que reconocer que tuve una erección inmediata.
—¿Y si un día algo se tuerce? —pregunté—. ¿Si un día hay un mal gesto, una frase que nos rompe, un movimiento que no esperábamos?
—Entonces paramos —respondió sin dudar—. Esto no va de sacrificarnos por una fantasía. Va de cuidarnos mientras la exploramos. Si un día algo empieza a doler en vez de excitar, lo dejamos. Pero ahora mismo… —acercó un poco más su cuerpo al mío—… ahora mismo lo que siento no es miedo. Es hambre.
Lo dijo así, tan simple: hambre. Y mi cuerpo reaccionó de nuevo, como reacciona ante esa palabra cuando llevas horas sin comer.
—¿Hambre de qué? —quise saber, aunque la respuesta ya estaba escrita en el aire.
Valeria acercó su boca a mi oído. Sentí su aliento. Me recorrió un escalofrío que no venía del frío.
—Hambre de que me uses —susurró—. De que me compartas. De que me mires y me toques y me dejes cruzar líneas… sabiendo que estás ahí, sosteniéndome. Hambre de sentirte presente cuando otro está conmigo. Hambre de verte arder por dentro sin romperte. Hambre de ver hasta dónde podemos llegar sin perder lo que somos.
Sus palabras me golpearon más fuerte que cualquier imagen. Noté un calor concreto subiendo desde el estómago hacia el pecho, y de ahí a la cara. Tenía las manos clavadas en sus muslos sin haberme dado cuenta. Valeria sonrió al notar la tensión en mi cuerpo.
—Lo ves —dijo—. No te estoy arrastrando a nada. Ya estás aquí.
Solté una risa corta, incrédula.
—Estoy más dentro de esto de lo que pensaba —admití.
—Exacto —asintió—. Y yo también. Esta es la primera vez que siento que no hay un «yo te complazco» sino un «lo queremos los dos». Y eso lo cambia todo. Se quedó en silencio un par de segundos. Luego, como quien termina de firmar un contrato importante, añadió:
—Quiero escribirle esta noche.
—Hazlo —dije, viendo cómo se me dibujaba una sonrisa en la cara sin que pudiera evitarlo—. Pero quiero que, cuando lo hagas, no pienses en si a mí me excita. Quiero que pienses en si a ti te gustaría vivir lo que estás pidiendo.
—Eso ya lo tengo claro —respondió, y sus ojos dijeron más que cualquier palabrota.
No le escribió delante de mí. Valeria es de las que necesitan su pequeño ritual.
Se levantó del sofá, me dio un beso rápido en la boca —rápido, pero con una intención que me dejó pensando— y se fue al dormitorio con el teléfono en la mano. Yo me quedé en el salón, sentado, con la copa de vino en la mano, escuchando el sonido de mis propios pensamientos. No tenía celos. Tenía una especie de anticipación nerviosa, como cuando vas a una entrevista sabiendo que el trabajo ya es tuyo pero todavía hace falta que alguien diga «sí».
Mi mente me lanzó algunas preguntas incómodas: «¿Y si ella se engancha más a ellos que a ti?», «¿Y si un día tú sobras?», «¿Y si esto se convierte en algo que no controlas?». Las dejé hablar un rato. Luego me respondí con la única verdad que tenía a mano: si alguna vez ese día llegaba, no sería culpa del cuckolding. Sería porque lo que teníamos ya estaba roto antes. Diez minutos después, Valeria volvió al salón. Llevaba el móvil en la mano y una sonrisa pequeña, contenida, íntima.
—Hecho —dijo.
—¿Qué le has dicho?
Se sentó a mi lado de nuevo, esta vez pegada, como si el acto de escribir a otro hombre la hubiera empujado más hacia mí y no al revés.
—Que la última vez me sentí muy cómoda con él —empezó—, que tú y yo hablamos después y que nos gustaría repetir. Le dije que esta vez quiero que sea un poco más directo, que no nos pasemos horas hablando de tonterías. Que quiero que entienda que tú eres parte activa de esto. Y que… —me miró, midiendo la frase—… tengo ganas.
—¿Y ha respondido?
—Aún no.
—Mientras responde… —dije, apoyando mi mano en su muslo—. ¿Qué hacemos?
Valeria se inclinó hacia mí. Su voz bajó de volumen.
—Recordar —susurró—. Lo que pasó el otro día. Lo que nos hizo. Lo que me hiciste después. Lo que queremos que pase cuando vuelva.
Y entonces me besó. Y ese beso, otra vez, volvió a ser el lugar donde todo empezaba y terminaba. No sé cuánto tiempo pasó hasta que el móvil vibró entre nosotros. Nos separamos apenas, respirando rápido. Ella miró la pantalla. Leyó. Sonrió.
—Dice que sí —anunció—. Que también pensó mucho en nosotros. Que está dispuesto. Que respetará lo que marquemos. Y que le excita la idea de verte tan cerca. Me miró directo a los ojos.
—Màxim… —dijo—. Esto va en serio.
Y supe que sí. Que esa noche, en la que ella no sólo aceptó mi fantasía, sino que la reclamó como suya, fue la verdadera línea de no retorno. La primera vez que ella lo pidió. La primera vez que el cuckolding dejó de ser «algo que probamos» para convertirse en parte de lo que éramos juntos. La noche en que entendí que, a partir de ahora, no sólo iba a excitarme verla con otro. También iba a excitarme ver cómo ella decidía con quién, cómo y cuándo. Y ese, aunque me cueste admitirlo, es un tipo de poder que también me pertenece.
